Los intelectuales y el fútbol

Para LA GACETA -BUENOS AIRES.

07 Julio 2002
Establecer el grado de interés que el fútbol ha sabido despertar en los intelectuales es una tarea fatigosa y, probablemente, condenada al fracaso. De hecho, bibliógrafos y compiladores no se ponen de acuerdo. Para unos, es evidente que los ha unido menos el amor que el espanto. Otros, en cambio, sostienen que apenas se trata de un problema de enfoque, que es tan impreciso hablar de adhesiones inquebrantables como de desprecio.
Admitida la violencia de toda generalización, es dable observar que la propia existencia de la polémica ya define un cierto territorio. O quizás sea cuestión de votos calificados.
Veamos, si no, el caso de la Argentina. Pareciera que la pasión boxística de Julio Cortázar, autor de Torito, doliente monólogo de Justo Suárez en sus horas de agonía, así como de una formidable crónica de la pelea Carlos Monzón-Mantequilla Nápoles, entroncó con el lapidario juicio que Borges le reservó al fútbol, "un juego frívolo", y de tal maridaje se hizo verdad de apuño que, con el mejor de los casos, la gente de letras prefiere un buen cross a una apilada seguida de un chanfle al segundo palo. Sin embargo, consta una profusión que trasciende, por mucho, los muy difundidos cuentos de la notable línea media que integran Juan Sasturain-Osvaldo Soriano-Roberto Fontanarrosa, que en esas lides es, como mínimo, el Maradona de Hispanoamérica.
Cátulo Castillo, por caso, compuso un bellísimo retrato de Arsenio Erico: "Tu plástica genial sigue presente / con tus ojos de luz y vida plenos / inmóvil en la ?foto? en que te ubico / burlando de impotencia a dos morenos". A Julián Centeya le corresponde el "Polirritmo dinámico en homenaje a Burgueño", un verdadero clásico de los modos del porteñaje. "¡Si lo saben los de Atlanta que te ven escolasar! Mi zabeca estaba oscura por la duda alucinante cuando Racing en el verde se empezaba a colocar".
Mujica Láinez, Héctor Negro, César Fernández Moreno, Baldomero Fernández Moreno, Enrique González Tuñón, Humberto Costantini, entre otros, también abrevaron en la poética futbolera, sin olvidar una verdadera joyita como Literatura de la Pelota, regalo póstumo de Roberto Jorge Santoro antes de ser desaparecido por la dictadura videliana.
Sin ir más lejos, por ahí anda De fútbol somos, vasto y notable trabajo de Rodolfo Braceli y, aunque por la negativa, destaca, asimismo, la contribución de Juan José Sebreli. Ya sea por velado resquemor o por grosero oportunismo, sus ensayos Fútbol y Masas y La Era del Fútbol tuvieron la virtud de proponer debate allí donde no había más que carnaval sensitivo. Una curiosa mezcla de Escuela de Francfort traída de los pelos y cinismo traído de los prejuicios hacen de Sebreli un detractor apetecible.
Mas no será el único. A decir de Manuel Vázquez Montalbán el fútbol no es más que la droga dura de las democracias. Y menos preocupado en recrear el sayo del opio de los pueblos, Umberto Eco sostiene que un partido es "un agrupamiento de hombres en pantalones cortos corriendo detrás de una pelota con movimientos insensatos". Según Eco, los espectadores merecen ser definidos como risibles cultores de una variante del onanismo.
