Esmerado "thriller" político cuyo logro presenta las virtudes claves del género

Por Gustavo Bernstein

14 Julio 2002
Pongamos un país imaginario de nombre Trinidad. Pongamos también que acaba de salir de una feroz dictadura militar y que su incipiente y frágil democracia condenó formalmente al régimen anterior para relegar a la cofradía de ex jerarcas castrenses a un sereno ostracismo. No importa a esta altura que los líderes preeminentes de aquella autocracia haya sido una tetrarquía de alucinados o que el grupo, clan, pandilla oficial que comandaban gustara autoidentificarse como los Pretorianos. Son, claro está, pequeñas licencias ficcionales. Porque no es preciso ser muy avezado en menesteres literarios para discernir a esta altura que nos encontramos ante una alegoría.
Ocurre, no obstante, un quiebre con la previsible realidad: los Pretorianos más egregios se tornan víctimas de una serie de homicidios enigmáticos. Uno es desangrado en su totalidad, otro intoxicado con sus propias vísceras, por citar apenas dos ejemplos. Y ante el terremoto político que comienza a suscitar la aparición de estos cadáveres, los sensatos funcionarios de turno recurren para su resolución a la pericia de un detective. El elegido resulta ser un tal Van Upp, un policía que, al haber sido retirado de la fuerza en plena dictadura, se supone no contaminado por sus crímenes ni implicado en su corruptela. Pero con un aditamento: el hombre ha pasado ese tiempo internado en un manicomio.
Claro que el funambulesco detective posee otras singularidades. Hijo natural de Virginia Van Upp (una norteamericana vinculada en su lozanía a la industria cinematográfica hollywoodense) y de padre ignoto, sería luego adoptado y educado por una suerte de cura aventurero hasta que el muchacho decide integrarse a las fuerzas de seguridad. Acaso su condición de bastardo y la vocación de su tutor podrían explicar tanto la voraz afición del personaje por Shakespeare como sus conocimientos bíblicos, que van a ser claves en la novela en tanto las pistas que el asesino serial va dejando en cada crimen aludirán con un fuerte carácter místico al libro sagrado de Occidente.
Dilucidar el origen de tamañas fechorías promueve en Van Upp dos desafíos primordiales. Por un lado, probarse a sí mismo y a los otros que aún es aquel glorioso detective de antaño. Por el otro, sortear un dilema moral, puesto que proteger a los generales que aún sobreviven implica para él salvarlos de la violencia que ellos mismos dispensaron en su tiempo.
Esta es la materia argumental del esmerado thriller político que Figueras ha procurado construir. Su concreción, vale decir, presenta no pocas virtudes. En especial, dos insoslayables a la hora de abordar el género negro: la efectiva dosificación de las intrigas y la destreza técnica para mantener la tensión narrativa. Ambas cosas son atributos de esta novela, aunque la construcción psicológica de los personajes parece por momentos naufragar en ciertas contradicciones.
Pero quizás el rasgo más distintivo del texto de Figueras surja de la propia biografía del autor, quien, además de ejercer el periodismo como crítico cinematográfico, fue coguionista de Plata Quemada, el taquillero filme de Marcelo Piñeyro (basado en la novela de Ricardo Piglia), y de Kamchatka, última producción del mismo director. De ahí entonces la preeminencia visual de la narración y su recurrente fruición hacia las citas cinéfilas.
Si al lector no le perturban esos tics ni la explícita alegoría mencionada en el comienzo, tendrá entre sus manos el trabajo de un profesional que conoce bien el género y maneja con eficacia sus instrumentos narrativos. (c) LA GACETA

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