27 Septiembre 2009 Seguir en 
Una cierta indiferencia parece haber signado la relación bilateral argentino-norteamericana en los últimos 10 años después de las estrechas relaciones de los 90. Indiferencia gestada durante la presidencia de Bush, que desplazó el interés por América latina en pos de sus proyectos militares en Irak y Afganistán, e incluso consintió tácitamente la debacle local de principios de siglo. Indiferencia que no parece haber sido superada hasta ahora por la administración de Obama, que tras nueve meses en el poder sigue sin conceder una entrevista privada a la presidenta, Cristina Fernández de Kirchner. Es evidente que a Obama no le ha faltado trabajo en este tiempo, pero también es cierto que ya recibió a otros líderes de la región, entre ellos Lula, Calderón y Uribe. Sin embargo, el gobierno argentino busca cada vez con mayor desesperación una cumbre con el carismático líder para mejorar la alicaída imagen nacional en el mundo. Una reunión con el mandatario podría ser leída por los mercados como el comienzo de un proceso de reencause de las relaciones bilaterales alimentando la credibilidad y mejorando el clima para las difíciles negociaciones que se avizoran con los holdouts y el Club de París.
En semejante clima de indiferencia es natural que las relaciones comerciales hayan sido conducidas por el piloto automático durante toda la década. En efecto, en los noventa las exportaciones a EEUU representaron un 9,6% del total, mientras que en el acumulado de enero de 2000 a julio de 2009 este ratio se contrajo a 9,1%. Sin embargo la evolución anual de este indicador reconoce dos períodos diferenciados. Por un lado, durante los primeros años de la década, las exportaciones con destino a Norteamérica se mantuvieron en torno al 10-11% del total, en sintonía con los niveles alcanzados a fines de siglo pasado. Pero, a partir de 2006 cuando los envíos a EEUU cayeron un 10,5%, la relación ha venido en retroceso. En 2008 sólo el 7,4% de las exportaciones argentinas fueron despachadas hacia la potencia del norte, el nivel más bajo de los últimos 20 años. En términos de importaciones la caída ha sido aún más dramática. En promedio durante la década de 1990 un 19,4% de los productos importados provenía de Estados Unidos. En lo que va del decenio la relación cayó a 14,1%, mostrando apenas un 12% durante 2008. Esta contracción relativamente más fuerte sobre las importaciones ha permitido una cierta mejora en el balance comercial que pasó de déficits muy significativos durante los noventa, con un pico de U$S 4.000 millones en 1998, a niveles bastante más moderados logrando incluso obtener superávits entre 2002 y 2005. Estos resultados no son malos aunque se deben a que evidencian la aparición de nuevos socios comerciales y la diversificación de orígenes y destinos. Pero exhiben una decadencia pronunciada en la relación con la mayor economía del mundo.'
La decadencia en las relaciones bilaterales no encuentra su principal expresión en el intercambio comercial, sino en los flujos de Inversión Extranjera Directa (IED). Más allá de la pobre performance que ha tenido la IED en los últimos 10 años, que recién en 2007 logró superar a 2001 y se encuentra aún muy por debajo del máximo registrado durante la convertibilidad, la reducción en el flujo de fondos desde Norteamérica es elocuente. EEUU pasó de representar más de un 30% de las inversiones locales a mediados de los noventa a sólo un 8% en 2007. El derrumbe en este caso no es sólo relativo, sino también absoluto. Lejos están los más de 2.000 millones de dólares que ingresaron en 1997. En 2007 la inversión directa norteamericana se ubicó en torno a los 500 millones, un cuarto del máximo que había exhibido sólo un decenio antes. Así es como la demonizada etapa de las relaciones carnales fue sucedida por una década de indiferencia y distanciamiento. Hoy, a las puertas de un nuevo decenio, resultaría natural plantearse interrogantes respecto al futuro de la relación bilateral. Pero para eso probablemente haya que esperar hasta el nuevo gobierno.
En semejante clima de indiferencia es natural que las relaciones comerciales hayan sido conducidas por el piloto automático durante toda la década. En efecto, en los noventa las exportaciones a EEUU representaron un 9,6% del total, mientras que en el acumulado de enero de 2000 a julio de 2009 este ratio se contrajo a 9,1%. Sin embargo la evolución anual de este indicador reconoce dos períodos diferenciados. Por un lado, durante los primeros años de la década, las exportaciones con destino a Norteamérica se mantuvieron en torno al 10-11% del total, en sintonía con los niveles alcanzados a fines de siglo pasado. Pero, a partir de 2006 cuando los envíos a EEUU cayeron un 10,5%, la relación ha venido en retroceso. En 2008 sólo el 7,4% de las exportaciones argentinas fueron despachadas hacia la potencia del norte, el nivel más bajo de los últimos 20 años. En términos de importaciones la caída ha sido aún más dramática. En promedio durante la década de 1990 un 19,4% de los productos importados provenía de Estados Unidos. En lo que va del decenio la relación cayó a 14,1%, mostrando apenas un 12% durante 2008. Esta contracción relativamente más fuerte sobre las importaciones ha permitido una cierta mejora en el balance comercial que pasó de déficits muy significativos durante los noventa, con un pico de U$S 4.000 millones en 1998, a niveles bastante más moderados logrando incluso obtener superávits entre 2002 y 2005. Estos resultados no son malos aunque se deben a que evidencian la aparición de nuevos socios comerciales y la diversificación de orígenes y destinos. Pero exhiben una decadencia pronunciada en la relación con la mayor economía del mundo.'
La decadencia en las relaciones bilaterales no encuentra su principal expresión en el intercambio comercial, sino en los flujos de Inversión Extranjera Directa (IED). Más allá de la pobre performance que ha tenido la IED en los últimos 10 años, que recién en 2007 logró superar a 2001 y se encuentra aún muy por debajo del máximo registrado durante la convertibilidad, la reducción en el flujo de fondos desde Norteamérica es elocuente. EEUU pasó de representar más de un 30% de las inversiones locales a mediados de los noventa a sólo un 8% en 2007. El derrumbe en este caso no es sólo relativo, sino también absoluto. Lejos están los más de 2.000 millones de dólares que ingresaron en 1997. En 2007 la inversión directa norteamericana se ubicó en torno a los 500 millones, un cuarto del máximo que había exhibido sólo un decenio antes. Así es como la demonizada etapa de las relaciones carnales fue sucedida por una década de indiferencia y distanciamiento. Hoy, a las puertas de un nuevo decenio, resultaría natural plantearse interrogantes respecto al futuro de la relación bilateral. Pero para eso probablemente haya que esperar hasta el nuevo gobierno.







