El Scioli de Alperovich
En el mes de la lealtad peronista, el gobernador aprovechó un hecho aislado para exigir fidelidades. Por Juan Manuel Asis - Prosecretario de Redacción.
28 Octubre 2009 Seguir en 
Octubre es emblemático para los peronistas; porque allí late una fecha vital para el movimiento: la de la reafirmación de lealtad permanente a su líder. Los primeros compañeros, los del 45 hasta los setentistas, entendían la profundidad del concepto; así, la lealtad a Perón estaba en los genes del militante, en la sangre esparcida inútilmente y en las lágrimas derramadas por la vuelta y por su muerte. Había mística -más allá de los defectos que se le achacan al peronismo-, compromiso y devoción por la figura -al margen del padecimiento de los ajenos al sentimiento justicialista-, había militancia, entrega, pasión. En este nuevo milenio, ¿a quién o a quiénes son leales los peronistas, especialmente en este octubre? Por algunos sucesos cabe preguntar, más precisamente: ¿a qué son leales algunos dirigentes políticos identificados con el peronismo? Se podrían deslizar otras inquietudes más puntuales: ¿porqué algunos justicialistas son leales a Néstor Kirchner?, ¿porque otros lo son a José Alperovich? Hay preguntas más osadas aún, ¿son leales desinteresados?, ¿son leales por obligación?, ¿existe esta otrora mística en la relación entre gobernante y gobernados?
Para ser medianamente claro se podría decir: Perón no está, Perón había uno solo y los métodos para cautivar ya no pasan por el carisma sino por los recursos. Menos corazón y sentimiento, más bolsillo e hipocresía. Hoy se trata de sobrevivir en la política a la sombra del poderoso antes que descubrir líderes genuinos. En el plano nacional, Kirchner busca ganar adeptos para después del 10 de diciembre, día en el que entrará al Congreso como diputado derrotado en los comicios bonaerenses de junio y como referente de la minoría oficialista. Esa idea le debe revolver el estómago. Para remediarlo generó y ganó peleas en el Parlamento para mostrar que tiene resto para seguir conduciendo. Claro que a eso sólo puede llegar sometiendo institucionalmente a senadores, diputados, gobernadores e intendentes con la ayuda de su esposa en la presidencia. El manejo de los recursos es clave y lo admiten sin ruborizarse sus seguidores: "necesitamos la ayuda de la Nación", suele repetir el gobernador, José Alperovich, como si el Gobierno nacional repartiera lo que le es propio y no de las provincias. Nadie se anima a quejarse, y el que lo hace lo padece, como Juan Schiaretti. El gobernador de Córdoba pide y pide y la Nación, o el kirchnerismo, le niega. El ruego del cordobés es un mal necesario para el matrimonio patagónico pues lo expone como ejemplo ante los otros mandatarios: "así les va ir a los que pataleen y no sean fieles al modelo". Schiaretti o Daniel Scioli parecen ser las opciones: exigir o someterse. Esto lleva a preguntar, además, ¿tanto miedo le tienen a los Kirchner -o a los padecimientos que sufrirán-, que nadie osa pedir un mejor reparto del dinero público? Se puede pensar que no es miedo, sino un juego aceptado tácitamente entre todos, donde el que gobierna debe ser el fuerte y los gobernados los débiles. Cada uno en su papel.
¿Quién inventó esta perversidad institucional? Los que están "con este modelo" están en la ruta de los pingüinos, los que no, a cantarle a Magoya. ¿Hay otro modelo? A las imposiciones les retruca el diálogo. ¿es posible un gobierno de consensos en el país? O lo que es peor preguntar, ¿al ciudadano le interesa distinguir entre una gestión autoritaria y una basada en el diálogo?, ¿serán opciones reales en un país que vive de las divisiones eternas, en cualquier ámbito?
Definitivamente, el sentido de la palabra lealtad, tal como era concebido por el peronismo en sus orígenes, trocó por el de sometimiento. El juego político ahora exige jefes y sometidos, cada uno en su rol. Así de simple. Sino, cómo se entiende al intendente, Domingo Amaya. La aceptación, por su parte, de las exigencias de Alperovich para que expulse a los simpatizantes del diputado Germán Alfaro -quien puso su estructura capitalina al servicio del jefe municipal-, puede ser observada desde aquella perspectiva y plantear: fue lealtad o sometimiento. Uno le pidió lealtad al "modelo", el otro aceptó. Simple. Es obvio quién se fortaleció: el mandatario que, justo en el mes de la lealtad, tiene su propio escenario de miniperonismo devaluado. Así, Amaya es a Alperovich lo que Scioli a Kirchner. En el esquema actual, los ejemplos son necesarios para que el juego prosiga sin contratiempos, o sin desubicados que osen enfrentar al "modelo" impuesto.
