19 Octubre 2009 Seguir en 
Un sector de la larga nota que dedicamos ayer a los pasajes de San Miguel de Tucumán, revela la existencia de una singular cantidad -unas 250- de estas arterias que carecen de denominación. Son los tantos "Pasaje sin nombre", a los cuales resulta problemático hacer llegar la correspondencia. El intendente Domingo Amaya declaró que se subsanará la falla. "Tenemos muchas personas que se destacaron en nuestra historia y vamos a reconocerlas", dijo.
Este último asunto merece un comentario. La nomenclatura de las calles de una ciudad dista de ser un tema menor. Tales denominaciones, cuando son correcta y justicieramente asignadas, tienen un fuerte significado.
Por un lado representan, obviamente, el homenaje de la comunidad a sucesos trascendentes de su pasado, o a personalidades que merecen la gratitud pública por los servicios que en su momento prestaron, en los más diversos terrenos.
Pero -y esto es no menos importante- un bautismo aplicado con el debido fundamento, tendrá también el carácter de aporte para afirmar la identidad del municipio de que se trate. Pone de relieve los sucesos o las personalidades que son directamente representativos de ese vecindario, y especialmente valiosos, por lo tanto, para el mismo.
Lo que nos lleva al tema del criterio que se utiliza para los bautismos. Normalmente, la cuestión se trata como un proyecto de ordenanza más, presentado al Concejo Deliberante por el intendente, por alguno de los concejales o por pedido vecinal. Y nos parece que ese procedimiento, por muy respetable que sea, conlleva una serie de riesgos específicos.
El principal inconveniente es que la denominación incorporada no tenga el peso que debiera necesariamente sustentarla, para que se incorpore definitivamente a la vida de la ciudad.
Hace más de cuatro décadas, LA GACETA publicó en sus ediciones diarias una historia de nuestras calles. La editó en libro en 1981 y la reeditó, actualizada, en 2005.
Una impresión que fluía de la nómina, era la de que en ella, como dice el aforismo popular, "no están todos los que son, ni son todos los que están". Uno de nuestros columnistas marcó, por ejemplo, cierta omisión mayúscula: el hecho de que no tuviese nombre de calle el doctor Miguel M. Campero, dos veces gobernador de Tucumán en mandatos caracterizados por la paz social, el bienestar económico y una impresionante cantidad de obras públicas. Y, en cambio, detrás de muchas denominaciones no se percibían servicios de verdadera magnitud que las justificasen.
Nos parece que estas y otras situaciones se podrían solucionar, constituyendo un organismo "ad honorem", similar al que funcionó entre 1959 y 1962. Hablamos de una "Junta Municipal de Nomenclatura", integrada por historiadores y representantes de organismos culturales, con opinión obligatoria ante los proyectos de bautizo de calles y con facultad para elevar propuestas al respecto. En todos los casos, por cierto, con abundante documentación que justifique sus dictámenes.
Esto podría complementarse con un marco normativo que -por ejemplo- obligue a dejar pasar cierto tiempo entre la muerte de la persona y el homenaje, para evitar los tributos presurosos, apoyados sólo en el sentimentalismo del momento.
En suma, pensamos que es una cuestión que debiera incluirse entre las tareas del Concejo Deliberante de San Miguel de Tucumán, y también en las de los organismos similares del interior de la provincia. Las denominaciones de las calles de un municipio -repetimos- deben constituir homenajes plenamente justificados y fundados, sin omisiones ni excepciones.
Este último asunto merece un comentario. La nomenclatura de las calles de una ciudad dista de ser un tema menor. Tales denominaciones, cuando son correcta y justicieramente asignadas, tienen un fuerte significado.
Por un lado representan, obviamente, el homenaje de la comunidad a sucesos trascendentes de su pasado, o a personalidades que merecen la gratitud pública por los servicios que en su momento prestaron, en los más diversos terrenos.
Pero -y esto es no menos importante- un bautismo aplicado con el debido fundamento, tendrá también el carácter de aporte para afirmar la identidad del municipio de que se trate. Pone de relieve los sucesos o las personalidades que son directamente representativos de ese vecindario, y especialmente valiosos, por lo tanto, para el mismo.
Lo que nos lleva al tema del criterio que se utiliza para los bautismos. Normalmente, la cuestión se trata como un proyecto de ordenanza más, presentado al Concejo Deliberante por el intendente, por alguno de los concejales o por pedido vecinal. Y nos parece que ese procedimiento, por muy respetable que sea, conlleva una serie de riesgos específicos.
El principal inconveniente es que la denominación incorporada no tenga el peso que debiera necesariamente sustentarla, para que se incorpore definitivamente a la vida de la ciudad.
Hace más de cuatro décadas, LA GACETA publicó en sus ediciones diarias una historia de nuestras calles. La editó en libro en 1981 y la reeditó, actualizada, en 2005.
Una impresión que fluía de la nómina, era la de que en ella, como dice el aforismo popular, "no están todos los que son, ni son todos los que están". Uno de nuestros columnistas marcó, por ejemplo, cierta omisión mayúscula: el hecho de que no tuviese nombre de calle el doctor Miguel M. Campero, dos veces gobernador de Tucumán en mandatos caracterizados por la paz social, el bienestar económico y una impresionante cantidad de obras públicas. Y, en cambio, detrás de muchas denominaciones no se percibían servicios de verdadera magnitud que las justificasen.
Nos parece que estas y otras situaciones se podrían solucionar, constituyendo un organismo "ad honorem", similar al que funcionó entre 1959 y 1962. Hablamos de una "Junta Municipal de Nomenclatura", integrada por historiadores y representantes de organismos culturales, con opinión obligatoria ante los proyectos de bautizo de calles y con facultad para elevar propuestas al respecto. En todos los casos, por cierto, con abundante documentación que justifique sus dictámenes.
Esto podría complementarse con un marco normativo que -por ejemplo- obligue a dejar pasar cierto tiempo entre la muerte de la persona y el homenaje, para evitar los tributos presurosos, apoyados sólo en el sentimentalismo del momento.
En suma, pensamos que es una cuestión que debiera incluirse entre las tareas del Concejo Deliberante de San Miguel de Tucumán, y también en las de los organismos similares del interior de la provincia. Las denominaciones de las calles de un municipio -repetimos- deben constituir homenajes plenamente justificados y fundados, sin omisiones ni excepciones.
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