La gran ilusión

Para LA GACETA - BUENOS AIRES.

28 Julio 2002
Al boletero del cine lo asombró el pedido de Esteban Rally: "Quiero ver la cabina de proyección, unos minutos nada más. Sin causar molestias, desde luego". "Un loco", pensó el boletero, lo que extrañamente lo tranquilizó y respondió con aire magnánimo: "De acuerdo, pase por aquella puertita y suba la escalera. Sin hacer ruido, estamos en plena función".
En el recinto estrecho, casi un pasillo, un haz de luz, muy brillante, casi blanca, salía temblorosa de una proyectora hacia una ventanita cuadrada en la pared que daba directamente a la sala del cine. El proyectorista, que podía estar disgustado por la intromisión, se sintió halagado por el interés de Rally, notorio a pesar de la oscuridad. Señaló las cuatro proyectoras y dijo, con voz aguda y a la vez, asordinada: "Holandesas.
No fallan nunca. Eso sí, hay que cuidarlas". Elogió luego el hermetismo de los envases de lata de los rollos de película a los que dio golpecitos con las uñas anotando que también a esas latas "eso sí, hay que cuidarlas" y añadió desconcertantemente: "A veces me pongo a pensar y pasan las horas".Rally viajaba mucho, y en cada viaje examinaba concienzudamente su vehículo, lo que el álbum de figuritas "Nestlé" llamaba su "medio de comunicación". Era como si el cliente de un restaurante visitara la cocina. Aparecía en el compartimiento de los pilotos, que lo miraban aviesamente temiendo que tocara algo en el panel, la tecla de los flapper, por ejemplo, o se colaba en el puente de mando del barco, saludando con la cabeza a las figuras trashumantes de los oficiales de guardia. Y si era el caso, trepaba a la locomotora llevando un gorrito azul que lo indisponía con la gente de tracción, como denomina La Fraternidad a los maquinistas de 1ª y de 2ª, los ayudantes y los peones.
Lo conocí a Esteban Rally, un hombre de aspecto burgués, entre dos edades, con ralo pelo colorado, supuestamente exitoso para acceder al turismo de lujo, en la cubierta superior, de césped artificial, del barco del Hotel Sheraton, de El Cairo, que recorría en cinco días el Nilo desde Luxor hasta Assuan.
Le conté, con la banalidad de la conversación entre turistas, que el mozo que me consiguió una mesa se puso a bailar cuando le di una libra egipcia de propina. "No era para menos, dijo, esa suma es importante en relación con su sueldo". Y a continuación me comunicó los emolumentos de los marineros, masteleros (gavieros no había), operadores de grúa, mozos de comedor, mucamas, amas de llave, comisarios de a bordo, sobrecargos, oficiales de ruta, etc. "El sueldo del capitán no he podido averiguarlo", aclaró modestamente. Y siguió.
Recitó dónde construyeron el barco y lo botaron, el nombre y dirección de la compañía dueña del mismo y los de su aseguradora, sus características operativas, mangas, eslora, etc. y las de desplazamiento, el número de su inscripción en el "Rol pour la navegation du Nile et parcours". En ese momento oímos unos gritos desde el agua y nos acercamos a la borda.Un felah al timón de una feluca destartalada, de vela cuadrada, desafiaba a nuestro barco a una carrera. Pronto quedó atrás, momento en el que el primer oficial, egipcio, abandonó el puente de mando. Por lo que el capitán, poco ducho en esas aguas, no supo que frente a la isla Elefantina, el Nilo cambia del color marrón al verde, el famoso verde nilo, que indica una fuerte corriente, difícil de remontar, salvo en una estrecha franja, que no figura en ningún plano, por donde la feluca se deslizó gallardamente. Vuelto modestamente hacia los lugares sagrados, el felah le hizo un limpio corte de manga a nuestro atribulado capitán.
Observé, en ese mismo viaje por Egipto, que Rally entraba con facilidad en sitios vedados al común de la gente. En Giza penetró en un largo corredor de la Gran Pirámide, recién descubierto, vedado a los turistas y el mismo día, en el oasis de Medinet el-Fayoum, entró en una mastaba a la que los egipcios no accedían, tocándose los párpados como demostración de terror. Otro día, inspeccionó las ruinas de Tell El-Amarna, la ciudad de Akhnaton, el creador del monoteísmo, antes Amenophis IV, destruida por sacerdotes ofendidos con el fundador de otra religión solar. Cuando Rally miró fijamente una roca, me pregunté si no habría descubierto la entrada a un templo o a una tumba faraónica. En realidad, estaba observando un escarabajo, inspirador del amuleto más importante del antiguo Egipto, que se colocaba, entre vendajes, sobre el lugar correspondiente al corazón, en las momias faraónicas, para evitar frases autocondenatorias en el juicio final.