El planteo de Alfaro, que no hizo más que expresar un desacuerdo, le vino como anillo al dedo al titular del Poder Ejecutivo en el significativo mes para el peronismo. Exigió lealtades y obtuvo sometidos. Unos sometidos al aceptar sus demandas y otros mostrando que son excelentes alumnos para cuestionar a sus propios compañeros. Una de las verdades de Perón rezaba que para un peronista no hay nada mejor que otro peronista (luego superado por el de "para un argentino no hay nada mejor que otro argentino"; verdad pisoteada por los Kirchner). Claro, eso en el siglo XX. Hoy el concepto es, a la luz de los hechos: para un sometido no hay nada mejor que otro sometido.
Para ser medianamente claro se podría decir: Perón no está, Perón había uno solo y los métodos para cautivar ya no pasan por el carisma sino por los recursos. Menos corazón y sentimiento, más bolsillo e hipocresía. Hoy se trata de sobrevivir en la política a la sombra del poderoso antes que descubrir líderes genuinos. En el plano nacional, Kirchner busca ganar adeptos para después del 10 de diciembre, día en el que entrará al Congreso como diputado derrotado en los comicios bonaerenses de junio y como referente de la minoría oficialista. Esa idea le debe revolver el estómago. Para remediarlo generó y ganó peleas en el Parlamento para mostrar que tiene resto para seguir conduciendo. Claro que a eso sólo puede llegar sometiendo institucionalmente a senadores, diputados, gobernadores e intendentes con la ayuda de su esposa en la presidencia. El manejo de los recursos es clave y lo admiten sin ruborizarse sus seguidores: "necesitamos la ayuda de la Nación", suele repetir el gobernador, José Alperovich, como si el Gobierno nacional repartiera lo que le es propio y no de las provincias. Nadie se anima a quejarse, y el que lo hace lo padece, como Juan Schiaretti. El gobernador de Córdoba pide y pide y la Nación, o el kirchnerismo, le niega. El ruego del cordobés es un mal necesario para el matrimonio patagónico pues lo expone como ejemplo ante los otros mandatarios: "así les va ir a los que pataleen y no sean fieles al modelo". Schiaretti o Daniel Scioli parecen ser las opciones: exigir o someterse. Esto lleva a preguntar, además, ¿tanto miedo le tienen a los Kirchner -o a los padecimientos que sufrirán-, que nadie osa pedir un mejor reparto del dinero público? Se puede pensar que no es miedo, sino un juego aceptado tácitamente entre todos, donde el que gobierna debe ser el fuerte y los gobernados los débiles. Cada uno en su papel.
¿Quién inventó esta perversidad institucional? Los que están "con este modelo" están en la ruta de los pingüinos, los que no, a cantarle a Magoya. ¿Hay otro modelo? A las imposiciones les retruca el diálogo. ¿es posible un gobierno de consensos en el país? O lo que es peor preguntar, ¿al ciudadano le interesa distinguir entre una gestión autoritaria y una basada en el diálogo?, ¿serán opciones reales en un país que vive de las divisiones eternas, en cualquier ámbito?
Definitivamente, el sentido de la palabra lealtad, tal como era concebido por el peronismo en sus orígenes, trocó por el de sometimiento. El juego político ahora exige jefes y sometidos, cada uno en su rol. Así de simple. Sino, cómo se entiende al intendente, Domingo Amaya. La aceptación, por su parte, de las exigencias de Alperovich para que expulse a los simpatizantes del diputado Germán Alfaro -quien puso su estructura capitalina al servicio del jefe municipal-, puede ser observada desde aquella perspectiva y plantear: fue lealtad o sometimiento. Uno le pidió lealtad al "modelo", el otro aceptó. Simple. Es obvio quién se fortaleció: el mandatario que, justo en el mes de la lealtad, tiene su propio escenario de miniperonismo devaluado. Así, Amaya es a Alperovich lo que Scioli a Kirchner. En el esquema actual, los ejemplos son necesarios para que el juego prosiga sin contratiempos, o sin desubicados que osen enfrentar al "modelo" impuesto.
El planteo de Alfaro, que no hizo más que expresar un desacuerdo, le vino como anillo al dedo al titular del Poder Ejecutivo en el significativo mes para el peronismo. Exigió lealtades y obtuvo sometidos. Unos sometidos al aceptar sus demandas y otros mostrando que son excelentes alumnos para cuestionar a sus propios compañeros. Una de las verdades de Perón rezaba que para un peronista no hay nada mejor que otro peronista (luego superado por el de "para un argentino no hay nada mejor que otro argentino"; verdad pisoteada por los Kirchner). Claro, eso en el siglo XX. Hoy el concepto es, a la luz de los hechos: para un sometido no hay nada mejor que otro sometido.
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