EN PAPEL Y LAPIZ. "Chopin en su lecho de muerte", obra de Teofil Kwiatkowski (1809-1891).
18 Octubre 2009 Seguir en 

La voz de la condesa Delfina Potocka, su amiga, abre un ombligo de luz en su pecho balbuceante esa noche del 16 de octubre. Luego de varias visitas, el sacerdote derrota su terquedad y le arranca finalmente un "sí, creo". Pide que lo dejen consigo mismo. El Sol menor de un nocturno le despierta el alma y desembarca en la melancolía. Una sombra balancea tal vez una sonrisa. No está seguro. La ansiedad se calma. El sudor se sosiega. Una mano roza sus ojos. Pide dos deseos. Uno mira hacia el pasado. El otro, al futuro.
Con el Larghetto en La bemol mayor del Op. 21 le acaricia los pensamientos a Konstanze Gladkowska. Transparencia. Confesión. Pudor. Una estampida de amor rueda en el teclado. Sueña con los besos de la bella muchacha que no ha podido desposar en la tierra natal. El canto de su compañera del conservatorio tiene la magia de la vida. En el jardín, observa a Justina y Nicolás, a Luisa, Isabel y Emilia. Las carcajadas de sus padres y sus hermanas salpican el verde, al compás de la Polonesa en Si bemol mayor que ha compuesto a los 7 años. Es 1 de marzo, su cumpleaños. Cuando en una colonia española en Sudamérica soñaban con una Revolución de Mayo, él nacía en Zelazowa Wola, una aldea a 60 kilómetros de Varsovia. Puede afirmar sin temor que las enfermedades lo han tenido siempre de hijo. Poco le aporta el violinista Wojciech Zywny. Josef Elsner le enseña órgano y composición. Todos se sorprenden: a los quince años el piano ya le ha develado sus secretos y sentimientos. Las diabluras de Paganini lo sacuden. La peluca del viejo Bach se agita en su imaginación.
Imágenes de Praga, Dresde, Breslau, Viena rodean su mirada. Varsovia se rinde a los pies de sus conciertos en Fa menor y en Mi menor, pero no Konstanze que capitulará ante otro hombre. Las persecuciones, los levantamientos contra el yugo de los zares lo zarandean. En una taberna, los amigos le regalan una copa de plata con tierra polaca al veinteañero que parte a Viena a perfeccionar su arte. 1830, noviembre. Los polacos van en busca de la libertad. Las fronteras se cierran. Su patria será desde entonces una nostalgia amarrada al alma. "¡Y yo aquí, condenado a la inacción! A veces no puedo casi respirar y penetrado por el dolor, vuelco en el piano mi desesperación", escribe. Dramatismo. Soledad. Desesperanza. Desgajan el Do sostenido menor de un nocturno. 1831. Parte a Londres. Pero no llegará. En París se alojará su corazón.
El virtuoso Kalkbrenner es el "rey del piano", pero pronto sabrá que hay un "emperador" que proviene de Hungría, y un poeta que está llegando de Polonia. Se ofrece a enseñarle. "Sé cuánto me falta, pero no quiero imitarle", le responde. "No aprenderá nada, además usted toca mejor que él", le confesará luego Mendelssohn. "Nada podía quitarme la idea ni el deseo, acaso audaz pero noble, de crearme un mundo nuevo", pensaba para sus adentros.
