Sobre una víctima del fanatismo religioso

Un calígrafo escribe y es escrito por conspiraciones del siglo XVIII.

07 Julio 2002
Al mojar la pluma de ganso negro en su tinta preferida, el calígrafo Dalessius abre un encadenamiento de hechos que terminan ellos mismos por gozar de autonomía propia. En la Francia del siglo XVIII, el paciente calígrafo escribe y es escrito por conspiraciones criminales entre fabricantes de autómatas, sectas religiosas, obispos y un verdugo humanizado que saluda con una mano-máquina para evitar el contagio de su ser.
El ritornello de un eterno imposible, como en otra novela de De Santis, "Desde el ojo del pez", entrama la búsqueda de la mujer de los sueños del joven calígrafo. Pero ahora el dispositivo literario se complejiza. Como en el verdadero historiógrafo Voltaire, el azar de un testamento con una firma de trazo vacilante o un capricho amoroso "cambian de pronto y por siglos los intereses de Europa".Todo es descifrado: el leve temblor de la mano al firmar una sentencia, un banco de madera herido con la navaja o mensajes secretos visibles bajo la luz de la luna. Porque todo es signo: hasta el pan de Tolouse toma la forma del cuerpo de un futuro ahorcado.
Tramitado entre 1762 y 1765, la novela recrea el verídico caso Calas, víctima del fanatismo religioso beneficiada con la defensa del célebre François-Marie Arouet (Voltaire, a partir de sus 24 años).
Se produce una autonomía vital desde el propio texto de los acontecimientos y, por ejemplo, al abandonar una ciudad, la melancolía se borra con las pisadas de los caballos que nos alejan del lugar. Una enorme ciudad-libro en donde el calígrafo Dalessius, aquel que ha convertido su propia vacilación en arabescos, pueda encontrar la inspiración para los futuros pasos de la misión de espionaje que le encarga Voltaire.
Las formas hablan y nos escriben: las máscaras, el detalle de la posdata -ahí es donde parece decirse lo más relevante de una carta- o la cursiva dominicana que se graba con angustia sobre el papel, como una laceración, como las cosas de la vida. Como el cuerpo de una mujer tatuada con la pluma del calígrafo.
Los hechos se intercambian en su valor gramatical con las palabras. Las palabras son actos. Se estructuran ellos mismos como una gramática que el oficio del calígrafo viene a representar, aunque a veces él se resistía a entender lo que deja grabado en el papel, y entonces "como si cada paso fuera un punto final a alguna frase inútil" las palabras, a su vez, comienzan a crear los hechos de la historia. Son como el cincel del escultor que construye estatuas como las de Hermes Trimegisto. Tan perfectas, que al final cobran vida.
Que cierta condensación de fragmentos perturbe alguna conexión argumental sólo confirma que la novela es el arte de los énfasis y las omisiones. Pero aquí son disimuladas porque la pluma también es un arma, tan eficaz como la que degolló a Silas Darel, otro enigmático personaje.
(c) LA GACETA

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