28 Julio 2002 Seguir en 

La industria norteamericana funciona como una maquinaria aceitada en la cual Richard Russo calza como un engranaje perfecto. Si su anterior novela, Nobody?s fool, supo erigirse en un vertiginoso best seller y luego trepar con éxito al celuloide con Paul Newman en el papel estelar, esta vez, su nuevo trabajo ha desembarcado de modo aún más rutilante: Empire Falls, el libro en cuestión, se ha alzado con el Premio Pulitzer (uno de los galardones más importantes de habla inglesa) a la mejor obra de ficción del año; accedió a un podio que han sabido saborear, entre otros, conspicuos colegas de la talla de Ernest Hemingway, William Faulkner o Norman Mailer.
La voluminosa novela de casi 600 páginas y título más que sugestivo, transcurre también, como la anterior, entre los opacos pliegues de una pequeña comunidad provinciana, ámbito que Russo manipula con notable idoneidad. Se trata esta vez de una localidad industrial situada en el condado de Maine, que supo ser pujante alguna vez y ahora languidece duramente maltratada por la crisis de la industria textil y la voracidad especuladora de las multinacionales. Una declinación que ya puede preverse en el agorero presagio que da a la vez título al libro y nombre a la ciudad.
En las estupendas páginas del Prólogo el autor nos pone en autos. Allí nos traza la saga de los Whiting, una familia de tres generaciones de industriales, dueños virtuales de Empire Falls, quienes, pese a sus disímiles temperamentos, comulgan en una frustrada vocación homicida hacia sus respectivas mujeres. El último vástago de la estirpe, C.B. Whiting, luego de llevar una vida disipada en territorio mexicano, ha sido instado a retornar al pueblo y hacerse cargo de los negocios familiares. Su primer emprendimiento signa el destino de la comunidad de un modo temerario: en aras de instalarse, decide cambiar el flujo del río Knox para construirse su mansión en la otra orilla y apartarse del pueblo. Esto último, un doble sentido, pues también él será responsable de que su poderosa familia, propietaria desde hace un siglo del emporio textil que da trabajo a todo el pueblo, baje las cortinas generando una masa obrera de desocupados que deambulará por toda la novela con anhelos migratorios.
Sin embargo, la historia del pueblo, su río y su linaje de popes es apenas el contexto, porque el verdadero protagonista de esta historia no es otro que Miles Roby, el pariente pobre de los Whiting, un cuarentón divorciado que regentea el Empire Grill, restaurant decadente y melancólico que espera heredar a la muerte de la vieja Sra. Whiting, viuda de C. B.
Preso de su pasado, víctima del fracaso matrimonial, con una hija problemática, un amor inalcanzable y una madre idealizada, Roby encarna los rasgos de un perdedor nato que ve transcurrir el tiempo sumido en una infelicidad que es incapaz de percibir. Pero en esa mediocridad atmosférica de Empire Falls se desenvuelven hombres y mujeres que no aparentan mayor trascendencia; gente que vive instalada en una inercia rutinaria en la cual Russo se sumerge con ductilidad. Se muestra como un profesional en el arte de articular anécdotas de las colectividades ensimismadas en su propia fatalidad y en el trazo de personajes grises que extraen de su fracaso destellos de genialidad. Si a esto le sumamos una prosa deslizante y unos diálogos vivos, irónicos, impregnados de sorda melancolía, disgregados con habilidad para hacernos respirar la desidia, la putrefacción y la anémica esperanza que escampa por la ciudad, podría decirse que nos encontramos ante una atractiva novela.
No obstante, como en la propia ciudad, todo declina. El estupendo arranque, el irreprochable despliegue de personajes y situaciones y el muy inteligente goteo de frash backs que van revelando de a poco el retrato del protagonista, se malbaratan hasta caer en un típico desenlace purificador caro a los afectos hollywoodenses. El castigo de la naturaleza a la osadía humana hace que el dique reviente y el propósito de no dejar cabos sueltos al lector hace que el engarce no deje de sonarnos convencional, maniqueo. Es decir, un final tópico, con condensación metafórica, regeneración y toma de conciencia incluida, al más puro estilo Griffith, que tan probados dividendos ha aportado a las arcas de la factoría fílmica norteamericana.
