Recios hacia adentro, ciegos hacia afuera

El Presupuesto 2010 denuncia que el gasto per capita del Estado se quintuplicó en seis años. O sea, los tucumanos deberían estar cinco veces mejores que en 2004. Pero...Por Alvaro Aurane - Editor de Política.

31 Octubre 2009
Octubre fue, nuevamente, un mes significativo para el alperovichismo. El Gobierno cumplió seis años de mandato y quedaron públicamente expuestas dos cuestiones centrales. Por un lado, internamente, la autoridad del gobernador, José Alperovich, fue ratificada tajantemente. Las fisuras internas no son admitidas: por el contrario, son zanjadas de manera violenta, en términos políticos.  Por otra parte, externamente, el divorcio de la gestión con sectores cada vez más amplios de la clase media se tornó palmario e inapelable. Pero a pesar de lo evidente, el oficialismo continuó mostrándose indispuesto o incapacitado para admitirlo.
Tanto el retorno de la democracia a la Argentina como la llegada del actual Gobierno a Tucumán celebraron aniversarios este mes. Y el intendente, Domingo Amaya, con su voluntarioso sometimiento político, halagó como nadie al mandatario provincial y desairó como pocos a un principio básico del gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo: el disenso. Siempre un derecho. Y muy a menudo un deber.

Lo vendió un amigo
La eyección de la Municipalidad capitalina del grupo político del diputado Germán Alfaro (a quien le dio la curiosa impresión de que se hacen negocios política, de que hay acuerdos subterráneos con algunos sectores opositores y de que los que gobiernan no parecen muy peronistas) representó una feroz automutilación del amayismo. En concreto, el jefe municipal se amputó buena parte de la estructura política real con la que contaba.
Pero ayer, el ex secretario de Turismo del mirandismo demostró que perdió mucho más que eso. "A la luz del resultado de las últimas elecciones, en la capital hay que trabajar más. En estos seis años, hay muchos sectores que aún esperan una respuesta. Hay lugares en donde la Municipalidad no entró nunca y el gobernador tiene que salir a hacer pavimento con Vialidad, porque no se ha llegado a todos los lugares", disparó el 31 de agosto pasado el diputado Gerónimo Vargas Aignasse, mientras inauguraba 200 metros de pavimento en Villa 9 de Julio, de la mano del sonriente Alperovich. Al otro día, Alfaro salió a defender al vapuleado intendente. Apenas dos meses después, el intendente eligió el mismo barrio para pasearse con el gobernador y, de manera simultánea, desanudar con Vargas Aignasse la cinta que dejó inaugurada una obra. Ahí mismo dijo, como si nadie lo supiera ya, que Alfaro no está hoy en su gestión. En principio, habría algunas culturas ágrafas con más códigos que el administrador capitalino.

Regalo y sacrificio
En el alperovichismo, los que no simpatizan con Amaya hablan de suicidio político. Hace 10 días, razonan, era -de mínima- el seguro candidato a intendente en 2011, y -de máxima- era favorito en la carrera por la gobernación si Alperovich salía de la escena. Hoy, amenazan, va a seguir en el cargo mientras al mandatario provincial se le antoje. Los que sí congenian con el definitivamente "Colorado", en cambio, dicen que él actuó prudentemente y evitó que la sangre de la pelea llegara al río de la interna. Y aseguran que, ahora más que nunca, es el candidato a seguir administrando la capital hasta 2015.
Como fuera, el regalo del amayismo es enorme: el intendente se puso, solito nomás, un techo político. Dejó a Alperovich, según se vea, sin eventual competidor interno o sin probable sucesor natural: en cualquier caso, Domingo será lo que José quiera que sea. Es decir, con su sacrificio público, el lord mayor consagró el unicato hoy y vistió al gobernador para mañana como el indiscutible "gran elector" cuando llegue la hora de la sucesión.

El límite de la dialéctica
La algarabía interna por la demostración de que Alperovich hace tronar escarmientos y consigue sumisiones se convierte cada miércoles, de las puertas de la Casa de Gobierno hacia fuera, en preocupación. En rigor, la única luz de alarma que avizora hoy la gestión provincial es la cuestión salarial, que tiene a los trabajadores autoconvocados de la salud como los principales -más bien, únicos- protestantes. Pero esa es la versión oficial: el reclamo de los hombres y las mujeres de la sanidad hace mucho que dejó de ser una mera queja salarial. En la marcha de antorchas de hace dos viernes, la movilización tuvo cara de movimiento social.
Ahora bien, si resulta llamativo que las columnas de los agentes de la salud se hayan mantenido inconmovibles a pesar de los pronósticos de desgaste y de las amenazas oficiales, no menos sorpresivo es que la única consideración oficialista se reduzca a tratar de calcular si los que protestan son más que antes. Todas las semanas se reitera el desfile de funcionarios que, compitiendo por el "José de Oro", van a decirle al gobernador que hubo menos gente que la semana anterior. El alperovichismo, de a ratos, parece ciego, sordo y mudo ante una protesta que no entiende porque quiere hablar de cantidades ante quienes enarbolan dignidades.
El oficialismo podrá argüir cuanto quiera, pero el límite de su dialéctica es la vergonzante realidad de que los miembros del poder político, que cobran remuneraciones mensuales de cinco cifras, le digan a los profesionales y a los paramédicos que no pueden pagarles más de $ 2.000 por mes (tal el promedio) porque el Estado no tiene plata. Sobre todo porque resulta que el Estado sí tiene recursos.
Y si la catedral parlamentaria que se construye a $ 6.500 el m2 ($ 1.500 más por m2 que un hotel cinco estrellas por radicarse en la capital) no alcanza para probarlo, llegó el proyecto de Presupuesto 2010 a fin de que no quede lugar para las dudas.

