Libro de 1928 que era más bien una evidencia

Una nueva edición del primer texto que publicó Macedonio Fernández.

28 Julio 2002
Más cerca de los presocráticos o del budismo zen (y aun de la poesía como "una manera de vivir", al decir de Tristan Tzara) que de cualquier idea más o menos escolástica, académica o profesional de la filosofía o de la literatura, la presencia y la palabra viva de Macedonio Fernández (1874-1952) habrán resultado acaso, para quienes fueron dignos de compartirlas, tanto o más vivificantes que esos papeles abandonados donde, sin intención de libro o de edición, fue dispersando señales de su pasión por el pensar, el decir, el ser ("¡Oh, Pasión nunca humilde, siempre cierta!").
No es novedad para quien trajine con honestidad lúcida en las fronteras del lenguaje y del lirismo, como los místicos en relación con los límites de toda religión, que la palabra humana es a la vez reveladora y ambigua, contagiosa y oculta, carencia y cantera. Y que así como hay silencios que son testimonios de elocuencia, las palabras que importan no se agotan en el mero traslado de un mensaje. No hay palabra de fondo en la cual no tengamos que sumergirnos, no sólo con la vista, sino de cuerpo entero.Con este mismo título, y sólo a instancia de los jóvenes y brillantes amigos que fueron capaces de estimar su madurez (Borges, Marechal, Bernárdez y precisamente Scalabrini Ortiz, a quien obligó al prólogo), Macedonio accedió recién en 1928 a editar su primer libro: No toda es vigilia la de los ojos abiertos, uno de los muy pocos que publicó en vida. Auténtica evidencia de hondas y muy legítimas inquietudes metafísicas, su mismo desarrollo es prueba también de otras fecundas dimensiones de su espíritu: humor, nada de complacencia, carencia absoluta de pomposidad y verborragia, inocencia exigente, devoción fraternal por el lector, a quien se invita no sólo a ahondar sino directamente a formar parte de estas páginas.
El resultado, a la vez sesudo y fresco, no es apenas un libro sino más bien una evidencia. La mirada filosófica de Macedonio se arraiga con la vida, es a la vez idealista y concreta, etérea y humanísima ("Consiéntaseme esta necesidad de intimidad y de lírica en una obra de pura doctrina"). De tal modo que, si por un lado resultaría aconsejable una adecuada formación -que no es mi caso- para poder seguirlo en todos sus matices, también sería conveniente haberlo olvidado todo para estar así en condiciones de entregarse desnudo y libre a una experiencia que el autor imagina, no sin buenas razones, incluso transformadora. Tras comenzar significativamente la obra con un poema ("Haya poder contra la Muerte: El Ser no tiene ley, / todo es Posible", Macedonio encara francamente al lector: "Considera a mi libro un alegato pro pasión contra el intelectualismo extenuante".
Y a continuación, siempre a modo de proemio, según su costumbre y para no arrojarnos, en frío, de lleno en materia, rompe el discurso incorporando tramos de su correspondencia, donde no debería sorprendernos descubrir a William James. Y tampoco, por lo que a ambos toca, entre otros compañeros y amigos, a Juan B. Justo, el médico que tradujo por primera vez El capital al castellano y que fundó el Partido Socialista Argentino, a quien, habiendo fallecido antes, con precisas y tocantes palabras imagina sonriendo, al leer este libro, "con escepticismo y caridad".
Hay por lo menos dos clases de escritores. Aquellos que tratan de dejar concluida su obra teniendo en vista de algún modo a la posteridad. Y esos otros que la viven o la dejan inconclusa, entre los cuales hubo hasta quienes recomendaron destruirla (Kafka), o quienes, en el lúcido decir de Valéry, por una u otra razón sencillamente la abandonan, no se ocupan de ella.
Macedonio es de estos y, de no ser por la apasionada e inteligente devoción -fecunda irreverencia- de uno de sus hijos, Adolfo de Obieta, él mismo un intelectual de primera, lamentablemente fallecido hace poco, sólo soñando hubiéramos podido contar con esas Obras completas donde se inscribe, en octavo lugar, esta nueva reedición que nos ocupa.Con responsable honestidad, ya en una edición anterior el compilador aclaraba que "No es libro preparado por el autor. Por lo demás, todos o casi todos los suyos no resultaron de un acto cuidadosamente personal de construcción, sino más bien de la simpatía de amigos recopiladores, seleccionadores u ordenadores de textos". Rodea entonces Obieta al texto original de 1928 con aquellos trabajos rescatados por él de entre los manuscritos que, a su criterio, participan del mismo espíritu.
Y como él mismo recuerda que Macedonio "exponía sus fórmulas una y otra vez, no por autocomplacerse sino por una natural cortesía con el lector que era su compañero de aventura", reiterando que se trata de "un libro que van haciendo juntos autor y lector", tras agradecerle -póstumamente- esta nueva posibilidad de tomar contacto con la alta palabra de su padre, no sería quizás injusto hacer notar que el propio Macedonio, como él imaginó de Justo, también sonreiría "con escepticismo y caridad" al ver que, en esta ocasión, una errata sin duda involuntaria pero también fatal ha transformado, nada menos que en la tapa y en ambas portadillas iniciales, su título original en No todo es vigilia la de los ojos abiertos.
Lo que sin duda no hubiera sorprendido a quien, como él, tenía ya entonces una aguda conciencia de las características para nada lineales del lenguaje humano -hoy visualizadas cada vez con mayor amplitud y nitidez por las crecientes investigaciones lingüísticas-, como lo prueban su capítulo "Definiciones de ideas y vocablos" (donde puede leerse "La palabra es signo para comunicación. Esta es sólo, más que comunicación, suscitación de imagen por signo") y el texto aquí añadido "Yo sé la palabra en la boca del ser", donde creeríamos verlo acaso aludir a Wittgenstein que iría mucho más lejos: "Todo lo que se piensa bien puede decirse claro".
Para completar esta perspectiva de Macedonio con respecto a las limitaciones y riquezas del lenguaje humano, que lo hace tan actual, y precisamente por lo que ella se relaciona con su propia devoción por la poesía, en ese mismo desopilante e iluminador capítulo en que Hobbes aparece cuatrocientos años después de su muerte sentado en un hotel de Buenos Aires, hay una nota al pie donde se dice algo que complacería sin duda a Mallarmé y a Valéry: "¿Puedo combinar una prosa que suscite en igual orden y grado los sentimientos que cada compás va suscitando en una música?". Como se ve, en gran medida un presocrático, la poesía y la filosofía (reunidas en la misma llama y más cerca del logos), lejos estaban de encerrarse para él en supuestos géneros de fronteras irreconciliables.
(c) LA GACETA

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