14 Julio 2002 Seguir en 

El autor sostiene que una conspiración histórica múltiple viene privando a la humanidad de los beneficios de la teoría política de Aristóteles. Primero fue el auge del perverso mecanicismo de Demócrito asociado al epicureísmo (quienes practicaron la mala costumbre de buscar la paz interior despreciando honores y otras banalidades de este mundo), lo cual "afirmó los aspectos más repulsivos de sus tiranías ejercidas sobre su propia gente y sobre los pueblos que consiguieron subyugar" (p. 37). Y como si ello fuera poco, a esa conjunción de "naturalismo, monismo materialista cerrado, atomismo y mecanicismo" vino a sumarse la academia platónica, que apoyó el avance del militarismo macedónico, continuado por el imperialismo romano.
Pero las desventuras de Aristóteles no acabaron en su tiempo: lo esperaba la artera zancadilla del Renacimiento y de la modernidad: Descartes, Kant, Hobbes, Locke, Stuart Mill, Comte, el neopositivismo (y la lista es interminable) perpetraron la visión del universo como un cosmos mecánico, sometido a leyes conocibles, ajeno por completo al sentido de la phisis aristotélica. Toda esa "nueva filosofía naturalista que absorbe reduccionísticamente a lo humano dentro de su encuadre atomista, mecanicista y utilitarista, es el fundamento intelectual del liberalismo político y económico" (p. 43).
Como se notará, el autor tiene una alta estima de la tarea filosófica: la imagina promoviendo la dirección de la historia humana (Por ej.: "Descartes encabeza e impone una manera opuesta de ?ver al mundo?", p. 40).
Como Aristóteles, el autor sostiene que hay una naturaleza humana cuyos principios son "incambiables, obligatorios para todos y reconocidos por todos lados" (p. 226). Ir contra ellos es lo que hicieron los totalitarismos modernos y fracasaron "cuando pretendieron eliminar o suplantar a la religión, del corazón de las personas" (p. 225). Así, tanto la antigua historia greco romana como la moderna desvirtuaron la pureza del sabio Aristóteles al tratar "de suplantar lo natural por construcciones racionales o por contratos sociales" (p. 226).
Ante esa traición de la humanidad contra el gran griego, y en gesto sobrio (la solapa informa que Miguens es abogado), el autor exclama: "¡Convoco a Aristóteles a defenderse!" (p. 45).
¿Y cuál es este evangelio aristotélico fundamental, olvidado y astutamente distorsionado por el maquiavelismo de casi todo el pensamiento filosófico?: que la polis está "para la satisfacción de un impulso inmanente en la naturaleza humana hacia la perfección moral, un impulso inmanente que conduce a los hombres hacia arriba" (p. 223); y ello se obtendría en "un régimen y modo de vida democrático, tal como entendemos hoy el concepto en un sentido amplio" (p. 127), ajeno por igual a la monarquía y a la aristocracia "como modos de atribución de la soberanía" (p. 127); un sistema, en suma, que evita la exclusión de los ciudadanos, ya que "cuanto mayor es el número de excluidos peor es" (p. 113). (Un detalle menor, claro está, es que esta defensa de Aristóteles debe omitir lo que el gran griego pensó acerca de la esclavitud -eliminada tardíamente por la modernidad entrado el siglo XIX-: "es evidente que por naturaleza algunos son libres y otros esclavos, para los cuales también produce beneficios y es justo servir". En su Política, además, defendió Aristóteles sabiamente otro supuesto arteramente desdeñado por la modernidad: "Una ciudad perfecta jamás dará ciudadanía a un artesano". O "Los ciudadanos no deben vivir una vida de artesano o de mercader, pues semejante vida es innoble y contraria a la virtud.
Tampoco deberán ser agricultores los futuros ciudadanos, pues para la formación de la virtud y para la actividad política, es necesario el ocio". Como se notará, la democracia aristotélica in-cluye exclusiones insignificantes).
