07 Julio 2002 Seguir en 

Santiago Kovadloff es un traidor. Y no me refiero al remanido adagio que puede espetársele por su notable traducción de Pessoa; me refiero a la ladina naturaleza de estos Ensayos de intimidad con los que autor nos gratifica y nos deslumbra esta vez. Porque al constituir este libro una suerte de quiebre con los más arraigados protocolos (o precisamente por eso) son dos los sujetos primordiales de esta traición.
En primera instancia, el hecho afecta a sus asiduos lectores, quienes suponemos, por su título, que en lo sucesivo abordaremos un libro de ensayos; puesto que si bien es cierto que los sucesivos textos asumen por momentos el tono conjetural, la riqueza de registros que conjugan terminan por exceder las limitaciones de un género. Es así como la tensión poética, la ensoñación evocativa o la inspirada trama narrativa van urdiendo, junto con la densidad reflexiva, una cadencia de matices que abjura de cualquier amenazante canon literario previo para acuñar un carácter propio, un estilo que surge de la propia interlocución que el lenguaje revela.
De ahí que el preludio "Sobre el ensayo como ejercicio de intimidad" (que tiene su antecedente en "El ensayo en el espejo", de La nueva ignorancia), pese a reivindicar las cualidades esenciales del ensayo, emancipándolo de la degeneración abusiva al que lo han sometido las monografías, tesis u otras retóricas instrumentales y homologándolo a un ritual de la intimidad, uno deambula por el libro con la sensación de que esos argumentos iniciales, con los cuales coincide felizmente, fueron en realidad una trampa fraguada por el autor, una pista falsa que busca diluir su delito posterior: trascender el genérico, desfigurar la matriz del ensayo para que este asuma la propia fisonomía. En suma: exorcizar sus límites para que la emanación del propio verbo reconfigure una expresión fundante.Sin reparos incluso, podría leerse este libro como el de un narrador; salvo que no un narrador de historias, acciones o personajes resueltos, conscientes de un objetivo, felices poseedores de una voluntad con la que se abren camino hacia un desenlace, sino un narrador de tiempos muertos que se ubica en los pliegues de la acción, en los repliegues de un protagonista homónimo abierto al desamparo, urgido fatalmente por el germen inefable de la metafísica.
No es otro el sello de estilo de los textos. Hablar de la prosa depurada del autor, de su tersura, de su melodía singular resultaría a esta altura redundante, y no es el logro reciente de este libro. Puede decirse, en todo caso, que como todo aquel que haya encontrado una voz literaria definida, de rasgos discernibles, que se destaque del bullicio general, Kovadloff corre el alto riesgo de transformarse en tópico imitable, tabla de salvación o eventual naufragio de aquellos a quienes la fortuna no les depare una orilla.
Pero hay eventualmente otro sujeto traicionado, y es el espectador del hombre público, de aquel Kovadloff que se ha tornado un representante egregio en los foros internacionales y un referente intelectual consultado recurrentemente por los medios en busca de respuestas para paliar la incertidumbre cívica que acarrea nuestra cultura. Porque el protagonista de estas páginas, con premeditación y alevosía, se desentiende de toda urgencia mediática o formalidad protocolar y nos invita a compartir con él sus devaneos más íntimos, aquellas obsesiones que secretamente lo desvelan, aquellas manías que lo constituyen, que insisten obcecadamente en él; nos invita, al fin, a sumergirnos en la profundidad de su silencio y a entablar un diálogo franco; a compartir sus vacilaciones, sus dilemas, su más recóndita perplejidad. Estamos ante el susurro de unas confesiones, ante los arrullos de unas plegarias ensimismadas, ante las meditaciones de un hombre que nos ofrenda su soledad.
No estamos ante el otro, ante el Kovadloff a quien le ocurren las cosas, aquel personaje público denunciado por Borges que se abre paso triunfal en la literalidad del mundo fagocitando los desvelos más inocentes de su anfitrión con los atributos de un actor. Ese puede ser quien rubrica el libro pero no quien nos hospeda en sus páginas. Allí hay apenas un anfitrión modesto y pudoroso, que se aboca al goce de minucias, de nimiedades sin prestigio social, de pequeñeces que cualquier vigoroso temperamento del positivismo eficientista no dudaría en roturar de bagatelas.
Kovadloff nos habla, por ejemplo, de una luz que en el mes de mayo se posa en la intimidad de su hogar, de un muchacho que una vez vio leer en una cola de desocupados, de una entrañable afición por los libros antiguos, del hechizo que ejerce en él la contemplación de las manos, del sueño de la biblioteca propia; o nos cuenta su condena, nos dice su fracaso, y entonces nos habla de las ilusiones truncas que lo constituyen, de una serenidad que invoca y que se le rebela, de los libros que lo aguardan y nunca leerá, del desamparo revelador que lo acucia al ocupar un cuarto de hotel; o celebra anhelos devaluados y nos hace un elogio de la alegría por sobre la felicidad, de la esperanza por sobre la ilusión, del don de la amistad, del saludable ejercicio de la fuga. Nos habla, en suma, del misterio que encierran esos pequeños reflejos de la realidad que lo apremian, lo interpelan, lo conmueven, y alumbran una cuerda íntima de su ser para arrojarlo desesperado hacia el lenguaje, ese infinito espejismo, con la ilusión voraz de birlarle al tiempo una esquirla de eternidad. "Compañero -diría Walt Whitman-, esto no es un libro; quien lo toca, toca a un hombre".
