14 Julio 2002 Seguir en 

Nacido en Salford hace 59 años, y educado en el Trinity College de Cambridge, Terry Eagleton fue discípulo de Raymond Williams -proveniente, como él, de una familia rural de origen céltico-, alcanzó la tesis doctoral a los 21 años y comenzó a enseñar en Oxford.
Su Introducción a la Teoría Literaria le dio carta de ciudadanía en el mundo académico. Paidós publicó varias de sus obras, entre ellas Las Ilusiones del Posmodernismo. El libro que ahora nos llega aborda los significados de cultura, su inserción en la vida humana, por ende la producción y la transformación de los bienes culturales. Y es en el fondo una exégesis de la obra de su maestro.
La idea de la cultura entra, en rigor, en el ámbito de la Filosofía de la Cultura, pero el autor debe de haber desechado esta expresión, pues incursiona en el plano sociológico... y no siempre consigue evitar el sociologismo.
Cultura, dice Eagleton, es uno de los dos o tres vocablos más complicados de la lengua inglesa, si bien el sentido de "opuesto a la naturaleza" parece llevarse la palma. En la época moderna, añade, la cultura, en tanto espacio ora sagrado, ora profano, a veces objeto de veneración y otras veces de desprecio, ha reinado en la cúspide de la vida humana pero también sabe lo que es habitar en los márgenes.
"Culture is ordinary", había escrito en sus primeros trabajos Williams, padre del materialismo cultural, que es esencialmente un proyecto político de base marxista. Y puesto que "the ordinary men" nombra en inglés al ser humano común y corriente, el significado del aserto de Williams sería "La cultura es la vida diaria" o "La cultura es lo común".
Eagleton rescata también otra definición de Williams, según la cual, cultura es el significante a través del cual un orden social se comunica, se reproduce, se experimenta y se investiga.
Suele leerse y escucharse que la cultura está en crisis. Tesis peligrosa, dice Eagleton, porque ¿alguna vez no lo ha estado? Cultura y crisis "siempre van juntas, como Laurel y Hardy". Señala la relación entre cultura y poder, y pronostica un milenio de capitalismo autoritario y decadente, que renunciará a un orden consensuado para ocuparse sólo de la defensa de sus privilegios.
En cuanto a las "guerras culturales" piensa que la cultura de oposición ha fracasado en el siglo XX; son los casos de la vanguardia rusa, el movimiento de Weimar, la contracultura de los 60. El éxito o el fracaso de una cultura radicalizada residirá no en el culto posmoderno del cuerpo humano, que es escapismo, sino en un movimiento político amplio y profundo.
Pero la cultura, advierte el autor, terminó ocupando un altar inmerecido y es hora de volver a ponerla en su sitio. ¿Cuál es su sitio? La cultura común. ¿Y cuándo es común? Según Williams, anota Eagleton, cuando se construye en forma colectiva; en tanto, según Elliot, cuando la crean unos pocos privilegiados.
La célebre tesis del materialismo histórico dice: la base económica o infraestructura (término no usado por Marx) condiciona la vida social y espiritual o superestructura (término que sí usó). Ahora la fórmula de Eagleton y de Williams dice: La política es la condición, la cultura es su producto.
El estilo de Eagleton es accesible, con el humor y la mordacidad frecuentes en los escritores ingleses. El contenido es unilateral. En un libro sobre la noción de cultura no aparecen, por ejemplo, las ideas de Umberto Eco ni de Paul Ricoeur, este último insoslayable maestro de la hermenéutica, tarea esencial de todo crítico que se estime.
Por suerte, sigue admirando a Shakespeare. Pero cuando habla de una "cultura a lo OTAN" o despacha en dos líneas a José Ortega y Gasset, George Steiner y Max Horkheimer tildándolos de resabios de la "cultura del pesimismo", carece de seriedad. Su horizonte conceptual es de vuelo corto, consiste en tomar partido, en descartar los matices, en ser un crítico radical.
