Autor capaz de hallar un alto grado de fecundidad

Juego de encastres que funda suelos donde parecía haber sólo evanescencias.

21 Julio 2002
Esbozar qué orden jerárquico ocupará este libro en la obra de César Aira no es, justamente, una opción sensata. Aun cuando su relativa juventud ya aconsejaría atenerse a los límites de lo provisorio, la profusión de sus textos, incluso su variedad genérica, serían motivos suficientes para acogerse a los beneficios de la prudencia. Una espera estratégica, al menos, si no contemplativa.
Pero estamos hablando de literatura y no habría que doblegarse sin reparos ante la herrumbre de la solemnidad. Toda máquina de pensar, por modesta que sea, es bien capaz de sostener el arbitrio de las preferencias y, por qué no, de estimularlas. (¿Habrá otro modo de abismarse en las palabras?).
Dicho esto, entonces sí, cabe especular con que Varamo será un mojón primordial en el derrotero de nuestro autor, acaso porque altera, y de un modo notable, las coordenadas de su "más de lo mismo". Es decir, allí donde algunos padecen, embelesados, el escarmiento de sus propios tics, Aira encuentra un alto grado de fecundidad. El tono paródico, zumbón, o francamente disparatado, roza los dominios de la excelencia en un imperdible juego de encastres que funda suelos allí donde, aparentemente, no hay más que evanescencia.
De "El canto del niño virgen", obra mayúscula de la poesía centroamericana, concebida por Varamo, no sabemos sino lo que cifra el hermeneuta que nos introduce en la historia. Y de su responsable, sabemos, a lo sumo, que no fue, no es y no será escritor, o al menos allende tan formidable arrebato de... ¿inspiración? Qué va. Nada parece estar más alejado de la genialidad que un escribiente del Ministerio panameño, delgado, probablemente enjuto, ajeno a la pasión por la lectura, poco despierto con las mujeres, que vive con una madre de origen chino, senil, y que asume como hábito más fervoroso embalsamar animales pequeños.
Pero es un hecho: este hombre normalito ha devenido revolucionario de la literatura, es, sin más, un vanguardista, y bien advierte el sujeto que relata, que es legítimo denominar vanguardia todo arte que propicia desandar las circunstancias reales de las que nació. Y, a semejante tarea se aboca, minucioso, desde que el creador del "milagro inexplicable" recibe de paga dos billetes falsos, pasando por un crescendo de avatares curiosos (en la calle, con su inefable progenitora), hasta la consumación de la estrafalaria parábola: un par de encuentros azarosos, ora con un par de hermanas contrabandistas, ora con tres editores ligeros de escrúpulos, templan su ánimo y lo impelen a la gesta del héroe accidental.
Bien mirada la cuestión, Aira invita a sospechar que nos habla del hecho artístico, o del acto literario, como hijo bastardo de un oxímoron, una especie de "musa causal", digamos. Pero quién sabe. Es la suya una mirada que funda su eficacia en la gimnasia del tero, ave zancuda diestra en pegar el grito por un lado y poner el huevo por el otro. Del tal suerte, a una observación de tono erudito le sigue una disonancia, y así, en los imprecisos lindes del cronista, del crítico y, desde luego, de un narrador de cuyo mestizaje destaca la impronta irónica. Bien sabe Aira, que, a diferencia del cinismo, la ironía funda su regla de oro en la ingesta de la misma pócima ofrecida. Si de todo se ríe, es porque antes no se ha privado de reírse de sí mismo. He allí, en todo caso, la cabal desnudez de su ética.

(c) LA GACETA

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