Sin emoción alguna en su rostro ni variación en su postura de bebedor de café, Rally me contó que había visitado la estación de comunicaciones en la cúpula de la Torre Eiffel, cuya destrucción, en el caso desarme, ya ordenada, fue evitada por la intervención de Marconi, que insistió en que era el mejor lugar para instalar esa estación.
Visitó el cuarto claro y extraño, en una mansión de la plaza Des Vosgues, en el Marais, donde Mesmer celebraba funciones de hipnotismo erótico- científicas y subió los cien escalones del Templo de los Guerreros en Chichen Itzá, enfrentando al puma de ojos de jade y al guerrero tolteca en posición decúbito lateral, con la cabeza apoyada en una mano, como una elegante de "L?Illustration".
Desafió al frío, literalmente polar, para olisquear el goniómetro del observatorio sueco, en el Polo Sur; fue uno de los porteadores del falo gigante, en la fiesta de la fertilidad de Ahighito, Japón, y accedió, rodeado por una nube de marines y hombres de negro del FBI, al cuarto nivel subterráneo de Fort Knoss, donde se guarda el oro de Estados Unidos.
Estas informaciones desgranadas meticulosamente pero con desgano, como si Rally traicionara a alguien, eran parte de charlas que manteníamos, después de cada viaje, en cuyo transcurso me enviaba postales con saludos "cordiales", "amistosos" y hasta "sinceros" como si una postal pudiera ser hipócrita.Estoy habituado a las confidencias, convocadas por mi cara de oyente: puedo dormir con los ojos abiertos, como un piel roja. Una mujer de mundo, célebre por sus tailleurs, me confió en susurros impetuosos, con quiénes había traicionado a su marido, y con qué mujeres él, a su vez, la había traicionado. Una de estas damas era su amante secreta y le contaba, en la cama, sus juegos eróticos con el marido. Ella asentía hasta que en un momento dado, dijo sorprendida: "Eso no me lo hace a mí".
Otro confidente fue un revisor de cuentas de un club de fútbol, inventor de una fórmula para determinar las cifras finales de su auditoría, a las que un tic de la computadora depositaba su comisión en una cuenta bancaria que no era del club.
Rally ingresa sin objeciones en lugares a los que sólo pueden acceder jefes de estado (de estados importantes, se entiende); premios Nobel; reyes; aristócratas como los Grandes de España; los grado 33 de la masonería, de ambos ritos; el Papa; el Mufti de Jerusalén; los Rotschild y Clorindo Testa.
Atraviesa, sin exhibir documento alguno, pórticos tallados y puertas acolchadas de cuero, guardados por enhiestos soldados con alabardas, a quienes saluda con imperceptibles reverencias, para penetrar en sacristías, antesalas y santuarios a los que, en la mayor parte del día, sólo entra la luz.
Permanece poco tiempo en esos ámbitos, sólo el necesario, sospechamos, para entregar un mensaje y vuelve a saludar, al salir, con la misma expresión de aburrimiento con la que entró, a los guardias, reforzados por silenciosos funcionarios llenos de medallas, como generales venezolanos.¿Qué se propone Rally? O más bien ¿quién es Rally? Bajo su apariencia de próspero vecino de La Paternal ¿no será un espía altamente calificado de la Sureté o el M 18? De allí que viaje tanto, portador de sospechosos mensajes y exhiba su extraordinaria memoria adquirida, sin duda, por su memorización. La tesis es atrayente pero improbable.¿Qué hace un espía en las ruinas mayas? Hay intereses estratégicos en la Antártida pero está desmilitarizada.
No escribe un libro de viajes, ni informes a los grandes mayoristas de turismo que, sin embargo, lo conocen. ¿Busca una salvación personal (de cuarta, con nigromantes y augures), algo que lo conmocione, bajo otro sol y otra luna? ¿O sólo es un impenitente trotamundos, al que la mezcla de esfuerzo y descanso de los viajes atrae salvajemente?Tengo para mí que en algún entresijo de su alma (inmortal) Rally guarda la gran ilusión de que, en alguno de los extraños lugares que visita ocurra un hecho de significación mundial, que sólo pueda ser visto por un solo testigo. Ese testigo sería él.
(c) LA GACETA

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