Entre la ficción y la realidad policial

La capacitación para investigaciones parece precaria e insuficiente. Dudas que plantea el sistema de trabajo. Por Roberto Delgado - Prosecretario de Redacción.

08 Septiembre 2009
¿Alguien se imagina el abismo existente entre los casos que resuelve el investigador Grissom de la serie de TV CSI (traducido: investigación sobre la escena del crimen) y los que pueden llevar a buen término los detectives y policías científicos tucumanos? Es enorme. Pero no por la habilidad y capacidad de uno y otros (el personaje de William Petersen es, obviamente, de ficción: no sólo resuelve casi todos sus casos, sino que hace el trabajo de 20 personas), sino la fantasía televisiva es un relato que se parece a la vida real, pero con historias que terminan (se resuelven); y la realidad es exactamente lo contrario. A menos que se trate de homicidios de pasión o de violencia del momento y se hayan investigado de entrada, las pesquisas complicadas quedan pendientes sin término. Así es que el titular de la Corte Suprema, Antonio Gandur, reconoce que hay muchos casos de crimen perfecto. Ahí está, por ejemplo, el caso de Paulina Lebbos, transformado en una dolorosa marca de la ineficiencia del sistema investigativo en la Policía y la Justicia tucumanas. O, remontándonos atrás, el caso del homicidio de Lucas Fernández (el principal involucrado fue Andrés Miguel), que desde hace 13 años espera una nueva pesquisa.
Las series de TV, por cierto, mueven la imaginación. Las versiones de CSI en Nueva York y Miami, "La ley y el orden" y "Crossing Jordan" y hasta la historia de la joven que hace hablar a los muertos en "Tru calling" dan la idea de que del trabajo forense se pueden extraer elementos para resolver crímenes. Usan elementos de trabajo sorprendentes. Luces fosforescentes, cromatógrafos de gases, programas de computadora especiales, archivos informatizados de tres décadas de delitos y personal altamente capacitado en razonamiento lógico.  También otra serie, "Lie to me", con Tim Roth, trabaja con la capacidad para detectar si un testigo clave o el sospechoso de un crimen mienten.
La distancia de la ficción a la realidad parece más grande porque es tan notoria la imposibilidad de que se resuelvan tantos crímenes en esas historias televisivas como las durísimas limitaciones que hay en nuestro medio. Así parecen testimoniarlo no sólo casos difíciles como el de Paulina, sino detalles como el hecho de que los hombres que se prepararon para investigar al violador serial (inencontrable desde hace casi dos años) también fueron enviados a capacitarse a Córdoba, cuya Policía (que tiene los mismos problemas de las otras fuerzas policiales del país) ha montado esta escuela de investigación y está atrayendo a los detectives de todas partes.
El jefe de la División Homicidios y Delitos Complejos, comisario Miguel Gómez, dijo que "por cuestiones lógicas" no pueden enviar a todo el personal al mismo tiempo para que sea capacitado, "así que cuando alguno viaja, imparte sus conocimientos al resto", según explicó. La Policía tucumana, que cuenta con muchas áreas de investigación -unas seis en la Dirección de Investigaciones, la de Trata de Personas y otras áreas autónomas, como Drogas Peligrosas, tiene cientos de hombres en esta condición que, como los de Homicidios, quizá en algún momento vayan a capacitarse.

El personal de calle
Pero... ¿eso ayudaría a reducir el mencionado abismo entre la efectividad de las investigaciones de ficción y las de la realidad tucumana? Es difícil decirlo. Sin embargo, hay elementos que hacen pensar que hay cosas que podrían hacerse, como capacitar al personal de calle, que no sólo es el primero que llega a la escena del crimen, sino el que, muchas veces, podría prevenirlo. Por ejemplo, es conocido que en el caso de Pablo Amín hubo una evidente mala praxis: los policías que lo examinaron el día que protagonizó un escándalo en la vía pública; lo enviaron al hospital y sin advertir su conducta extraña, los médicos lo enviaron a casa. Poco después descuartizó a su mujer. Hace pocas semanas, cuando Miguel Angel Ramírez mató a su hijo Enzo y se suicidó en el barrio San Carlos, su esposa dijo que lo había denunciado varias veces por violencia doméstica, pero que nadie le hizo caso. Entre el caso Amín y este pasaron casi dos años. El policía urbano, el de la comisaría, ¿fue capacitado para prevenir estos hechos? Parece que no. ¿Y para prevenir conductas antisociales o peleas vecinales, que a veces derivan en hechos de sangre? ¿Y para preservar la escena del crimen, como pretende el comisario Miguel Gómez?
La distancia entre las series de TV y la realidad policial  es más grande porque la capacitación no ha comenzado en el nivel básico. Y habría que pensar si acaso el problema no tiene tanto que ver con la capacitación como con el concepto mismo de Policía que tenemos. Sus hombres pueden ser voluntariosos, pero su sistema de trabajo está basado en una ley orgánica que da pautas correspondientes a hace 40 años, cuando a los agentes se les ordenaba analizar conductas con visión autoritaria, prejuiciosa y machista. Ley que sigue vigente, sin que nadie diga nada. Quizá la tarea es mucho más profunda que una capacitación detectivesca.

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