(c) LA GACETA
En primera instancia, el hecho afecta a sus asiduos lectores, quienes suponemos, por su título, que en lo sucesivo abordaremos un libro de ensayos; puesto que si bien es cierto que los sucesivos textos asumen por momentos el tono conjetural, la riqueza de registros que conjugan terminan por exceder las limitaciones de un género. Es así como la tensión poética, la ensoñación evocativa o la inspirada trama narrativa van urdiendo, junto con la densidad reflexiva, una cadencia de matices que abjura de cualquier amenazante canon literario previo para acuñar un carácter propio, un estilo que surge de la propia interlocución que el lenguaje revela.
De ahí que el preludio "Sobre el ensayo como ejercicio de intimidad" (que tiene su antecedente en "El ensayo en el espejo", de La nueva ignorancia), pese a reivindicar las cualidades esenciales del ensayo, emancipándolo de la degeneración abusiva al que lo han sometido las monografías, tesis u otras retóricas instrumentales y homologándolo a un ritual de la intimidad, uno deambula por el libro con la sensación de que esos argumentos iniciales, con los cuales coincide felizmente, fueron en realidad una trampa fraguada por el autor, una pista falsa que busca diluir su delito posterior: trascender el genérico, desfigurar la matriz del ensayo para que este asuma la propia fisonomía. En suma: exorcizar sus límites para que la emanación del propio verbo reconfigure una expresión fundante.Sin reparos incluso, podría leerse este libro como el de un narrador; salvo que no un narrador de historias, acciones o personajes resueltos, conscientes de un objetivo, felices poseedores de una voluntad con la que se abren camino hacia un desenlace, sino un narrador de tiempos muertos que se ubica en los pliegues de la acción, en los repliegues de un protagonista homónimo abierto al desamparo, urgido fatalmente por el germen inefable de la metafísica.
No es otro el sello de estilo de los textos. Hablar de la prosa depurada del autor, de su tersura, de su melodía singular resultaría a esta altura redundante, y no es el logro reciente de este libro. Puede decirse, en todo caso, que como todo aquel que haya encontrado una voz literaria definida, de rasgos discernibles, que se destaque del bullicio general, Kovadloff corre el alto riesgo de transformarse en tópico imitable, tabla de salvación o eventual naufragio de aquellos a quienes la fortuna no les depare una orilla.
Pero hay eventualmente otro sujeto traicionado, y es el espectador del hombre público, de aquel Kovadloff que se ha tornado un representante egregio en los foros internacionales y un referente intelectual consultado recurrentemente por los medios en busca de respuestas para paliar la incertidumbre cívica que acarrea nuestra cultura. Porque el protagonista de estas páginas, con premeditación y alevosía, se desentiende de toda urgencia mediática o formalidad protocolar y nos invita a compartir con él sus devaneos más íntimos, aquellas obsesiones que secretamente lo desvelan, aquellas manías que lo constituyen, que insisten obcecadamente en él; nos invita, al fin, a sumergirnos en la profundidad de su silencio y a entablar un diálogo franco; a compartir sus vacilaciones, sus dilemas, su más recóndita perplejidad. Estamos ante el susurro de unas confesiones, ante los arrullos de unas plegarias ensimismadas, ante las meditaciones de un hombre que nos ofrenda su soledad.
No estamos ante el otro, ante el Kovadloff a quien le ocurren las cosas, aquel personaje público denunciado por Borges que se abre paso triunfal en la literalidad del mundo fagocitando los desvelos más inocentes de su anfitrión con los atributos de un actor. Ese puede ser quien rubrica el libro pero no quien nos hospeda en sus páginas. Allí hay apenas un anfitrión modesto y pudoroso, que se aboca al goce de minucias, de nimiedades sin prestigio social, de pequeñeces que cualquier vigoroso temperamento del positivismo eficientista no dudaría en roturar de bagatelas.
Kovadloff nos habla, por ejemplo, de una luz que en el mes de mayo se posa en la intimidad de su hogar, de un muchacho que una vez vio leer en una cola de desocupados, de una entrañable afición por los libros antiguos, del hechizo que ejerce en él la contemplación de las manos, del sueño de la biblioteca propia; o nos cuenta su condena, nos dice su fracaso, y entonces nos habla de las ilusiones truncas que lo constituyen, de una serenidad que invoca y que se le rebela, de los libros que lo aguardan y nunca leerá, del desamparo revelador que lo acucia al ocupar un cuarto de hotel; o celebra anhelos devaluados y nos hace un elogio de la alegría por sobre la felicidad, de la esperanza por sobre la ilusión, del don de la amistad, del saludable ejercicio de la fuga. Nos habla, en suma, del misterio que encierran esos pequeños reflejos de la realidad que lo apremian, lo interpelan, lo conmueven, y alumbran una cuerda íntima de su ser para arrojarlo desesperado hacia el lenguaje, ese infinito espejismo, con la ilusión voraz de birlarle al tiempo una esquirla de eternidad. "Compañero -diría Walt Whitman-, esto no es un libro; quien lo toca, toca a un hombre".
(c) LA GACETA
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