Por desgracia, citar profusamente autores y enarbolar términos en griego no ayudan al fundamentalismo del autor. Porque citas y palabras no son argumentos. Y en filosofía sólo cuentan los argumentos. Sin embargo, el volumen (de casi 500 páginas) contiene, además de una saludable oposición a los totalitarismos, otros análisis interesantes (como por ejemplo esta interpretación del nazismo y el comunismo: "La caída del Muro de Berlín en 1989, exactamente doscientos años después de la caída de la Bastilla en la Revolución Francesa de 1789, clausura el ciclo del romanticismo político europeo que se abrió con esta" (p. 477). (c) LA GACETA.
Pero las desventuras de Aristóteles no acabaron en su tiempo: lo esperaba la artera zancadilla del Renacimiento y de la modernidad: Descartes, Kant, Hobbes, Locke, Stuart Mill, Comte, el neopositivismo (y la lista es interminable) perpetraron la visión del universo como un cosmos mecánico, sometido a leyes conocibles, ajeno por completo al sentido de la phisis aristotélica. Toda esa "nueva filosofía naturalista que absorbe reduccionísticamente a lo humano dentro de su encuadre atomista, mecanicista y utilitarista, es el fundamento intelectual del liberalismo político y económico" (p. 43).
Como se notará, el autor tiene una alta estima de la tarea filosófica: la imagina promoviendo la dirección de la historia humana (Por ej.: "Descartes encabeza e impone una manera opuesta de ?ver al mundo?", p. 40).
Como Aristóteles, el autor sostiene que hay una naturaleza humana cuyos principios son "incambiables, obligatorios para todos y reconocidos por todos lados" (p. 226). Ir contra ellos es lo que hicieron los totalitarismos modernos y fracasaron "cuando pretendieron eliminar o suplantar a la religión, del corazón de las personas" (p. 225). Así, tanto la antigua historia greco romana como la moderna desvirtuaron la pureza del sabio Aristóteles al tratar "de suplantar lo natural por construcciones racionales o por contratos sociales" (p. 226).
Ante esa traición de la humanidad contra el gran griego, y en gesto sobrio (la solapa informa que Miguens es abogado), el autor exclama: "¡Convoco a Aristóteles a defenderse!" (p. 45).
¿Y cuál es este evangelio aristotélico fundamental, olvidado y astutamente distorsionado por el maquiavelismo de casi todo el pensamiento filosófico?: que la polis está "para la satisfacción de un impulso inmanente en la naturaleza humana hacia la perfección moral, un impulso inmanente que conduce a los hombres hacia arriba" (p. 223); y ello se obtendría en "un régimen y modo de vida democrático, tal como entendemos hoy el concepto en un sentido amplio" (p. 127), ajeno por igual a la monarquía y a la aristocracia "como modos de atribución de la soberanía" (p. 127); un sistema, en suma, que evita la exclusión de los ciudadanos, ya que "cuanto mayor es el número de excluidos peor es" (p. 113). (Un detalle menor, claro está, es que esta defensa de Aristóteles debe omitir lo que el gran griego pensó acerca de la esclavitud -eliminada tardíamente por la modernidad entrado el siglo XIX-: "es evidente que por naturaleza algunos son libres y otros esclavos, para los cuales también produce beneficios y es justo servir". En su Política, además, defendió Aristóteles sabiamente otro supuesto arteramente desdeñado por la modernidad: "Una ciudad perfecta jamás dará ciudadanía a un artesano". O "Los ciudadanos no deben vivir una vida de artesano o de mercader, pues semejante vida es innoble y contraria a la virtud.
Tampoco deberán ser agricultores los futuros ciudadanos, pues para la formación de la virtud y para la actividad política, es necesario el ocio". Como se notará, la democracia aristotélica in-cluye exclusiones insignificantes).
Por desgracia, citar profusamente autores y enarbolar términos en griego no ayudan al fundamentalismo del autor. Porque citas y palabras no son argumentos. Y en filosofía sólo cuentan los argumentos. Sin embargo, el volumen (de casi 500 páginas) contiene, además de una saludable oposición a los totalitarismos, otros análisis interesantes (como por ejemplo esta interpretación del nazismo y el comunismo: "La caída del Muro de Berlín en 1989, exactamente doscientos años después de la caída de la Bastilla en la Revolución Francesa de 1789, clausura el ciclo del romanticismo político europeo que se abrió con esta" (p. 477). (c) LA GACETA.
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