Radiografía de un pueblo que se debate en la agonía de la esperanza

Dardo Nofal apela al monólogo interior para narrar con ágil pluma y con crudeza las contradicciones y el sufrimiento del protagonista.

07 Julio 2002
El filósofo inglés Thomas Hobbes, que vivió en el siglo XVII, señaló que el Estado es una suerte de artificio que surge para remediar un hipotético estado de naturaleza en el que los hombres, guiados por el instinto de supervivencia, el egoísmo y por la ley del más fuerte, se hallarían inmersos en una guerra de todos contra todos que haría imposible el establecimiento de sociedades organizadas en las que reinaran la paz y la armonía. Sin un Estado fuerte sobrevendrían el caos y la destrucción, y el hombre se convertiría en un lobo para los otros hombres ("homo hominis lupus").
En la década del 70 o, tal vez antes, la Argentina ingresó en un proceso de descomposición social, económica y ética que está al borde de estallar en estos días. La constante crisis de identidad y de nuestros valores esenciales no nos da tregua y nos empuja hacia el abismo. Sobre la idea de una sociedad que se devora a sí misma, Dardo Nofal vertebró "La prisión de Bautista", cuya historia se inicia en los nubarrones iniciales de la última y sangrienta dictadura militar y se prolonga hasta la actualidad.
Acosado por los dramas de su hogar y por la desaparición de su padre, Bautista -luego sabremos que, en realidad, se llama Gabriel- huye de su hogar a los 7 u 8 años y se instala en una villa miseria. En esa suerte de descenso a los infiernos, el muchacho conoce al Anciano, una figura clave a lo largo de la novela, que encarna la sabiduría y se convierte en el ojo crítico de las acciones humanas, y a otros personajes, como el "Pabli", un homosexual que inspira ternura; El Quijada, el compañero de andanzas, o doña Brígida, que se erige en la protectora de Bautista.
En ese mundo marginal que recuerda a la película "Feos, sucios y malos", de Ettore Scola, donde salen a la luz todas las miserias de la sociedad, el protagonista sueña diariamente con regresar a su casa en busca de su identidad perdida porque, al fin al cabo, sigue siendo en la villa un sapo de otra laguna. Tras derrotar su larga indecisión, cuando tiene alrededor de 30 años, Bautista vuelve sobre sus pasos perdidos. "Por eso empecé a despertarme después de tantos años de olvidarme de mí, de meter toda mi vida en ese basural, buscando las sobras de otros. Desde que nos hicimos amigos dejé de buscar sobras de los demás para hallar lo que me faltaba adentro, pero no en la panza, sino más adentro", reflexiona Bautista antes de emprender la vuelta. El país paralelo, simbolizado en su madre, su hermana y su abuelo, ha sufrido un proceso de deterioro similar al de la villa. No en vano, el único que conserva el equilibrio y que no ha sido alcanzado por la destrucción es el abuelo, quien encarna a los ancestros.
Aunque hay referencias concretas a lugares y a calles de San Miguel de Tucumán, la novela trasciende esta geografía y se convierte en una suerte de continuación de "Una lágrima para el cóndor", la primera novela del escritor. Nofal apela al monólogo interior para narrar con ágil pluma y con crudeza las contradicciones y el sufrimiento del protagonista. "La prisión de Bautista", que fue finalista del premio "La Nación" de novela 2000, es una radiografía de las desventuras de un pueblo que no ha sabido recrear las virtudes y los sueños que nos legaron nuestros antepasados y que se debate en la agonía de la esperanza.
(c) LA GACETA

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