21 Julio 2002 Seguir en 

No es tarea menuda la de indagar acerca de la identidad nacional; mucho menos aun durante un proceso tan profundo como el que la está poniendo a prueba. Eso es precisamente lo que se propone Jorge Lanata desde hace cinco años, según afirma en un prólogo donde los sujetos de la historia aprendida en la escuela son "hombres de bronce que miraban a lo lejos", y el futuro prometido, una utopía consecuente que poco o nada tiene que ver con el presente. A partir de ese descubrimiento intelectual que tantos padecen pero que muy pocos tratan de probar con objetividad, la investigación asume un tono pasional ante cada evidencia acumulada a lo largo de un extraordinario viaje bibliográfico, donde aquellos seres escolares son desacralizados una y otra vez, hasta configurar la historia negra. "Argentina: ¿Bunge sabe qué carajo es la Patria", se explaya en su justificación el autor, al definir como "un sueño pendiente" la misión que acomete con el empeño, afirma, de no defraudar a sus lectores.
Cronológicamente, la investigación se hilvana a partir de la primera fundación de Buenos Aires, configurando un paisaje de latrocinios y derroches donde el juego del truco, por ejemplo, es mostrado como testimonio cabal de la viveza y capacidad de engañar de los argentinos. Lo mismo el mito de los próceres que, como Mariano Moreno o José de San Martín, tienen más para ocultar que para "broncear" y en el que apenas se salva en el debe y el haber Manuel Belgrano, pero de ninguna manera Bernardino Rivadavia (invariablemente mentado González Rivadavia), cuyo tiempo se asocia con una dudosa moralidad de los compromisos que afecta a la comunidad de los negocios. Los asesinatos de Virasoro, Peñaloza y Urquiza agregan en la investigación otros testimonios descalificadores de una identidad que se va conformando unilateralmente para demostrar no tanto el sentido perverso de la herencia, cuanto el dolor que provoca despojar a la historia del tiempo requerido para la decantación de sus circunstancias; es decir, de su contextualización.
Precisamente porque se trata de un ensayo caliente, se advierte en él y en ciertas ocasiones que la severa crítica a la historia escolar es más dolorosa que científica, a pesar de ciertos rasgos de cinismo o de compromiso ideológico con un presente político y social que impide al autor desentrañar las raíces genuinas de la identidad nacional que investiga; es decir, observar en perspectiva las referencias de su indagación. La realidad geopolítica del país que nos duele es tal vez el factor más desatendido en este caso por el novel historiador. Distante de las grandes metrópolis hasta la era de las comunicaciones y sin el tiempo histórico que demanda la madurez nacional, el costo de esas circunstancias no es ni mayor ni menor que el de otras naciones contemporáneas. También deja de advertirse en la investigación la influyente gravitación con que, a partir de la revolución industrial inglesa, esa cultura política globalizadora asume un virtual monopolio internacional al que la Argentina acude para atender sus problemas de desarrollo.
Los "hombres de bronce" -ciertamente que lo parecen en esa historia algo infantil de la escuela- se han formado fundamentalmente en aquella cultura progresista, y la Conquista del Desierto está lejos de ser el ejemplo maldito que perturba la identidad nacional. Lo mismo la burguesía aristocratizante de la ex colonia que, como cualquiera otra en igualdad de condicionamientos -de almaceneros o capataces a estancieros millonarios- apenas halla raíces en las aristocracias metropolitanas. El arte de hacer de las dos caras de las historias jóvenes una sola moneda es muy difícil de ejecutar, como puede advertirse en esta laboriosa y singular investigación desde Pedro de Mendoza al Centenario y de la que Lanata anuncia un segundo volumen hasta el presente.
(c) LA GACETA
Cronológicamente, la investigación se hilvana a partir de la primera fundación de Buenos Aires, configurando un paisaje de latrocinios y derroches donde el juego del truco, por ejemplo, es mostrado como testimonio cabal de la viveza y capacidad de engañar de los argentinos. Lo mismo el mito de los próceres que, como Mariano Moreno o José de San Martín, tienen más para ocultar que para "broncear" y en el que apenas se salva en el debe y el haber Manuel Belgrano, pero de ninguna manera Bernardino Rivadavia (invariablemente mentado González Rivadavia), cuyo tiempo se asocia con una dudosa moralidad de los compromisos que afecta a la comunidad de los negocios. Los asesinatos de Virasoro, Peñaloza y Urquiza agregan en la investigación otros testimonios descalificadores de una identidad que se va conformando unilateralmente para demostrar no tanto el sentido perverso de la herencia, cuanto el dolor que provoca despojar a la historia del tiempo requerido para la decantación de sus circunstancias; es decir, de su contextualización.
Precisamente porque se trata de un ensayo caliente, se advierte en él y en ciertas ocasiones que la severa crítica a la historia escolar es más dolorosa que científica, a pesar de ciertos rasgos de cinismo o de compromiso ideológico con un presente político y social que impide al autor desentrañar las raíces genuinas de la identidad nacional que investiga; es decir, observar en perspectiva las referencias de su indagación. La realidad geopolítica del país que nos duele es tal vez el factor más desatendido en este caso por el novel historiador. Distante de las grandes metrópolis hasta la era de las comunicaciones y sin el tiempo histórico que demanda la madurez nacional, el costo de esas circunstancias no es ni mayor ni menor que el de otras naciones contemporáneas. También deja de advertirse en la investigación la influyente gravitación con que, a partir de la revolución industrial inglesa, esa cultura política globalizadora asume un virtual monopolio internacional al que la Argentina acude para atender sus problemas de desarrollo.
Los "hombres de bronce" -ciertamente que lo parecen en esa historia algo infantil de la escuela- se han formado fundamentalmente en aquella cultura progresista, y la Conquista del Desierto está lejos de ser el ejemplo maldito que perturba la identidad nacional. Lo mismo la burguesía aristocratizante de la ex colonia que, como cualquiera otra en igualdad de condicionamientos -de almaceneros o capataces a estancieros millonarios- apenas halla raíces en las aristocracias metropolitanas. El arte de hacer de las dos caras de las historias jóvenes una sola moneda es muy difícil de ejecutar, como puede advertirse en esta laboriosa y singular investigación desde Pedro de Mendoza al Centenario y de la que Lanata anuncia un segundo volumen hasta el presente.
(c) LA GACETA
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