La receta con que se cocinó la leyenda

10 Enero 2010

Siempre supo lo que quería. En la construcción del molde del ídolo se conjuga la pasión por el rock and roll, la clarividencia de saber explotar la balada romántica, la decisión de conquistar a pulmón el mercado hispanoamericano, la sagacidad de vislumbrar cuándo parar la maquinaria, la lealtad de jamás olvidar a su público original. Y, además, la inspiración artística nata: una voz entonada y expresiva -que supo domar y adaptar según pasaron los años-, un puñado de composiciones extraordinarias, un despliegue escénico sexual y una condición actoral notable. Sandro nunca fue un cantante: es un artista que además canta.

 Pero la idea tampoco alcanza para el acercamiento al fenómeno. Sandro no sería Sandro sino mediara una personalidad compleja y visceral, nutrida de contradicciones forjadas seguramente en su origen barrial. Entre la generosidad ilimitada para ayudar a amigos y no tanto y el que pide pena de muerte como solución a la inseguridad, se adivina el espíritu trasnochado de los cafés suburbanos como el Bar Pancho de Valentín Alsina, donde empezó todo. Es en esa ancha franja de valores ambiguos donde también se puede encontrar el cimiento del ídolo popular. Como ocurrió con Gardel o Maradona, la incorrección política tiene una resonancia de autenticidad. Tampoco sería él si hubiese grabado el gran álbum con producción de Emilio Estefan o Gustavo Santaolalla, o si hubiera intentado un estadio de River con pantallas y escenarios móviles. Lo que se puede entender como una carencia es parte de un entramado atravesado por temores sutiles y tercos convencimientos en el que él siempre eligió con absolutismo de monarca: cuándo ser de América, cuándo de cabotaje. Derecho adquirido de alguien que vendió veintidós millones de discos.

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 Sandro, entonces: el rock and roll y la balada, el conventillo y el auto sport estacionado en la puerta, la vieja y el tango, Freud y Fromm, la mujer perfecta y la señora de su casa, Elvis y Sinatra, Aznavour y Moustache, milanesas a la napolitana y cordero ahumado, Bach y Radiolandia, París y Banfield, gin y champagne, lunfardo y español neutro, la bandera argentina y la bata roja, amigos y enemigos. Una complejidad que le cabe a cualquier existencia pero que en Sandro, a pesar de sus intentos, se desarrolló de cara a un público que envejeció junto a él. Y que nunca se alejó. Por el contrario, configuró un ejército loco a su alrededor.

 Esa complejidad de fans, máscaras, vértigo, sosiego y desesperación determina una de las historias más apasionantes y genuinas de la cultura popular argentina. Esa complejidad es una alegoría de la movilidad social, el sueño americano amasado en Valentín Alsina. El deseo colectivo. Una veintena de canciones memorables que flotan en el viento y el artificio de un hechicero genial. Esa complejidad, finalmente, define las aristas afiladas, nunca ingenuas, de un artista total. O una simple ilusión suburbana que se disolvió en el mito.

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 Y el mito es perfecto, hermoso, eterno.

 

Mariano del Mazo - Periodista, editor jefe de Música del suplemento Espectáculos del diario Clarín. Premio Konex en el rubro Música Popular.


* Fragmento de "Sandro, el fuego eterno" 

(Editorial Aguilar, Buenos Aires, 2009).

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