En la vereda opuesta del acreditado semiólogo italiano, una extensa lista de notorios van desde la curiosidad a la simpatía y de la simpatía a la franca pasión. Ya en Rey Lear hay una referencia futbolera. Shakespeare, en boca de Kent: "¡Ni que te echen la zancadilla, mal jugador de fútbol!" François Rabelais, en Gargantúa, habla de quien "jugaba al balón y lo elevaba tan diestramente con las manos como con los pies". Toda una perla filosófica. ¿O la seducción del fútbol no reside precisamente allí, en su condición de arte contra natura, inaudito?Antonio Machado y León Felipe gestaron sendos poemas tributados al balompié, pero, sin dudas, dos de los más célebres pertenecen a Rafael Alberti y a Miguel Hernández. Oda a Platko es un texto de bien ganado cuño antológico. "Porque volviste el pulso a la pelea / en el arco contrario el viento abrió una brecha". A su vez, el autor de Romancero de ausencias aportó su Elegía al guardameta, dedicada a Lolo, "sampedro joven en la portería del cielo de Orihuela", cuyo acto último y supremo fue salvar su arco al precio de dar su cabeza contra un poste. "Como un sexo femenino, abrió la ligereza del golpe una granada de tristeza / Aplaudieron tu fin por tu jugada / Tu gorra, sin visera, de tu manida testa fue lanzada, como oreja tercera, al área que a tus pasos fue frontera / Te arrancaron, cogido por la punta, el cabello del guante, si inofensiva garra, ya difunta".En materia de prosa futbolera han dejado testimonio Camilo José Cela, Horacio Quiroga, Henry de Montherlat, Rubem Fonseca, Roa Bastos, Benedetti, Nabokov, Miguel Delibes, Manuel Vicent, Juan Villoro, Marcelo Cohen, Elvio Gandolfo, Liliana Heker, Eduardo Galeano y Mario Vargas Llosa, autocalificado mediocre back de la primaria que localiza al fútbol como un quehacer "de signo negativo", contiguo al arte, la religión, el erotismo y la literatura. Vargas Llosa entiende por negativo aquello a través de lo cual el hombre aplaca necesidades y aspiraciones.
Su compatriota Alfredo Bryce Echenique, en cambio, supo despacharse con una propuesta digna del Guinness: que no se televisaran partidos de ligas europeas porque tales emisiones conspiraban contra la estima de los peruanos.¿Y Gabriel García Márquez? El "Gabo" sólo exhibió interés público por el juego de la pelotita, en 1994, cuando Colombia se perfilaba como la revelación del Mundial de los Estados Unidos. "Podemos lograr el título", opinó, un par de días antes de una eliminación abrupta. Menos conocida es la entrevista que Marguerite Duras le hizo a Michel Platini en el periódico francés Libération, en 1988. La Duras encontraba en el fútbol "cierto estado angélico".
El austríaco Peter Handke, por su lado, escribió El miedo del arquero al tiro penal, alegórica nouvelle del sinsentido existencial, que Wim Wenders convirtió en largometraje. Hincha de Estudiantes de La Plata, Ernesto Sábato jugó algunos partidos en su juventud y, según confesó, llevó al terreno del pugilato sus diferencias con un seguidor de Gimnasia. Y entre quienes llevaron su devoción futbolera hasta las últimas consecuencias se cuentan el joven poeta y ensayista peruano Edgar O?Hara, Pier Paolo Pasolini y Albert Camus. O?Hara, ex delantero de la primera división del Defensor Lima, define a los jugadores como discípulos del mismísimo zen. Pasolini, que durante años defendió a capa y espada su picadito semanal, juraba que cada gol es una invención, una subversión del código, y que, por tanto, el goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año. A Camus, que sobresalió como arquero de la Universidad de Argel, le corresponde una célebre analogía. "Todo lo que sé de moral lo aprendí dentro del campo de juego".Pero el más insospechado fanático de fútbol es Martín Heidegger. Así como Hegel alternaba la gestación de Fenomenología del Espíritu con frecuentes visitas a los lupanares, Heidegger se abstraía de Ser y Tiempo en las tribunas del Hamburgo. Dice la leyenda que cierta vez se encontró con un alumno en el vagón de un tren. Mientras el joven lo consultaba acerca de una noción de hondura filosófica, un Heidegger eufórico le narraba, con lujo de detalles, el partido que acababa de presenciar.
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