16 Febrero 2005 Seguir en 

Por iniciativa de Sigmund Freud se sabe que la sexualidad infantil -la capacidad de experimentar placer y displacer-, aparece ni bien se nace, y no está relacionada con la genitalidad, que surge en la pubertad.
La niñez no es una caparazón capaz de aislarlo del mundo, del constante flujo de sentimientos y afectos que le despierta las personas a las que conoce y lo que ve, e incluso las imágenes de TV, pero cuanto más corta edad tengan, menos podrán expresarlo o canalizarlo. Precisamente, la cercanía de los cuerpos en el ámbito de la familia y de los juegos entre compañeros es un constante mercado de afectos; qué hacer con ellos, qué produce placer y qué no, qué es lo permitido y qué es lo que no lo está, y en ese camino se construye el aprendizaje y la formación de la identidad.
Los padres son figuras cruciales en todo este proceso, y esa responsabilidad les genera un cumulo de dudas. "A veces los padres no han sido reconocidos ellos mismos como seres independientes en su niñez, y esto se puede notar en muchas cosas pequeñas", explica Susana Toporosi, psicóloga especialista en niños y adolescentes y coordinadora del área en el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez.
Un sujeto diferente
Cuando una madre, por ejemplo, no reconoce que su hijo pequeño manifiesta tener calor y lo obliga a abrigarse según la temperatura que ella misma siente, lo que falta es "el reconocimiento de que el hijo es un sujeto diferente, que tiene sus propias sensaciones", describe Toporosi.
La clave para el adulto parece ser identificar los propios temores y diferenciarlos, separarlos de la situación para preservar a los hijos. Hecho eso, nada habría que temer.
Desde muy temprano es importante la forma en que la madre se conecta con su hijo: si le habla como a una persona que entiende y que piensa cosas, aunque aún no lo haga por cuenta propia, lo va colocando en un lugar muy diferente al que le daría si considera que el bebé es nada más que una boca a la que hay que darle de comer o una cola a la que hay que cambiarle los pañales.
Al amamantar, la madre no sólo alimenta a su bebé, sino que además le genera una situación de placer en ese chupar. Eso y las caricias van haciendo que el nuevo ser "entienda" que tiene un cuerpo que gusta de ser tocado de determinada manera, y dónde comienza y dónde termina su cuerpo, es decir, sus límites.
La función de padre, aclara la licenciada, no siempre es cumplida por el papá biológico o el papá de carne y hueso: como se identifica con lo social, con hacer que descubra otras cosas en el mundo, una maestra de jardín de infantes que se queda consolando a un alumno que llora desconsoladamente porque su madre lo deja allí, por ejemplo, estaría cumpliendo la función paterna.
La niñez no es una caparazón capaz de aislarlo del mundo, del constante flujo de sentimientos y afectos que le despierta las personas a las que conoce y lo que ve, e incluso las imágenes de TV, pero cuanto más corta edad tengan, menos podrán expresarlo o canalizarlo. Precisamente, la cercanía de los cuerpos en el ámbito de la familia y de los juegos entre compañeros es un constante mercado de afectos; qué hacer con ellos, qué produce placer y qué no, qué es lo permitido y qué es lo que no lo está, y en ese camino se construye el aprendizaje y la formación de la identidad.
Los padres son figuras cruciales en todo este proceso, y esa responsabilidad les genera un cumulo de dudas. "A veces los padres no han sido reconocidos ellos mismos como seres independientes en su niñez, y esto se puede notar en muchas cosas pequeñas", explica Susana Toporosi, psicóloga especialista en niños y adolescentes y coordinadora del área en el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez.
Un sujeto diferente
Cuando una madre, por ejemplo, no reconoce que su hijo pequeño manifiesta tener calor y lo obliga a abrigarse según la temperatura que ella misma siente, lo que falta es "el reconocimiento de que el hijo es un sujeto diferente, que tiene sus propias sensaciones", describe Toporosi.
La clave para el adulto parece ser identificar los propios temores y diferenciarlos, separarlos de la situación para preservar a los hijos. Hecho eso, nada habría que temer.
Desde muy temprano es importante la forma en que la madre se conecta con su hijo: si le habla como a una persona que entiende y que piensa cosas, aunque aún no lo haga por cuenta propia, lo va colocando en un lugar muy diferente al que le daría si considera que el bebé es nada más que una boca a la que hay que darle de comer o una cola a la que hay que cambiarle los pañales.
Al amamantar, la madre no sólo alimenta a su bebé, sino que además le genera una situación de placer en ese chupar. Eso y las caricias van haciendo que el nuevo ser "entienda" que tiene un cuerpo que gusta de ser tocado de determinada manera, y dónde comienza y dónde termina su cuerpo, es decir, sus límites.
La función de padre, aclara la licenciada, no siempre es cumplida por el papá biológico o el papá de carne y hueso: como se identifica con lo social, con hacer que descubra otras cosas en el mundo, una maestra de jardín de infantes que se queda consolando a un alumno que llora desconsoladamente porque su madre lo deja allí, por ejemplo, estaría cumpliendo la función paterna.
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