
Más allá de sus ingeniosas paradojas y de su conversación cautivante; de sus epigramas memorables; de su provocativa elegancia; de su fama como novelista -bastó el "Dorian Gray" para cimentarla-, o como autor teatral que llenaba todas las noches las tres salas más importantes de Londres -y todo, justo en el momento de su ominoso encarcelamiento-; más allá del escándalo de su proceso que sacudió a la hipócrita sociedad victoriana; más allá de las cotidianas torturas que padeció durante su condena a dos años de trabajos forzados de crueldad no imaginable; más allá de todo ese horror se asoma un misterio: el de la Divina Providencia que condujo a Oscar Wilde, a través del camino del dolor, a encontrar a Cristo.
Los años 1893 y 1894 son los de su apogeo. La soberbia, que conlleva la semilla de la locura, lo persuade de que era invulnerable. Sin embargo, le había llegado la hora de sufrir en carne propia la verdad que había enunciado el jesuita Gracián: "no aguardar a ser el sol que se pone", y así le fue.
Sus amores con Lord Douglas, hijo del siniestro Marqués de Queensberry, que eran comentados en todo Londres, desatan el odio de aquel contra Wilde. En los albores de 1895, le deja al portero del aristocrático Albermale Club una tarjeta de visita injuriosa para Wilde.
Wilde, contra el unánime consejo de sus amigos, llevado por su vanidad, le promueve al Marqués una querella por difamación, que era precisamente lo que el Marqués deseaba. Por supuesto, es vencido.
El Marqués de Queensberry es absuelto y sale de la sala de audiencias, aclamado. Oscar Wilde, arruinado y con una condena infamante a dos años de trabajos forzados. Lo espera una experiencia horripilante -no hay otra palabra- de una cárcel inglesa de esa época. Allí no le faltaron ni los golpes de puño ni los plantones, descalzo y muerto de frío, con la prohibición de escribir y la veda de libros.
Sólo al final, cuando fue trasladado a la cárcel de Reading pudo acceder a una Biblia escrita en griego, que fue partícipe de su transformación espiritual. Mudanza que está viva en su inmarchitable carta "De Profundis", escrita en esa cárcel y que es su testamento espiritual.
Wilde necesitó de esas muertes sufridas cada día en la prisión para que ellas le iluminaran el camino de la Vida Eterna.
El "De Profundis" es un grito ¡y qué grito! de mea culpa. Wilde, como Dante, encuentra en la sordidez de la cárcel la liberación de su alma. Los dos "han visto" lo que debían ver.
La clave de una vida está en su final. ¡Cuánta razón tenía San Agustín cuando decía que en cada vida hay dos líneas superpuestas: la superficial y la profunda!Oscar Wilde fue un hombre que supo acatar el, a veces, dramático zamarreo de la gracia. ¡Cuántas vidas vivió él en una sola!Pero, ¿es que acaso el yo de cada uno de nosotros no es la máscara de las muchas vidas que hemos vivido?
Por eso diría Cervantes con el antifaz de don Quijote: Donde hay vida, hay esperanza.En el "De Profundis", Oscar Wilde vuelca el sentimiento más noble al que se puede aspirar: el de la humildad, que lleva consigo el del arrepentimiento.
No existe verdad comparable al dolor nos dice en su carta. El dolor, agrega, es la más sensible de todas las cosas creadas.
Oscar Wilde, que era un hombre débil, encuentra en el dolor las raíces de una fortaleza desconocida para él.
A través del dolor aprende, como nos enseñaba Tomás de Kempis, que el precio de la amistad con Cristo es beber su cáliz.En libertad, vuelve a Londres, pero la persecución del Marqués de Queensberry continúa.
Se refugia en Francia con otro nombre. Está en la miseria, enfermo, sin amigos y execrado por la hipócrita moral victoriana.En París va a vivir a un albergue de décima categoría, "L?Hôtel Alsace", transformado hoy en un hotel de cuatro estrellas, "L?Hôtel Guy-Louis Duboucheron", en el corazón de Saint Germain.
Murió allí el 30 de diciembre de 1900 en la religión católica. Se confesó y recibió la Extremaunción.
Pero ya había aprendido: Que el dolor redime; que la soledad cura; que la fe agranda; que la esperanza sostiene; que el olvido mitiga; que el perdón fortalece y que todo está en El. (c) LA GACETA







