23 Agosto 2009 Seguir en 

Dramaturgo, periodista, crítico, cuentista, poeta, novelista. Julio Ardiles Gray fue un hombre múltiple, dueño de una cultura renacentista, de una pasión que lo acompañó hasta el último de sus 87 años. Sus intereses diversos se plasmaron en estas páginas a través de cientos de textos. El primero de ellos fue un poema y se publicó en 1949, el año fundacional de este suplemento. El último, hace cuatro meses. Allí recordaba la creación del Teatro Estable de la Provincia, en la que tuvo un rol preponderante. Entre esas dos colaboraciones, podemos rastrear notas que revelan algunas de sus obsesiones: la relación del cine y la literatura, la potencia de nuestro idioma, los encuentros con los autores que más admiraba. En los últimos tiempos publicamos una serie de artículos que él tituló Memorias anticipadas. A modo de homenaje, a quien fue un pilar central de LA GACETA Literaria, ofrecemos una selección de sus escritos.
Los comienzos
Soledad Ardiles Gray de Stein cuenta que la primera obra publicada de su hermano Julio fue un poema sobre fray Justo Santa María de Oro, con el cual el Chivo se presentó para concursar por el premio del Obispado de Cuyo. Lo había entregado con el pseudónimo de Pucará. Tenía 14 años y se alzó con la primera presea, que consistía en 10 libras esterlinas de oro. Y Soledad recuerda que los jurados no podían creer la edad del ganador.
Fragmentos de notas de Julio Ardiles Gray publicadas en estas páginas
Con Neruda en Isla Negra
De pronto apareció vestido de cowboy, tocado con gran sombrero tejano y portando dos revólveres al cinto. Sin saludar, gritó: "¡Arriba los vasos!". Todos obedecimos. Neruda desenfundó los revólveres y fue virtiendo en cada vaso un poco de whisky que salía de ambas armas. Cuando terminó la tarea nos servimos la paella, y él recorrió la mesa saludando a todos.
Al caer la tarde, los invitados nos despedimos de Matilde y de don Pablo. Lentamente, fuimos subiendo al ómnibus que debía devolvernos a Santiago. Entonces, tuve la sensación de que había estado en una de esas casas mágicas que Lewis Carroll había inventado para Alicia.
(29 de mayo de 2005)
La extraña vitalidad del castellano
Si bien el castellano fue impuesto por la espada de los soldados y la predicación de los sacerdotes desde que nació en un lejano monasterio llamado San Millán, en los albores de la Edad Media, hasta las Filipinas y Cuba, cuando el derrumbe del imperio español, empezó a servir de aglutinante de una cultura huérfana ya del esqueleto político.
Atacado por todos los costados, el castellano soportó los embates interiores y exteriores. Desde el interior, por la permanencia de las lenguas indígenas que se negaban a morir?
El castellano crece rápidamente y se enriquece, década tras década. Castilla ya no es su epicentro; sólo fue su cuna. Ahora hay múltiples epicentros que han suavizado la lengua, la han hecho más cantarina, más llena de imágenes. Pronto seremos 400 millones los que parloteemos y escribamos el idioma de Cervantes. Lo que no pudo la espada, la religión o la política, lo ha conseguido un idioma: la unidad que no tiene frontera porque, como la hiedra, seduce y se mete por los intersticios de otros territorios lingüísticos. Se cumplirá así el apotegma orgulloso de Carlos V: "en los dominios del castellano no se pone el sol".
(19 de diciembre de 2004)
¿Cine y literatura o literatura y cine?
Desde sus comienzos, el cine recibió la influencia de la literatura. Pero también la literatura recibió invalorables aportes del cine. Si en los comienzos del llamado séptimo arte el género novelístico fue traducido, adaptado y trasvasado a la pantalla, no es menos cierto que algunos recursos cinematográficos fueron aprovechados por la novela contemporánea. El sistema de montaje cinematográfico pasó a la novela (verbigracia, algunas obras de Dos Passos) y los flashbacks o racconti fueron aprovechados por la literatura teatral que rompió así la unidad de acción y de tiempo existentes en la escena hasta la aparición del invento de los hermanos Lumiére?
Todo esto que acabo de escribir me volvió a la mente al salir del estreno de La rosa púrpura del Cairo, obra maestra de Woody Allen. Tierno y conmovedor homenaje al cine, al viejo Hollywood, la antigua fábrica de sueños, pero también el pago de una deuda con cierta literatura -que seguramente Allen no conoce- en donde sus autores han borrado para siempre las fronteras entre la fantasía y la realidad, entre los sueños y la vigilia, tal vez porque esta última no exista.
(13 de octubre de 1985)
Memorias anticipadas: El cine y yo
Cuando yo nací, en la década del 20, el cine ya se había convertido en el gran entretenimiento y en el arte de las masas y había completado sus estructuras: la producción levantaba sus grandes estudios en California, las cadenas de salas nacían como hongos por todo el mundo y su sistema de estrellas alimentaba los diarios y revistas; todos querían saber la vida privada de los grandes actores y actrices y los fanáticos coleccionaban fotos de sus intérpretes favoritos: Douglas Fairbanks, Mary Pickford, Rodolfo Valentino, Clara Bow, Lilian Gish, Pola Negri y los vaqueros Tom Mix, Back Jones y Hot Gibson.