Sobra lo que no hay
El proyecto de Presupuesto General determina que el alperovichismo prevé contar, como mínimo, con la friolera de $ 7.100 millones durante el año que viene.
Puesto en otros términos, la Casa de Gobierno (esta que llora pobreza cada vez que los hombres y las mujeres de la salud pública reclaman mejores condiciones laborales y salariales) calcula oficialmente que dispondrá en 2010 de $ 800 millones respecto de los que ejecutará durante 2009. Para el actual ejercicio, la estimación oficial es que se consumirán $ 6.300 millones (sin incluir la emisión de Consadep y el pago de la deuda pública). Y el crecimiento de $ 800 millones (14,7% respecto de lo presupuestado para el año en curso y 12.7% respecto de lo que efectivamente se ejecutará hasta el 31 de diciembre) es absolutamente cauto: tiene en cuenta una inflación de sólo el 6%, un dólar a $ 3,95 y un crecimiento de apenas el 2,5%. Es decir, llegará más plata porque los índices que fijaba la pauta de crecimiento presupuestario (así como los tucumanos) han sido subestimados.
De modo que se ampliará el Presupuesto 2010 en agosto y los fondos que se anexarán entonces podrán gastarse libremente (distinto de si tuvieran ahora una imputación original). Eso es casi una certeza: no hay comicios en el año por venir, de modo que en Casa de Gobierno esperan un año menos conflictivo que este.

El Estado rico
Ahora bien, todas estas millonarias cantidades adquieren otra magnitud cuando se advierte que lo que también dicen es que durante el alperovichismo, se quintuplicó el gasto per capita del Estado. Es decir, en 2004, el primer presupuesto de la gestión actual ascendió a $ 1.335,8 millones de pesos. Teniendo en cuenta que se estimaba que la población era entonces de 1,4 millón de habitantes, el gasto por persona era de $ 954,10. Seis años después, la partida general de ingresos y egresos de 2010 será de $ 7.100 millones para una población de aproximadamente 1,52 millón de tucumanos. O sea, $ 4.671 per capita, Es decir, cinco veces más que al inicio del primer período.
Lo primero por aclarar es que, de ninguna manera, el sensible incremento del Presupuesto tiene que ver, exclusivamente, con la inflación. En rigor, como se jacta el alperovichismo, la escalada de recursos se debe a que hubo un notable incremento de la inversión de la obra pública.
Hasta ahí, todo bien. Salvo por un detalle: técnicamente, los tucumanos deberían estar cinco veces mejor que hace seis años.
Lo cierto es que "estar mejor" es una instancia difícil de explicar pero bastante fácil de entender. Con todo, puede pecar de subjetiva. Pero resta un correlato más, bastante objetivo por cierto. Si se quintuplicó el gasto per cápita del Estado, y gran parte de ese fenómeno se debe a que se gasta más en trabajos comunitarios, los tucumanos deberían haber visto quintuplicada la obra pública. O, cuanto menos, multiplicada por cuatro.
He aquí, sin embargo, que no hay cuatro veces más hospitales. Ni cuatro veces más escuelas. Ni cuatro veces más carreteras.

El pueblo pobre
El asunto ya venía haciéndose patente en 2008, el año del nacimiento de la crisis financiera internacional. El informe sobre la cuenta de inversión correspondiente a ese ejercicio mostró que la Nación, finalmente, no envió $ 1.123 millones. La consecuencia de semejante incumplimiento fue que la ejecución presupuestaria en materia de gastos corrientes (por ejemplo, gastos de consumo) alcanzó el 94,8%, mientras que los gastos de capital (obras públicas) sólo se ejecutó el 55,8% de lo pautado. O sea, no hubo ajuste en materia del uso del avión sanitario (preserva la salud de la familia gobernante para que vaya y vuelva cómoda de Buenos Aires). Tampoco hay achique para que se afecte una casa -de la que el gobernador ya tiene uso- como residencia oficial, a fin de que sea la Provincia la que pague los asados que él convida a sus huestes no basta para demostrarlo. Sí hay "tijera", en cambio, respecto de los bienes de goce general.
Octubre, en ese sentido, se despide con una significativa sinceridad oficial: plata, para los trabajadores, no hay.

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