El aire otoñal le ha enfriado las manos. Busca a la sombra. "Quiero saber qué pasará en el porvenir con mi música", le explica suplicante. Abre los ojos. Camina ahora por una avenida. Está maravillado con los carruajes modernos. Tres edificios similares le hacen pensar que está en algún barrio de París. El aroma de los azahares, las flores, los enormes árboles de una plaza hacen flamear su delgadez en la noche de primavera. Le pregunta a un mendigo por ese teatro iluminado, en el que está ingresando gente. "Se ve que usted no es de Tucumán. Es el San Martín. Seguro que hay concierto. Si quiere lo hago entrar", le contesta. Asiente con un gesto. El menesteroso se trepa hasta una ventana. La abre y lo ayuda a ingresar. Se instalan en el paraíso. Las luces se apagan y se ilumina el escenario. La calvicie de un pequeño hombre saluda. Está de negro. Se desprende la chaqueta sin cuello que lo asemeja a un rabino lampiño y se sienta al piano. Acentos sobrecogedores en Do menor del nocturno Opus 48 desestabilizan su alma. "¡Oh, parece música del polaco!", murmura el menesteroso. Cuando el pianista entrega su emoción en el pasaje apasionado, revive el primer encuentro con Aurore Dudevant, que todos conocen como George Sand, en la reunión organizada por Liszt y su amante Marie, condesa de D’Agoult. Le choca su traje de hombre y los cigarros. Los presentan. "¿Ese señor es una niña?", le cuchichea ella a una amiga. "¡Qué antipática! ¿Es una mujer? Estoy por dudarlo", le comenta él a Ferdinand Hiller. Ojalá tuviese la potencia de ese tonsurado que expresa con garra lo que se agita en mi interior. La Sonata en Si menor lo transporta al verano de 1844. Las manos del pianista introducen el arpegio de un tema, diría, sinfónico y desembocan en un océano de ternura. Cuando el teclado canta, siente la pasión que lo envuelve a George Sand. Ocho años juntos no son poca cosa. Bajo sus dedos, el Largo se convierte en un vasto lied de ensoñación, de serena armonía, tal vez de felicidad. La exaltación gana con apremio el Finale. Los dedos son ahora duendes enamorados correteando en el teclado. La calva se agacha espiando a gran velocidad la claridad de las corcheas. Un tour de force del que ha salido airoso. Tras el descanso, los dedos del hombrecito corretean un Allegro a una velocidad inusitada en el Do mayor de los Estudios Op. 10. Sonoridad, matices, virtuosismo, sentimiento se deslizan en La menor, Do sostenido menor, Fa mayor... La ternura, la bronca, el odio, el coraje, el amor crecen en la tonsura y estallan en ese Allegro con fuego, que es revolucionario. Su patria oprimida le alumbra las pupilas. Tiene la sensación de que Franz Liszt, a quien ha dedicado los Estudios, ha tocado para él. Un bello preludio en Sol Mayor de un compositor que desconoce -"es de Rachmaninov", cuchichea un oyente- navega en las teclas en el primer bis. Luego, el pequeño gran pianista vuelve a desvestir con maestría la pasión del polaco en el Allegro appassionato en Re menor del Preludio Nº 24. "¿Qué año es?", le pregunta al mendigo. "2009", le responde y le dice el nombre del concertista.
Semicorcheas de frío le recorren las piernas. Aún está muy fresca la sensación de bienestar. "Mientras haya pianistas como Nelson Goerner la poesía de mi música estará a salvo", piensa. Son las dos de la mañana del 17 de octubre de 1849. Una Marcha Fúnebre camina por la Place Vendôme. Entretanto, el preludio en Si menor toma de la mano de Federico Chopin y lo introduce en la oscuridad. © LA GACETA
Roberto Espinosa - Escritor y periodista de LA GACETA. Autor del "Diccionario de la
Cultura en el Tucumán del Siglo XX" (UNT, 2006).
Con el Larghetto en La bemol mayor del Op. 21 le acaricia los pensamientos a Konstanze Gladkowska. Transparencia. Confesión. Pudor. Una estampida de amor rueda en el teclado. Sueña con los besos de la bella muchacha que no ha podido desposar en la tierra natal. El canto de su compañera del conservatorio tiene la magia de la vida. En el jardín, observa a Justina y Nicolás, a Luisa, Isabel y Emilia. Las carcajadas de sus padres y sus hermanas salpican el verde, al compás de la Polonesa en Si bemol mayor que ha compuesto a los 7 años. Es 1 de marzo, su cumpleaños. Cuando en una colonia española en Sudamérica soñaban con una Revolución de Mayo, él nacía en Zelazowa Wola, una aldea a 60 kilómetros de Varsovia. Puede afirmar sin temor que las enfermedades lo han tenido siempre de hijo. Poco le aporta el violinista Wojciech Zywny. Josef Elsner le enseña órgano y composición. Todos se sorprenden: a los quince años el piano ya le ha develado sus secretos y sentimientos. Las diabluras de Paganini lo sacuden. La peluca del viejo Bach se agita en su imaginación.
Imágenes de Praga, Dresde, Breslau, Viena rodean su mirada. Varsovia se rinde a los pies de sus conciertos en Fa menor y en Mi menor, pero no Konstanze que capitulará ante otro hombre. Las persecuciones, los levantamientos contra el yugo de los zares lo zarandean. En una taberna, los amigos le regalan una copa de plata con tierra polaca al veinteañero que parte a Viena a perfeccionar su arte. 1830, noviembre. Los polacos van en busca de la libertad. Las fronteras se cierran. Su patria será desde entonces una nostalgia amarrada al alma. "¡Y yo aquí, condenado a la inacción! A veces no puedo casi respirar y penetrado por el dolor, vuelco en el piano mi desesperación", escribe. Dramatismo. Soledad. Desesperanza. Desgajan el Do sostenido menor de un nocturno. 1831. Parte a Londres. Pero no llegará. En París se alojará su corazón.
