28 Julio 2002 Seguir en 

Los autores sostienen que tanto la "producción" como la recepción del discurso le atribuyen un sentido que depende del sistema de relaciones sociales en el cual circula dicho discurso. Esto supone romper "con el texto como producto dado, cerrado en sí mismo y autosuficiente" (p. 8).
También supone repetir un viejo credo determinista: "Ser historiador significa una capacidad de relación, en cuanto probabilidad de hacer aceptar una versión del pasado; y dicha capacidad no se funda en el individuo en cuanto tal sino en la acumulación de determinados recursos o propiedades" (p. 117).
Desde tal credo, el "lugar" que ocupa el autor de textos aparece como criterio explicativo de su decir. Ese lugar es "la articulación de la posición que un individuo biológico ocupa en un sistema de relaciones en un momento dado, con su trayectoria" (p. 116).
Así, Mitre preferirá los documentos, como fuentes confiables para escribir la historia, porque vivió "en un ambiente familiar donde los registros, especialmente contables, eran el medio usado para dar fe de lo sucedido" (p. 21).
Esa metodología se muestra sumamente exitosa para explicar acontecimientos pasados. Por ejemplo, por qué B. Mitre, V. F. López y D. Vélez Sarsfield -ocupando "lugares" distintos- estaban conminados a interpretar de modo diferente las acciones de Güemes y de San Martín. Pero no se le pida predicciones. (Suponiendo verdadera la historia de San Pablo, conociendo su "lugar" anterior a la conversión de Damasco -romano perseguidor de cristianos- ¿cómo predecir desde ese conocimiento sus futuras 14 cartas difundiendo el evangelio cristiano?).
Así como el cristianismo medieval no vacilaba en calificar de "necio" al agnóstico, el marxismo arrojaba sobre los infieles a su credo -entre muchos otros giros despectivos- el de "idealista". El idealismo filosófico era el demonio engañador. Pero hoy puede encontrarse -en libros como este- el curioso "giro a la derecha idealista" entre los cultores de esa vieja izquierda: siguen hablando de las versiones históricas como "ocultamiento de intereses particulares o de clase" (p. 39) pero al mismo tiempo reivindican la atinada y antigua tesis idealista según la cual los valores y el conocimiento son ante todo "construcciones interpretativas", no datos materiales ("lo socialmente producido y, por lo mismo, arbitrario...") (p. 37).
No es asunto sencillo conciliar la tentación epistemológica de un determinismo (que presume de explicar el porqué de un texto) con el reconocimiento del enigmático origen ("arbitrario") de cualquier hecho social.
El lector que no esté suficientemente familiarizado con este estilo tan francés de pensamiento, se beneficiará frecuentándolo. Ahí va una muestra: "podríamos afirmar que el enunciador ocupa el lugar inicialmente vacío del yo, y es construido sobre la base de las opciones que, en el marco de lo posible, el agente social realiza en el ámbito de las relaciones con las instituciones, los otros yo, su competencia y la legitimidad que lo asiste; esto le permite presentarse como un sujeto que ejerce cierto poder sobre las convenciones que lo rigen y sobre el enunciatario, cuyas reacciones prevé y orienta". (p. 32).
(c) LA GACETA
También supone repetir un viejo credo determinista: "Ser historiador significa una capacidad de relación, en cuanto probabilidad de hacer aceptar una versión del pasado; y dicha capacidad no se funda en el individuo en cuanto tal sino en la acumulación de determinados recursos o propiedades" (p. 117).
Desde tal credo, el "lugar" que ocupa el autor de textos aparece como criterio explicativo de su decir. Ese lugar es "la articulación de la posición que un individuo biológico ocupa en un sistema de relaciones en un momento dado, con su trayectoria" (p. 116).
Así, Mitre preferirá los documentos, como fuentes confiables para escribir la historia, porque vivió "en un ambiente familiar donde los registros, especialmente contables, eran el medio usado para dar fe de lo sucedido" (p. 21).
Esa metodología se muestra sumamente exitosa para explicar acontecimientos pasados. Por ejemplo, por qué B. Mitre, V. F. López y D. Vélez Sarsfield -ocupando "lugares" distintos- estaban conminados a interpretar de modo diferente las acciones de Güemes y de San Martín. Pero no se le pida predicciones. (Suponiendo verdadera la historia de San Pablo, conociendo su "lugar" anterior a la conversión de Damasco -romano perseguidor de cristianos- ¿cómo predecir desde ese conocimiento sus futuras 14 cartas difundiendo el evangelio cristiano?).
Así como el cristianismo medieval no vacilaba en calificar de "necio" al agnóstico, el marxismo arrojaba sobre los infieles a su credo -entre muchos otros giros despectivos- el de "idealista". El idealismo filosófico era el demonio engañador. Pero hoy puede encontrarse -en libros como este- el curioso "giro a la derecha idealista" entre los cultores de esa vieja izquierda: siguen hablando de las versiones históricas como "ocultamiento de intereses particulares o de clase" (p. 39) pero al mismo tiempo reivindican la atinada y antigua tesis idealista según la cual los valores y el conocimiento son ante todo "construcciones interpretativas", no datos materiales ("lo socialmente producido y, por lo mismo, arbitrario...") (p. 37).
No es asunto sencillo conciliar la tentación epistemológica de un determinismo (que presume de explicar el porqué de un texto) con el reconocimiento del enigmático origen ("arbitrario") de cualquier hecho social.
El lector que no esté suficientemente familiarizado con este estilo tan francés de pensamiento, se beneficiará frecuentándolo. Ahí va una muestra: "podríamos afirmar que el enunciador ocupa el lugar inicialmente vacío del yo, y es construido sobre la base de las opciones que, en el marco de lo posible, el agente social realiza en el ámbito de las relaciones con las instituciones, los otros yo, su competencia y la legitimidad que lo asiste; esto le permite presentarse como un sujeto que ejerce cierto poder sobre las convenciones que lo rigen y sobre el enunciatario, cuyas reacciones prevé y orienta". (p. 32).
(c) LA GACETA
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