Cerca de los cuatro años me llevaron a ver El Pibe, de Carlitos Chaplin, uno de sus primeros largometrajes. Me acompañaba Francisca (Panchita), que en casa no sólo ayudaba en los quehaceres domésticos, sino también oficiaba de niñera y jugaba conmigo. Confieso que la película me impresionó mucho, y que si bien lloré cuando la policía trata de secuestrar a Jackie Coogan, las travesuras del niño protagonista me hicieron reír. Francisca me leía los letreros, y a la salida me explicaba el argumento y aclaraba mis dudas.
(28 de mayo de 2006)
Los comienzos
Soledad Ardiles Gray de Stein cuenta que la primera obra publicada de su hermano Julio fue un poema sobre fray Justo Santa María de Oro, con el cual el Chivo se presentó para concursar por el premio del Obispado de Cuyo. Lo había entregado con el pseudónimo de Pucará. Tenía 14 años y se alzó con la primera presea, que consistía en 10 libras esterlinas de oro. Y Soledad recuerda que los jurados no podían creer la edad del ganador.
Fragmentos de notas de Julio Ardiles Gray publicadas en estas páginas
Con Neruda en Isla Negra
De pronto apareció vestido de cowboy, tocado con gran sombrero tejano y portando dos revólveres al cinto. Sin saludar, gritó: "¡Arriba los vasos!". Todos obedecimos. Neruda desenfundó los revólveres y fue virtiendo en cada vaso un poco de whisky que salía de ambas armas. Cuando terminó la tarea nos servimos la paella, y él recorrió la mesa saludando a todos.
Al caer la tarde, los invitados nos despedimos de Matilde y de don Pablo. Lentamente, fuimos subiendo al ómnibus que debía devolvernos a Santiago. Entonces, tuve la sensación de que había estado en una de esas casas mágicas que Lewis Carroll había inventado para Alicia.
(29 de mayo de 2005)
La extraña vitalidad del castellano
Si bien el castellano fue impuesto por la espada de los soldados y la predicación de los sacerdotes desde que nació en un lejano monasterio llamado San Millán, en los albores de la Edad Media, hasta las Filipinas y Cuba, cuando el derrumbe del imperio español, empezó a servir de aglutinante de una cultura huérfana ya del esqueleto político.
Atacado por todos los costados, el castellano soportó los embates interiores y exteriores. Desde el interior, por la permanencia de las lenguas indígenas que se negaban a morir?
El castellano crece rápidamente y se enriquece, década tras década. Castilla ya no es su epicentro; sólo fue su cuna. Ahora hay múltiples epicentros que han suavizado la lengua, la han hecho más cantarina, más llena de imágenes. Pronto seremos 400 millones los que parloteemos y escribamos el idioma de Cervantes. Lo que no pudo la espada, la religión o la política, lo ha conseguido un idioma: la unidad que no tiene frontera porque, como la hiedra, seduce y se mete por los intersticios de otros territorios lingüísticos. Se cumplirá así el apotegma orgulloso de Carlos V: "en los dominios del castellano no se pone el sol".
(19 de diciembre de 2004)
¿Cine y literatura o literatura y cine?
Desde sus comienzos, el cine recibió la influencia de la literatura. Pero también la literatura recibió invalorables aportes del cine. Si en los comienzos del llamado séptimo arte el género novelístico fue traducido, adaptado y trasvasado a la pantalla, no es menos cierto que algunos recursos cinematográficos fueron aprovechados por la novela contemporánea. El sistema de montaje cinematográfico pasó a la novela (verbigracia, algunas obras de Dos Passos) y los flashbacks o racconti fueron aprovechados por la literatura teatral que rompió así la unidad de acción y de tiempo existentes en la escena hasta la aparición del invento de los hermanos Lumiére?
Todo esto que acabo de escribir me volvió a la mente al salir del estreno de La rosa púrpura del Cairo, obra maestra de Woody Allen. Tierno y conmovedor homenaje al cine, al viejo Hollywood, la antigua fábrica de sueños, pero también el pago de una deuda con cierta literatura -que seguramente Allen no conoce- en donde sus autores han borrado para siempre las fronteras entre la fantasía y la realidad, entre los sueños y la vigilia, tal vez porque esta última no exista.
(13 de octubre de 1985)
Memorias anticipadas: El cine y yo
Cuando yo nací, en la década del 20, el cine ya se había convertido en el gran entretenimiento y en el arte de las masas y había completado sus estructuras: la producción levantaba sus grandes estudios en California, las cadenas de salas nacían como hongos por todo el mundo y su sistema de estrellas alimentaba los diarios y revistas; todos querían saber la vida privada de los grandes actores y actrices y los fanáticos coleccionaban fotos de sus intérpretes favoritos: Douglas Fairbanks, Mary Pickford, Rodolfo Valentino, Clara Bow, Lilian Gish, Pola Negri y los vaqueros Tom Mix, Back Jones y Hot Gibson.
Cerca de los cuatro años me llevaron a ver El Pibe, de Carlitos Chaplin, uno de sus primeros largometrajes. Me acompañaba Francisca (Panchita), que en casa no sólo ayudaba en los quehaceres domésticos, sino también oficiaba de niñera y jugaba conmigo. Confieso que la película me impresionó mucho, y que si bien lloré cuando la policía trata de secuestrar a Jackie Coogan, las travesuras del niño protagonista me hicieron reír. Francisca me leía los letreros, y a la salida me explicaba el argumento y aclaraba mis dudas.
(28 de mayo de 2006)
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