El virtuoso Kalkbrenner es el "rey del piano", pero pronto sabrá que hay un "emperador" que proviene de Hungría, y un poeta que está llegando de Polonia. Se ofrece a enseñarle. "Sé cuánto me falta, pero no quiero imitarle", le responde. "No aprenderá nada, además usted toca mejor que él", le confesará luego Mendelssohn. "Nada podía quitarme la idea ni el deseo, acaso audaz pero noble, de crearme un mundo nuevo", pensaba para sus adentros.
El aire otoñal le ha enfriado las manos. Busca a la sombra. "Quiero saber qué pasará en el porvenir con mi música", le explica suplicante. Abre los ojos. Camina ahora por una avenida. Está maravillado con los carruajes modernos. Tres edificios similares le hacen pensar que está en algún barrio de París. El aroma de los azahares, las flores, los enormes árboles de una plaza hacen flamear su delgadez en la noche de primavera. Le pregunta a un mendigo por ese teatro iluminado, en el que está ingresando gente. "Se ve que usted no es de Tucumán. Es el San Martín. Seguro que hay concierto. Si quiere lo hago entrar", le contesta. Asiente con un gesto. El menesteroso se trepa hasta una ventana. La abre y lo ayuda a ingresar. Se instalan en el paraíso. Las luces se apagan y se ilumina el escenario. La calvicie de un pequeño hombre saluda. Está de negro. Se desprende la chaqueta sin cuello que lo asemeja a un rabino lampiño y se sienta al piano. Acentos sobrecogedores en Do menor del nocturno Opus 48 desestabilizan su alma. "¡Oh, parece música del polaco!", murmura el menesteroso. Cuando el pianista entrega su emoción en el pasaje apasionado, revive el primer encuentro con Aurore Dudevant, que todos conocen como George Sand, en la reunión organizada por Liszt y su amante Marie, condesa de D’Agoult. Le choca su traje de hombre y los cigarros. Los presentan. "¿Ese señor es una niña?", le cuchichea ella a una amiga. "¡Qué antipática! ¿Es una mujer? Estoy por dudarlo", le comenta él a Ferdinand Hiller. Ojalá tuviese la potencia de ese tonsurado que expresa con garra lo que se agita en mi interior. La Sonata en Si menor lo transporta al verano de 1844. Las manos del pianista introducen el arpegio de un tema, diría, sinfónico y desembocan en un océano de ternura. Cuando el teclado canta, siente la pasión que lo envuelve a George Sand. Ocho años juntos no son poca cosa. Bajo sus dedos, el Largo se convierte en un vasto lied de ensoñación, de serena armonía, tal vez de felicidad. La exaltación gana con apremio el Finale. Los dedos son ahora duendes enamorados correteando en el teclado. La calva se agacha espiando a gran velocidad la claridad de las corcheas. Un tour de force del que ha salido airoso. Tras el descanso, los dedos del hombrecito corretean un Allegro a una velocidad inusitada en el Do mayor de los Estudios Op. 10. Sonoridad, matices, virtuosismo, sentimiento se deslizan en La menor, Do sostenido menor, Fa mayor... La ternura, la bronca, el odio, el coraje, el amor crecen en la tonsura y estallan en ese Allegro con fuego, que es revolucionario. Su patria oprimida le alumbra las pupilas. Tiene la sensación de que Franz Liszt, a quien ha dedicado los Estudios, ha tocado para él. Un bello preludio en Sol Mayor de un compositor que desconoce -"es de Rachmaninov", cuchichea un oyente- navega en las teclas en el primer bis. Luego, el pequeño gran pianista vuelve a desvestir con maestría la pasión del polaco en el Allegro appassionato en Re menor del Preludio Nº 24. "¿Qué año es?", le pregunta al mendigo. "2009", le responde y le dice el nombre del concertista.
Semicorcheas de frío le recorren las piernas. Aún está muy fresca la sensación de bienestar. "Mientras haya pianistas como Nelson Goerner la poesía de mi música estará a salvo", piensa. Son las dos de la mañana del 17 de octubre de 1849. Una Marcha Fúnebre camina por la Place Vendôme. Entretanto, el preludio en Si menor toma de la mano de Federico Chopin y lo introduce en la oscuridad. © LA GACETA
Roberto Espinosa - Escritor y periodista de LA GACETA. Autor del "Diccionario de la
Cultura en el Tucumán del Siglo XX" (UNT, 2006).
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