01 Marzo 2006 Seguir en 

En otros animales, no cabe duda alguna de que existen. En los humanos, la existencia no estaba probada, pero se suponía que también: las feromonas son sustancias químicas emanadas por el organismo que intervienen en procesos de comunicación entre integrantes de una misma especie animal. Una de las funciones fundamentales de las feromonas tienen lugar en la atracción sexual.
La idea de que en los seres humanos determinadas secreciones cumplirían esa función y, por lo tanto, estarían desempeñando un papel decisivo en las relaciones amorosas, anduvo rondando desde siempre la cabeza de muchos apasionados por la biología. Y juega su papel en la eterna discusión acerca de si en la condición humana predomina la cultura o, por el contrario, la naturaleza (y con ella la animalidad y el instinto) sigue siendo en el fondo la ama y señora.
Pero pocos -y de manera seria, menos aún- se han atrevido a darle al amor y su complejidad una explicación enteramente química, basada en la mera descripción del accionar de mediadores químicos y en modelos moleculares. Hasta los más acérrimos cientificistas ceden lugar, según sea la preferencia del caso, a los misterios de la sensualidad, a la fascinación que se rompe de sólo ser explicada, a un supuesto “flechazo”, al destino, a la placentera pérdida de límites.
No obstante, expresiones como “química” o “cuestión de piel”, tienen también su lugar ganado en esta discusión. Y no sólo desde la mitología popular, ya que existen hipótesis científicas que, al menos, derivan la investigación por esas filosas aristas.
No es cuestión de olfato
Las feromonas son hormonas que se liberan al medio externo, y que cumplen su función al ser percibidas por otro animal de la misma especie. Biológicamente esto es muy parecido a un sistema de comunicación natural.
El descubrimiento de la función de estas hormonas en la atracción sexual lo realizó el naturalista francés Jean-Henri Fabre en 1870, y no en felinos ni en picaflores, sino en las polillas. Como recuerda el médico Santiago Cortesi en el sitio Buenafuente.com en una nota a propósito del tema, el francés observó en su momento que ciertas polillas machos se desplazaban por kilómetros hasta llegar a las hembras, atraídos por ciertos olores o sustancias que ellas segregaban.
Todo comenzó en 1959
Recién mucho después, en 1959, se rescataron aquellas observaciones en el estudio de los gusanos de seda, en los que se observaron comportamientos similares. Fue entonces cuando empezó a hablarse de feromonas.
Este fenómeno no tendría que ver con la idea de que los olores de la transpiración, por ejemplo, cumpliría una función de atracción sexual. Muchos autores sostienen que esta podría haber sido originariamente la función en la especie humana, aunque hoy tal vez no serían mayoría quienes se reconozcan atraídos por este tipo de aromas.
La idea de que en los seres humanos determinadas secreciones cumplirían esa función y, por lo tanto, estarían desempeñando un papel decisivo en las relaciones amorosas, anduvo rondando desde siempre la cabeza de muchos apasionados por la biología. Y juega su papel en la eterna discusión acerca de si en la condición humana predomina la cultura o, por el contrario, la naturaleza (y con ella la animalidad y el instinto) sigue siendo en el fondo la ama y señora.
Pero pocos -y de manera seria, menos aún- se han atrevido a darle al amor y su complejidad una explicación enteramente química, basada en la mera descripción del accionar de mediadores químicos y en modelos moleculares. Hasta los más acérrimos cientificistas ceden lugar, según sea la preferencia del caso, a los misterios de la sensualidad, a la fascinación que se rompe de sólo ser explicada, a un supuesto “flechazo”, al destino, a la placentera pérdida de límites.
No obstante, expresiones como “química” o “cuestión de piel”, tienen también su lugar ganado en esta discusión. Y no sólo desde la mitología popular, ya que existen hipótesis científicas que, al menos, derivan la investigación por esas filosas aristas.
No es cuestión de olfato
Las feromonas son hormonas que se liberan al medio externo, y que cumplen su función al ser percibidas por otro animal de la misma especie. Biológicamente esto es muy parecido a un sistema de comunicación natural.
El descubrimiento de la función de estas hormonas en la atracción sexual lo realizó el naturalista francés Jean-Henri Fabre en 1870, y no en felinos ni en picaflores, sino en las polillas. Como recuerda el médico Santiago Cortesi en el sitio Buenafuente.com en una nota a propósito del tema, el francés observó en su momento que ciertas polillas machos se desplazaban por kilómetros hasta llegar a las hembras, atraídos por ciertos olores o sustancias que ellas segregaban.
Todo comenzó en 1959
Recién mucho después, en 1959, se rescataron aquellas observaciones en el estudio de los gusanos de seda, en los que se observaron comportamientos similares. Fue entonces cuando empezó a hablarse de feromonas.
Este fenómeno no tendría que ver con la idea de que los olores de la transpiración, por ejemplo, cumpliría una función de atracción sexual. Muchos autores sostienen que esta podría haber sido originariamente la función en la especie humana, aunque hoy tal vez no serían mayoría quienes se reconozcan atraídos por este tipo de aromas.
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