18 Octubre 2009 Seguir en 

Sería a fines de 1986 o 1987. El director de la Feria del Libro de Frankfurt nos anuncia que Herta Müller viene a Buenos Aires, en marzo, a nuestra Feria. Nos pide que le organicemos un programa, cualquier cosa dice, contacto con escritores, lectura de poemas, ustedes ya sabrán qué hacer, nos tranquiliza. En aquella época no existía Internet, de manera que la ignorancia no podía transvestirse a través del Google. Sabíamos muy poco de esta enigmática escritora rumana exiliada en Alemania que finalmente recaló entre nosotros con sus enormes ojos claros y una especie de mutismo cerril poco dispuesto a establecer una comunicación que no fuera a través de la palabra escrita e impresa. Algo habremos organizado, sin pena ni gloria, porque el único recuerdo tangible que tengo de Herta Müller es el de una tarde calurosa en mi departamento de Buenos Aires, ella parada frente a mi biblioteca junto a Peter Weidhaas (director de la Feria de Frankfurt). Los dos me dan la espalda y emiten comentarios hilarantes por lo bajo, se ríen, como si yo hubiese dispuesto allí los libros sólo para impresionarlos. En el recuerdo siento vergüenza, no porque hubiese realmente algo de qué avergonzarse, sino porque no había contado por anticipado con el abismo que había entre el mundo que yo representaba (la Argentina de Alfonsín) y el de aquella mujer cuyos libros yo cometía el pecado de ignorar.
Siempre me pregunté por qué Herta Müller habría querido venir a Buenos Aires. Será por las dictaduras, pensé después. Por la de Ceaucescu en Rumania y la nuestra, la que nos había hecho mundialmente famosos. Antes de irse, la pequeña escritora de Rumania con la que no logré intercambiar más palabras que el saludo, me entregó Niederungen (Bajezas), el único libro que por aquel entonces había aparecido en Alemania. Durante meses el libro permaneció sobre mi escritorio en el mismo lugar en el que ella lo había dejado. Yo no tenía intención de leerlo, más bien quería olvidarme de ella, de Weidhaas y de todas las ferias del libro del mundo hasta que una tarde, obligada a permanecer en mi escritorio por las inclemencias del tiempo o de algún atolladero, empecé a leerlo. Y entendí.
Lo que se leía allí era la historia de un pueblo de campesinos de origen alemán en tierra ajena y socializada. Nada, salvo una ancestral rigidez teutónica, les pertenece. Lo que allí había era una suerte de indignación poética que se había hecho carne a través del odio y del encono. No debe haber retrato más descarnado de una minoría étnica bajo el protectorado de un estado dictatorial donde el agobio interior es idéntico al que genera un estado que se mira el ombligo. Sin referirse a la ocupación nazi, al gobierno de Caeaucescu o a las aporías de la política, la niña que narra cuenta un infierno. De aquella prosa alucinada recuerdo ahora el testimonio de la madre de la autora que ahora cito de memoria: "el día de nuestro casamiento tu padre me esperó comiendo cerezas cuyos carozos escupía en el suelo de la habitación; desde entonces supe que me iba a moler a palos sistemáticamente."
© LA GACETA
Gabriela Massuh - Escritora tucumana, doctora en Letras
de la Universidad alemana de Nüremberg, directora cultural
del Instituto Goethe de Buenos Aires.
Siempre me pregunté por qué Herta Müller habría querido venir a Buenos Aires. Será por las dictaduras, pensé después. Por la de Ceaucescu en Rumania y la nuestra, la que nos había hecho mundialmente famosos. Antes de irse, la pequeña escritora de Rumania con la que no logré intercambiar más palabras que el saludo, me entregó Niederungen (Bajezas), el único libro que por aquel entonces había aparecido en Alemania. Durante meses el libro permaneció sobre mi escritorio en el mismo lugar en el que ella lo había dejado. Yo no tenía intención de leerlo, más bien quería olvidarme de ella, de Weidhaas y de todas las ferias del libro del mundo hasta que una tarde, obligada a permanecer en mi escritorio por las inclemencias del tiempo o de algún atolladero, empecé a leerlo. Y entendí.
Lo que se leía allí era la historia de un pueblo de campesinos de origen alemán en tierra ajena y socializada. Nada, salvo una ancestral rigidez teutónica, les pertenece. Lo que allí había era una suerte de indignación poética que se había hecho carne a través del odio y del encono. No debe haber retrato más descarnado de una minoría étnica bajo el protectorado de un estado dictatorial donde el agobio interior es idéntico al que genera un estado que se mira el ombligo. Sin referirse a la ocupación nazi, al gobierno de Caeaucescu o a las aporías de la política, la niña que narra cuenta un infierno. De aquella prosa alucinada recuerdo ahora el testimonio de la madre de la autora que ahora cito de memoria: "el día de nuestro casamiento tu padre me esperó comiendo cerezas cuyos carozos escupía en el suelo de la habitación; desde entonces supe que me iba a moler a palos sistemáticamente."
© LA GACETA
Gabriela Massuh - Escritora tucumana, doctora en Letras
de la Universidad alemana de Nüremberg, directora cultural
del Instituto Goethe de Buenos Aires.
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