Tradujo Ramón del Castillo (edición inglesa, 2000). (c) LA GACETA
Su Introducción a la Teoría Literaria le dio carta de ciudadanía en el mundo académico. Paidós publicó varias de sus obras, entre ellas Las Ilusiones del Posmodernismo. El libro que ahora nos llega aborda los significados de cultura, su inserción en la vida humana, por ende la producción y la transformación de los bienes culturales. Y es en el fondo una exégesis de la obra de su maestro.
La idea de la cultura entra, en rigor, en el ámbito de la Filosofía de la Cultura, pero el autor debe de haber desechado esta expresión, pues incursiona en el plano sociológico... y no siempre consigue evitar el sociologismo.
Cultura, dice Eagleton, es uno de los dos o tres vocablos más complicados de la lengua inglesa, si bien el sentido de "opuesto a la naturaleza" parece llevarse la palma. En la época moderna, añade, la cultura, en tanto espacio ora sagrado, ora profano, a veces objeto de veneración y otras veces de desprecio, ha reinado en la cúspide de la vida humana pero también sabe lo que es habitar en los márgenes.
"Culture is ordinary", había escrito en sus primeros trabajos Williams, padre del materialismo cultural, que es esencialmente un proyecto político de base marxista. Y puesto que "the ordinary men" nombra en inglés al ser humano común y corriente, el significado del aserto de Williams sería "La cultura es la vida diaria" o "La cultura es lo común".
Eagleton rescata también otra definición de Williams, según la cual, cultura es el significante a través del cual un orden social se comunica, se reproduce, se experimenta y se investiga.
Suele leerse y escucharse que la cultura está en crisis. Tesis peligrosa, dice Eagleton, porque ¿alguna vez no lo ha estado? Cultura y crisis "siempre van juntas, como Laurel y Hardy". Señala la relación entre cultura y poder, y pronostica un milenio de capitalismo autoritario y decadente, que renunciará a un orden consensuado para ocuparse sólo de la defensa de sus privilegios.
En cuanto a las "guerras culturales" piensa que la cultura de oposición ha fracasado en el siglo XX; son los casos de la vanguardia rusa, el movimiento de Weimar, la contracultura de los 60. El éxito o el fracaso de una cultura radicalizada residirá no en el culto posmoderno del cuerpo humano, que es escapismo, sino en un movimiento político amplio y profundo.
Pero la cultura, advierte el autor, terminó ocupando un altar inmerecido y es hora de volver a ponerla en su sitio. ¿Cuál es su sitio? La cultura común. ¿Y cuándo es común? Según Williams, anota Eagleton, cuando se construye en forma colectiva; en tanto, según Elliot, cuando la crean unos pocos privilegiados.
La célebre tesis del materialismo histórico dice: la base económica o infraestructura (término no usado por Marx) condiciona la vida social y espiritual o superestructura (término que sí usó). Ahora la fórmula de Eagleton y de Williams dice: La política es la condición, la cultura es su producto.
El estilo de Eagleton es accesible, con el humor y la mordacidad frecuentes en los escritores ingleses. El contenido es unilateral. En un libro sobre la noción de cultura no aparecen, por ejemplo, las ideas de Umberto Eco ni de Paul Ricoeur, este último insoslayable maestro de la hermenéutica, tarea esencial de todo crítico que se estime.
Por suerte, sigue admirando a Shakespeare. Pero cuando habla de una "cultura a lo OTAN" o despacha en dos líneas a José Ortega y Gasset, George Steiner y Max Horkheimer tildándolos de resabios de la "cultura del pesimismo", carece de seriedad. Su horizonte conceptual es de vuelo corto, consiste en tomar partido, en descartar los matices, en ser un crítico radical.
Tradujo Ramón del Castillo (edición inglesa, 2000). (c) LA GACETA
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