07 Julio 2002 Seguir en 

Nuestro comprovinciano Joaquín Morales Solá, quien inició su vida profesional en LA GACETA a la temprana edad de 16 años, es hoy uno de los más destacados y confiables periodistas argentinos. Con su trabajo, publicado en estas mismas columnas el pasado domingo 30 de junio, LA GACETA Literaria inicia una serie de reflexiones de calificados observadores sobre la gran cuestión, la que aflige hoy a todos los argentinos; la crisis sin precedentes que está asolando a nuestro país y extendiéndose como una peste medieval sobre nuestros vecinos latinoamericanos. Lo hacemos porque esta publicación, la que el esforzado lector tiene en sus manos, no puede encerrarse en una torre de marfil mientras todo se derrumba a su alrededor, poniendo en serio peligro de colapso a nuestra saqueada y dilapidada economía y a todos los otros órdenes de la vida nacional: lo social, lo político, lo cultural... El argentino que se caracterizaba -hasta hace muy poco- por un orgullo proclive a la desmesura, que tanto irritaba a los otros latinoamericanos, fastidio que se patentizaba en los crueles chistes sobre "los piolas de América", como una vez nos calificó el humor de Quino. Nosotros, los que acuñamos la famosa frase "Déme dos" en nuestras correrías por el mundo (que nos permitió la falsa ilusión de que nuestro peso valía un dólar), los imbatibles campeones en el fútbol, los que hicimos del bife el símbolo de nuestro bienestar y nos compadecíamos de lo poco y mal que se comía en el resto de nuestra América y hasta en la misma Europa (!), pasamos, sin anestesia, de la euforia sobradora a una depresión colectiva paralizante. Ahora hemos invertido brutalmente nuestras creencias anteriores, sintiendo que vivimos en un país en disgregación, fatalidad de la que muchos intentan, en medio del clamor del "sálvese quien pueda", escapar hacia un "primer mundo", al que hasta hace tan poco creíamos pertenecer, y cuyas puertas, que ahora se nos ocurren las del Paraíso, se van cerrando inexorablemente en nuestras propias narices. Por todo lo dicho y lo no dicho aquí por mí, pero que forma parte del anonadamiento colectivo, he invitado a un grupo de escritores y periodistas, para que utilicen estas columnas a fin de que hagan público su diagnóstico: indaguen en las causas y las consecuencias de la irresponsabilidad que nos ha llevado a la actual situación; se sumerjan en las crisis graves (posiblemente no tanto como esta) de nuestro propio pasado, porque ese pasado puede iluminar este presente; para que exploren en busca de posibles, por dolorosas que sean, vías de salida.
Personalmente no dudo de que la Argentina va a levantarse, quizá sin alcanzar los niveles que conoció, pero al menos para construir, desde nuestra desgraciada experiencia actual, un futuro modesto pero digno, que pueda enorgullecernos pero que extirpe para siempre la engañadora fanfarronería. Tengo la esperanza de que, a pesar de mi edad, pueda asistir al comienzo de un prometedor ordenamiento de lo que es hoy un conglomerado de gente desesperanzada que sobrevive sobre un territorio potencialmente rico. Tengo fe en que llegaré a ver la extirpación de quienes, todavía hoy, cuando el caos parece querer instalarse entre nosotros, aprovechan para beneficiarse con la desgracia ajena. Espero morir sintiendo los síntomas de recuperación del cuerpo colectivo, pensando que las nuevas generaciones podrán vivir una realidad muy distinta, más digna, más honesta, más solidaria, que esta de la desesperanza y la decadencia. Pero dejo la palabra a quienes, en futuras ediciones de LA GACETA Literaria, podrán referirse a todo esto con más claridad y consistencia que este afligido y ya muy veterano periodista.
Personalmente no dudo de que la Argentina va a levantarse, quizá sin alcanzar los niveles que conoció, pero al menos para construir, desde nuestra desgraciada experiencia actual, un futuro modesto pero digno, que pueda enorgullecernos pero que extirpe para siempre la engañadora fanfarronería. Tengo la esperanza de que, a pesar de mi edad, pueda asistir al comienzo de un prometedor ordenamiento de lo que es hoy un conglomerado de gente desesperanzada que sobrevive sobre un territorio potencialmente rico. Tengo fe en que llegaré a ver la extirpación de quienes, todavía hoy, cuando el caos parece querer instalarse entre nosotros, aprovechan para beneficiarse con la desgracia ajena. Espero morir sintiendo los síntomas de recuperación del cuerpo colectivo, pensando que las nuevas generaciones podrán vivir una realidad muy distinta, más digna, más honesta, más solidaria, que esta de la desesperanza y la decadencia. Pero dejo la palabra a quienes, en futuras ediciones de LA GACETA Literaria, podrán referirse a todo esto con más claridad y consistencia que este afligido y ya muy veterano periodista.
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