En la búsqueda de nuevas formas de expresión

La extraña, polifacética y obsesiva novela de un destacado narrador.

07 Julio 2002
Para una serie de novelas ambientadas en las principales ciudades del mundo, la editorial Mondadori encargó a Rodrigo Fresán escribir una obra que transcurriese en la ciudad de México. El dato sirve para comprender, en parte, el porqué de una exagerada cantidad de datos dispuestos de una manera no convencional en una extensa obra de 539 páginas. Una ciudad con diez mil años de antigüedad, sacrificios humanos en su historia, culto a los muertos exagerado, dioses, conquistadores, revoluciones y obras descomunales no es tarea fácil de novelar. Por lo tanto, no resulta difícil coincidir con André Breton en que México es un territorio surrealista por excelencia. Tiene poco de ciencia-ficción y mucho de realismo mágico. El autor, no obstante y según sus propias palabras, prefirió inclinarse en su narración por lo que denomina "irrealismo lógico", casi una antítesis del realismo mágico.
La novela, que está dividida en tres partes sin capítulos, trata de un hombre afectado por un tumor cerebral, quien sólo alcanza a recordar su niñez, en particular el quinto grado del colegio primario en Buenos Aires, en los años 70, momento en el que conoce a un niño mexicano, hijo de padres actores de cine en continuo viaje por distintos países. La amistad nacida entre los amigos, narrada desde el deslumbramiento que el protagonista siente hacia alguien que, a los nueve años es capaz de jugar a la ruleta rusa como forma de probar a sus compañeros su temeridad, está descripta de una manera talentosa y brillante. Lo mismo que la recurrente visión de la versión cinematográfica del cumpleaños de Martín a los nueve años, distorsionada quizás, alucinada y enfatizada por el delirio de su enfermedad. Toda la primera parte de la novela presenta elementos destacables por la originalidad de las descripciones, agudeza en sus apreciaciones, imaginación que sorprende a veces con humor. En la segunda parte, el protagonista viaja a México DC, con el objeto de pasar su último tiempo de vida allí y apreciar de cerca el mundo de los Mantra. Conserva una foto del colegio con Martín Mantra como único y valioso referente. A partir de este hecho se inicia una curiosa forma de narrar la historia, en episodios descriptivos de una extensión que varía desde una línea hasta algunas carillas, dispuestas por orden alfabético de aparición. Una especie de guía de turismo novelada que parece la ingeniosa obra del desvelo alucinado del protagonista, quien por momentos entra al relato en el recuerdo de los fantásticos luchadores de rostros enmascarados, la historia de los mitos populares mexicanos, y cientos de ítems más, suspicaces e imaginativos, pero que con esa disposición excesivamente descriptiva y por momentos tediosa le quitan espacio argumental y desarrollo al "corpus" de la novela. Otro tanto sucede con las excesivas citas de los cómics, la cultura rock, beatnik, las teorías científicas, el Big Bang. A pesar de ello, Fresán se pone el traje de los luchadores, lleva sus máscaras, sufre las derrotas sublimando sus propias obsesiones de luces y sombras. Desde México DC, se siente ciudadano del universo. Menciona a su paso por allí a quienes dejaron su impronta como Burroughs, Artaud, Buñuel, y a los artistas mexicanos Diego Rivera y Frida Kahlo. Obsesivo e imaginativo hasta el delirio, narra instancias como la observación por un muerto del transcurrir de su propia vida por televisión y desde un profundo subsuelo. Hay convivencia de aciertos narrativos junto a los mencionados desaciertos descriptivos.
En la tercera parte de la obra, apocalíptico y tenebroso, una especie de robot cierra el relato narrando el supuesto fin que tuvo la ciudad de México, cuando una nave espacial se estrella, causando, como en el infierno del Dante pero en versión futurista, castigos sin fin. En resumen, la extraña obra de un excelente narrador en busca de nuevas y poco frecuentes formas de expresión.
(c). LA GACETA

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