No en vano, Paul Newman ya se ha hecho con los derechos. Esta vez, se implicará no sólo como actor encarnando a Max, el padre del protagonista, sino también como productor. Ni lerdo ni perezoso, Russo ya tiene ultimado el guión.
(c) LA GACETA
La voluminosa novela de casi 600 páginas y título más que sugestivo, transcurre también, como la anterior, entre los opacos pliegues de una pequeña comunidad provinciana, ámbito que Russo manipula con notable idoneidad. Se trata esta vez de una localidad industrial situada en el condado de Maine, que supo ser pujante alguna vez y ahora languidece duramente maltratada por la crisis de la industria textil y la voracidad especuladora de las multinacionales. Una declinación que ya puede preverse en el agorero presagio que da a la vez título al libro y nombre a la ciudad.
En las estupendas páginas del Prólogo el autor nos pone en autos. Allí nos traza la saga de los Whiting, una familia de tres generaciones de industriales, dueños virtuales de Empire Falls, quienes, pese a sus disímiles temperamentos, comulgan en una frustrada vocación homicida hacia sus respectivas mujeres. El último vástago de la estirpe, C.B. Whiting, luego de llevar una vida disipada en territorio mexicano, ha sido instado a retornar al pueblo y hacerse cargo de los negocios familiares. Su primer emprendimiento signa el destino de la comunidad de un modo temerario: en aras de instalarse, decide cambiar el flujo del río Knox para construirse su mansión en la otra orilla y apartarse del pueblo. Esto último, un doble sentido, pues también él será responsable de que su poderosa familia, propietaria desde hace un siglo del emporio textil que da trabajo a todo el pueblo, baje las cortinas generando una masa obrera de desocupados que deambulará por toda la novela con anhelos migratorios.
Sin embargo, la historia del pueblo, su río y su linaje de popes es apenas el contexto, porque el verdadero protagonista de esta historia no es otro que Miles Roby, el pariente pobre de los Whiting, un cuarentón divorciado que regentea el Empire Grill, restaurant decadente y melancólico que espera heredar a la muerte de la vieja Sra. Whiting, viuda de C. B.
Preso de su pasado, víctima del fracaso matrimonial, con una hija problemática, un amor inalcanzable y una madre idealizada, Roby encarna los rasgos de un perdedor nato que ve transcurrir el tiempo sumido en una infelicidad que es incapaz de percibir. Pero en esa mediocridad atmosférica de Empire Falls se desenvuelven hombres y mujeres que no aparentan mayor trascendencia; gente que vive instalada en una inercia rutinaria en la cual Russo se sumerge con ductilidad. Se muestra como un profesional en el arte de articular anécdotas de las colectividades ensimismadas en su propia fatalidad y en el trazo de personajes grises que extraen de su fracaso destellos de genialidad. Si a esto le sumamos una prosa deslizante y unos diálogos vivos, irónicos, impregnados de sorda melancolía, disgregados con habilidad para hacernos respirar la desidia, la putrefacción y la anémica esperanza que escampa por la ciudad, podría decirse que nos encontramos ante una atractiva novela.
No obstante, como en la propia ciudad, todo declina. El estupendo arranque, el irreprochable despliegue de personajes y situaciones y el muy inteligente goteo de frash backs que van revelando de a poco el retrato del protagonista, se malbaratan hasta caer en un típico desenlace purificador caro a los afectos hollywoodenses. El castigo de la naturaleza a la osadía humana hace que el dique reviente y el propósito de no dejar cabos sueltos al lector hace que el engarce no deje de sonarnos convencional, maniqueo. Es decir, un final tópico, con condensación metafórica, regeneración y toma de conciencia incluida, al más puro estilo Griffith, que tan probados dividendos ha aportado a las arcas de la factoría fílmica norteamericana.
No en vano, Paul Newman ya se ha hecho con los derechos. Esta vez, se implicará no sólo como actor encarnando a Max, el padre del protagonista, sino también como productor. Ni lerdo ni perezoso, Russo ya tiene ultimado el guión.
(c) LA GACETA
Lo más popular







