"El extranjero" se estructuró por un acto de fe

La célebre novela de 1942.

21 Julio 2002
La reedición por la Editorial Emecé de la célebre novela de Albert Camus -quien cuenta en Amiens, Francia, desde hace veinte años con una asociación propia, la Société des Etudes Camusiennes- confirma su permanente vigencia.Entre la valiosa narrativa del autor fue dicha obra la que lo posicionó dentro de la gran literatura, cuando se publicó por primera vez en 1942. Alcanzó la fama y el reconocimiento de una sociedad ávida de modelos, potenciada por la época de la Segunda Guerra Mundial, con Francia ocupada y un natural deseo de libertad.
Por tratarse de la obra más divulgada de un premio Nobel de Literatura, el análisis literario de la novela debe dejar lugar, en cambio, a la consideración de otros aspectos de la misma y del autor. Así, la toma de conciencia de la condición humana, un lúcido desafío a la realidad y el absurdo que asume el papel de una conciencia liberadora, son los tres pivotes alrededor de los cuales Camus construyó su obra. En realidad, en ningún momento se advierte la intención del autor de escribir una novela, de estructurar su trama; ella surge espontáneamente casi como un acto de fe. Se podría escribir de su argumento: "Un hombre llamado Meursault, por una serie de equívocos, es condenado absurdamente a muerte, acusado de un absurdo asesinato". Sin embargo, con este sencillo aunque igualmente original argumento, Camus provoca sorpresa, mantiene el suspenso, y el vilo que su indeseado fin hace temer. Pero por sobre todas las cosas, despierta las conciencias aletargadas, induce a la reflexión. Intenta producir un cambio dentro de su generación, consciente de que esta epokhé (del griego, interrupción) dará vida a una nueva "época". Es que Meursault lava con su injusta suerte y sus pesares a sus congéneres, expía sus culpas. Y Camus, que describe los instantes captándolos magistralmente (basta recordar Bodas), narra su existencia experimentada en una contraluz alucinante y sin embargo sobria y puntual. Su mortalidad, tan aparentemente cínica y tan desprejuiciadamente animada de una sinceridad sin exhibiciones, llega así al punto máximo de la catarsis. En la última página de la novela, casi como en una descarga aliviadora, las consideraciones finales de Meursault después de haber salido el capellán de la cárcel de su celda de condenado a muerte, tiene la capacidad de condensar alrededor de "la dulce indiferencia del mundo" a la que se hace mención, toda la urgencia de sentimientos y actitudes morales y éticas: Una forma de cirugía estética reparadora de la actitud de un mundo para el cual el protagonista es siempre "extranjero". Dice Meursault: "Por primera vez en mucho tiempo he pensado en mamá. Me ha parecido comprender por qué al fin de una vida, se había puesto de novia. Por qué había jugado a recomenzar. Allí abajo, aún allí abajo en torno de aquel hospicio donde unas vidas se estaban extinguiendo, la noche era como una tregua melancólica. Así, vecina de la muerte, mamá debió sentirse liberada y pronta a revivir todo", y luego dice: "Ante aquella noche cargada de signos y de estrellas, me abría por primera vez a la dulce indiferencia del mundo. Al encontrarlo tan parecido a mí, finalmente tan fraterno, sentí que había sido feliz y que lo era todavía. Para que todo sea consumado, para que yo esté menos solo, me queda augurarme que haya muchos espectadores el día de mi ejecución y que me reciban con gritos de odio".

(c) LA GACETA

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