El pensamiento de Abraham resulta "rápido" por lo insustancial

Lenguaje que será apto para los medios pero no para el pensar reflexivo.

21 Julio 2002
Mucho de rápido, nada de pensamiento. Así podría resumirse el contenido de este libro. Pensar, pensamiento, son vocablos de una larga y venerable tradición filosófica. Pensar alude en su etimología a pesar cuidadosamente el pro y el contra de algo. Es exactamente lo que no hace Tomás Abraham en esta colección de artículos breves, de corte periodístico, publicados en diversos diarios en un lapso de diez años. Artículos que tienen el tono de la urgencia, del hoy, y que con el paso del tiempo han perdido fuerza e interés.
Si el propósito del autor fuese sólo recopilar sus escritos, todo estaría bien, pero en el prólogo sostiene su papel de filósofo de la cultura con frases como: "El filósofo es doxólogo... La filosofía, tiene el desafío de la aceleración... El pensamiento lento tiene poca envergadura... La filosofía está sujeta al pressing del tiempo... El filósofo de hoy no tiene la misión de buscar la verdad, y menos de enunciarla, sino de equivocarse con la mayor precisión posible... Son maniobras de pensamiento rápido a fin de mostrar estampas de la sociedad argentina reciente".
Lo que ofrece este libro es literalmente un pensamiento rápido por insustancial. En 462 páginas mezcla tópicos sobre economía política, crítica de cine, de libros, fenómenos mediáticos, jugadores de fútbol, condimentados con alguna referencia filosófica de soslayo que, a mi criterio, no son ni remotamente suficientes para que el autor se sienta Sócrates, como lo sugiere en el prólogo. Sócrates era un despertador de conciencias, transitaba por el barrio de Plaka, en Atenas, mostrando con humildad a sus conciudadanos su ignorancia a fin de que el otro, en el ejercicio del pensar, descubriera la propia. A Tomás Abraham, por el contrario, se lo puede imaginar circulando por la ciudad cargado de un saber -sin fisuras- sobre casi todo, lejos de la incertidumbre, discurriendo con autoridad, no dejando al escucha un mínimo resquicio para la propia reflexión o para la duda.
El pensamiento, cuando se ejercita, tiene un ritmo argumentativo. Todo pensar filosófico desarrolla una argumentación que va llevando al lector a comprender la idea expuesta a fin de tomarla en consideración. A mi criterio, Abraham confunde planos, le atribuye al pensamiento la velocidad y la urgencia de los fenómenos que deberán ser pensados. La complejidad del acontecer del mundo actual en permanente transformación, el cúmulo de informaciones que recibe el hombre común, requieren del filósofo, es verdad, pero justamente de un filosofar sin urgencias, de fondo, inquisitivo y esclarecedor, a fin de orientar criterios o colaborar en la búsqueda de sentidos. Ningún pensamiento rápido, en caso de existir, puede ir más allá de rozar la superficie de la realidad.
Su lenguaje -definitivamente poco atractivo para un pensar reflexivo- se descarga sobre el lector desprevenido y lo deja sin aliento para confrontar, pensar o dudar. Es posible que sea adecuado para los medios masivos, para un programa de televisión en el cual importa más la velocidad de la réplica que el peso de las argumentaciones. Es posible que el libro pueda ser entretenido para quien guste de lecturas sin complicaciones, pero de filosofía, de profundidades, de reflexiones serias, nada.
Un asunto más para el pensamiento -no rápido- del lector. Este libro tiene una tirada de 6.000 ejemplares, lo que dice a las claras del criterio de las grandes editoriales para la selección de lo que se publica. Seis mil libros en la calle más una buena publicidad en los medios, y quizás en la Feria del Libro, garantizan una venta masiva y redituable, no importa cuál sea el producto.

(c) LA GACETA

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