08 Septiembre 2009 Seguir en 
El respeto por el otro es una norma fundamental para la convivencia. Cuando ello no sucede, sobrevienen las desavenencias y se privilegia una actitud individualista por encima del conjunto. De allí provenga tal vez esa actitud egoísta -muy propia de nuestra idiosincrasia- que lleva en ocasiones a buscar sólo el bienestar personal aun a costa de los demás. Esa penosa vocación por transgredir las normas que rigen la convivencia no es otra cosa que faltarse el respeto a sí mismo y a los demás. Una ciudad es el reflejo de quienes en ella viven. Si es higiénica, organizada y pujante es porque sus habitantes lo son.
En nuestra edición del domingo, dedicamos un generoso espacio a las trampas urbanas que ponen en riesgo a los peatones. Encontramos con mucha frecuencia pozos en las veredas, alcantarillas sin rejilla, cables sueltos, cajas de aire acondicionado y ventanas cuyas persianas invaden el camino en las aceras, transformadores, semáforos con grandes mochilas, cestos papeleros y postes de luz o de carteles. Pero también rampas con mucha pendiente y sin piso antideslizante (la calle Ayacucho en las esquinas con Crisóstomo Alvarez, La Madrid y Rondeau, por ejemplo) que provocan constantemente accidentes. En este último aspecto, da la impresión de que la Municipalidad careciera de arquitectos o de una norma universal para la construcción de rampas en la vía pública que evite el daño al peatón.
En forma casi constante, empresas de servicios rompen las veredas para realizar obras y generalmente, tardan en dejarlas en condiciones y muchas veces quedan sin baldosas. Algo similar sucede con las edificaciones en construcción. Ante la imposibilidad de circular por allí, los peatones deben descender a la calle, arriesgándose a ser atropellados en el microcentro, especialmente en los horarios pico, cuando el tránsito es intenso.
De acuerdo con un informe de un médico de la Asistencia Pública de la Municipalidad capitalina, en la institución se atiende a diario entre 20 y 30 urgencias, entre las que se encuentran caídas en veredas rotas, tropiezos con huecos que quedaron por la desaparición de un árbol o peatones que son embestidos por puertas de autos que se abren de repente.
El titular de la Dirección de Defensa Civil informó que diariamente recibe reclamos por la presencia de objetos que ponen en riesgo el andar por la vía pública. Consignó que en algunos casos, la Municipalidad intima a propietarios de inmuebles para que libere el camino de estorbos y señaló que las denuncias más frecuentes son por carteles, columnas, macetas en balcones, mampostería en riesgo de caerse, ramas de árboles y pozos que se abrieron en una obra, pero que nunca se taparon.
Las víctimas principales de estas trampas urbanas suelen ser los discapacitados, visuales y motrices en particular, y las mujeres que llevan a sus niños en cochecitos. También lo son aquellos caminantes que marchan distraídos enviando o leyendo mensajes de texto por el celular o escuchando música con auriculares.
La Municipalidad es la encargada de controlar, sancionar estos despropósitos urbanos, así como de verificar luego que la corrección se haya hecho. Sin embargo, la realidad refleja que ello no sucede con frecuencia porque hay obstáculos que permanecen mucho tiempo en la vía pública sin ser retirados. En otras ocasiones, por ejemplo, se ha sugerido que en el caso de veredas rotas, la Municipalidad efectúe la reparación y le cobre luego al frentista como ocurre en otras ciudades.
"Hay que terminar con eso de que la ciudad son los ladrillos. La ciudad no son los ladrillos, la ciudad es la gente", afirmó el urbanista tucumano Rafael Caminos. El objetivo debería ser entonces buscar en forma permanente mejorar la calidad de vida de la ciudadanía.
En nuestra edición del domingo, dedicamos un generoso espacio a las trampas urbanas que ponen en riesgo a los peatones. Encontramos con mucha frecuencia pozos en las veredas, alcantarillas sin rejilla, cables sueltos, cajas de aire acondicionado y ventanas cuyas persianas invaden el camino en las aceras, transformadores, semáforos con grandes mochilas, cestos papeleros y postes de luz o de carteles. Pero también rampas con mucha pendiente y sin piso antideslizante (la calle Ayacucho en las esquinas con Crisóstomo Alvarez, La Madrid y Rondeau, por ejemplo) que provocan constantemente accidentes. En este último aspecto, da la impresión de que la Municipalidad careciera de arquitectos o de una norma universal para la construcción de rampas en la vía pública que evite el daño al peatón.
En forma casi constante, empresas de servicios rompen las veredas para realizar obras y generalmente, tardan en dejarlas en condiciones y muchas veces quedan sin baldosas. Algo similar sucede con las edificaciones en construcción. Ante la imposibilidad de circular por allí, los peatones deben descender a la calle, arriesgándose a ser atropellados en el microcentro, especialmente en los horarios pico, cuando el tránsito es intenso.
De acuerdo con un informe de un médico de la Asistencia Pública de la Municipalidad capitalina, en la institución se atiende a diario entre 20 y 30 urgencias, entre las que se encuentran caídas en veredas rotas, tropiezos con huecos que quedaron por la desaparición de un árbol o peatones que son embestidos por puertas de autos que se abren de repente.
El titular de la Dirección de Defensa Civil informó que diariamente recibe reclamos por la presencia de objetos que ponen en riesgo el andar por la vía pública. Consignó que en algunos casos, la Municipalidad intima a propietarios de inmuebles para que libere el camino de estorbos y señaló que las denuncias más frecuentes son por carteles, columnas, macetas en balcones, mampostería en riesgo de caerse, ramas de árboles y pozos que se abrieron en una obra, pero que nunca se taparon.
Las víctimas principales de estas trampas urbanas suelen ser los discapacitados, visuales y motrices en particular, y las mujeres que llevan a sus niños en cochecitos. También lo son aquellos caminantes que marchan distraídos enviando o leyendo mensajes de texto por el celular o escuchando música con auriculares.
La Municipalidad es la encargada de controlar, sancionar estos despropósitos urbanos, así como de verificar luego que la corrección se haya hecho. Sin embargo, la realidad refleja que ello no sucede con frecuencia porque hay obstáculos que permanecen mucho tiempo en la vía pública sin ser retirados. En otras ocasiones, por ejemplo, se ha sugerido que en el caso de veredas rotas, la Municipalidad efectúe la reparación y le cobre luego al frentista como ocurre en otras ciudades.
"Hay que terminar con eso de que la ciudad son los ladrillos. La ciudad no son los ladrillos, la ciudad es la gente", afirmó el urbanista tucumano Rafael Caminos. El objetivo debería ser entonces buscar en forma permanente mejorar la calidad de vida de la ciudadanía.
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