Al borde del tiempo

¿QUE HABRA QUERIDO DECIR GOYA, EXACTAMENTE, CON LA FRASE QUE ESTAMPO EN SU "CAPRICHO" NUMERO 43?

21 Julio 2002
Chejoviana. Cerca de donde vivo, en Buenos Aires, otro local de comercio ha cerrado sus puertas. Uno más, en una ciudad que hoy prodiga, en todos sus barrios, inclusive el norte, la Recoleta, menos propensos, en apariencia, a dejarse apabullar por la crisis, los letreros de venta, de alquiler y los que recurren al eufemismo: "cerrado por reformas". O los que, entrando ya en el invierno, proclaman "cierre por vacaciones" desde el verano pasado. Pero este local del que hablo, donde funcionaba la sucursal de una conocida cadena porteña de panaderías-cafés-bares-confiterías (como en las artes, también en la gastronomía se confunden hoy las fronteras entre los géneros), ha dejado dentro las mesas, las sillas, los mostradores, las vitrinas vacías. A la vista del transeúnte, porque tampoco se ha recurrido al pudoroso ocultamiento de la decadencia, como los que bajan las cortinas, o tapan las vidrieras con hojas de diarios. Aquí no: están las mesitas y las sillas puestas como para recibir en cualquier momento a improbables clientes, y las plantas de interior, abandonadas -suprema crueldad de los que se fueron- agonizan lastimosamente sin que sea posible auxiliarlas. Una de estas plantas (ignoro su nombre, soy un lego en jardinería y afines), cada día más amarilla y encorvada pero manteniendo su dignidad, deja caer sus hojas marchitas sobre una mesa y dos sillas, en un ángulo del salón, junto a una vidriera. Paso por allí a menudo, varias veces en la jornada, y no me resisto a imaginar una escenografía perfecta para Chéjov. Un Chéjov agonizante ya, pero vestido de blanco, con sombrero de paja (porque le aconsejaron trasladarse a Crimea, al clima benévolo, casi mediterráneo, del Mar Negro), sentado a esa mesa con su mujer, Olga Knipper, y su médico (él también lo era y estaba perfectamente al tanto de la gravedad de su mal y de su muerte inminente). Y es allí, mientras sobre ellos caen pausadamente las hojas secas de un otoño imprevisto (e imperdonable), donde el agonizante Antón encarga, a un camarero espectral, las tres copas de champagne para despedirse, con elegancia y una sonrisa apenas melancólica, de la vida.

Goyesca. Una y otra vez vuelvo a preguntarme: ¿qué quiso decir Goya, exactamente, cuando a modo de título estampó en su Capricho número 43 la frase "El sueño de la razón produce monstruos"? Dibujó a un hombre que se ha dormido, sentado a su mesa de trabajo. Un escritor, tal vez, porque los brazos cruzados, que le sostienen la cabeza encrespada, dejan entrever instrumentos de escritura y unos folios, en uno de los cuales el durmiente trazó un renglón, ilegible. Detrás de él, en la penumbra, se agitan -monstruosos, a medias humanos-, lechuzas y murciélagos, como brotados de la noche. El murciélago que vuela más alto amaga precipitarse sobre el personaje. Sobre el hombro derecho de este, un lechuzón con ojos desorbitados parece dispuesto a darle un picotazo; más atrás, otro, con cara de viejo desdentado, aferra en sus garras un lápiz, o una lapicera. También hay dos gatos (infaltables en Goya): uno, negro (pero de noche todos los gatos son pardos), se asoma por detrás de la espalda arqueada del durmiente y mira con fijeza a quien observa la estampa. El otro, sentado en el suelo, levanta la cabeza porque la lechuza que lo sobrevuela, vieja chismosa, le advierte algo que al gato no le gusta nada. Y bien -al margen de la magníficamente evocada atmósfera de infierno, donde Goya se saluda con Hieronymus Bosch-, ¿qué significa todo esto? Mi desconcierto es, quizá, puramente semántico. Cuando la razón duerme (y los argentinos, en especial, podemos dar fe de ello), se sueltan los fantasmas más agoreros, se generan las más locas fantasías; y, lo que es peor, se concretan. Pero también podría interpretarse que es la Razón misma la que engendra los monstruos, al soñar un sueño de improbable perfección lógica en el curso de las relaciones humanas -entre los individuos, entre estos y el Estado-, cuya manifestación más concreta, aplastante e insoportable sería la Burocracia, monstruo capaz de desalentar y hasta devorar al más pintado caballero matador de dragones.

Inocencias. En "Escritos inocentes", acerca de Buenos Aires, mi admirada Griselda Gambaro escribe (fechado en 1981): "Esta ciudad no sabe cobijar a sus inocentes. Dice: nadie es inocente". Y Élie Faure, en la introducción a la primera edición, en 1921, de "El arte moderno I", parte de su monumental "Historia del arte": "La inocencia es inmortal en aquel que siempre busca". En las novelas rusas del siglo XIX, el inocente es el tonto, el simple de la aldea. También es el vidente, el que, con su lengua tartajosa, prevé y anuncia las catástrofes, que puntualmente ocurren. Casandra, inocente, desde los muros de Troya avizora el terrible futuro y por eso el Estado la condena a morir, culpable de perturbar a sus compatriotas. Pero sin un margen de inocencia, es imposible convivir en sociedad; no hay comunidad que pueda basarse sobre la desconfianza mutua, el recelo de todos contra todos. ¿Cómo conciliar la certeza de que vivimos rodeados de lobos dispuestos a devorarnos al menor descuido, y la necesidad de dispensar, sin embargo, una cuota de confianza y buena voluntad a favor de mi vecino, a fin de colaborar en el bien común? Lo que tal vez se resuma en esta otra pregunta: ¿deseamos los argentinos el bien común, o tan sólo el propio?

(c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios