30 Junio 2002 Seguir en 

Era una templada noche de mayo del año 2000, estábamos en Roma y habíamos sido invitados a cenar en un coqueto local de los que abundan en la Ciudad Eterna.
Una vuelta de rubio y fresco jerez fue el comienzo del encuentro con Pietro y Pepa Prini. Durante la cena desfilaron jugosos recuerdos de la Argentina, además de exquisitos platos. El brillo especial en los ojos del viejo maestro indicaba que la sola mención de Tucumán lo conmovía y de sus memoriosas palabras salían personajes como Hernán Zucchi, Víctor Massuh, Genie Valentié, y su expresión se dulcificaba aún más cuando los nombres eran femeninos. Sus recuerdos de aquella estadía transcurrida en el Jardín de la República no sólo eran vivos sino ostensiblemente muy gratos. Recordaba la amabilidad, el buen humor, la hospitalidad, los tamales y el alegre vino; también el profesionalismo y la tradición cultural y universitaria. Recordaba, aunque ya hubiesen muerto, a figuras como Rodolfo Mondolfo, Renato Treves, los hermanos Terracini y otros italianos ilustres que habían vivido y dictado cátedra allí. En fin, las estampas tucumanas se llevaron buena parte de la reunión, pero hubo otros temas que acapararon mi interés en el diálogo con este discípulo de Gabriel Marcel.
Desde que lo conocí en Buenos Aires, fui uno de sus traductores; así "Discurso y situación" y "La paradoja del cuerpo que somos" fueron algunas de mis traiciones, por aquello de traduttore traditore y que contribuyeron a que se lo conociera en español. En 1999 recibí su último trabajo hasta ahora: "El cisma sumergido", e inmediatamente me aboqué a traducirlo.
Aquí, Pietro Prini presenta un concentrado tratado de filosofía antropológica, religiosa, científica y ética. El sugestivo e inquietante título de "El cisma sumergido" pertenece a un trabajo publicado en noviembre de 1998, que completa otro libro del año 1991, cuyo título es "El cuerpo que somos" y que aún el lector de habla española no conoce, a pesar de haber sido traducido hace ya un tiempo sin merecer aún la atención de nuestros editores.
Confieso que cuando tuve la obra en mis manos, no bien leí el título, me cuestioné: ¿cómo podría sumergirse un cisma? Si los cismas son creencias que contradicen dogmas, se enfrentan a los cuerpos doctrinarios ya establecidos. Recordemos a este propósito que los dogmas no constituyen materia opinable; o se cree en ellos, tal como están enunciados, o, en caso contrario, queda uno fuera del ámbito de la religión a la que pertenecen.
Históricamente estos cuerpos dogmáticos fueron custodiados celosamente por los guardianes de la ortodoxia. No obstante este cuidado, aparecieron actitudes cismáticas, fruto, muchas veces, de la ignorancia que empujó a acomodarlos a fantasías paradójicas.
A veces estas posturas cismáticas fueron provocadas y, en consecuencia, se convirtieron en contenidos proselitistas, vale decir, se difundieron en busca de adeptos reclutándoselos en nombre de una mayor fidelidad de la que profesaban los fieles de la creencia misma.
Otras veces, en cambio, son inconscientes, basadas en una discreta ignorancia doctrinaria y en cierto sentimentalismo que avala la rebelión oculta, subrepticia e ingenua. Es a esta actitud que Prini llama "cisma sumergido". Encima del cisma hay una gruesa capa de líquido o lodo, que está, precisamente, entre el desconocimiento religioso y la sensación de no estar equivocado, de sentir que lo que se afirma está respaldado por una conciencia inocente, sin dolo ni premeditación, como dirían los juristas.
En "El cisma sumergido" Prini trata este tema y su propósito es la denuncia de una amenaza que acecha al catolicismo contemporáneo comprometiendo la continuidad viviente de la Iglesia de Cristo, como lo declara en la premisa inicial.
En el subtítulo de la obra el autor diseña cuáles van a ser las relaciones en juego y sus interacciones entre el mensaje cristiano, la sociedad moderna y la Iglesia Católica. Comenzará rastreando los orígenes del mensaje cristiano para intentar restablecer su sentido originario. Verá a este mensaje desvirtuado por caprichosas creencias que responden más a la emotividad que al conocimiento en el hombre actual -quiero recordar que para los italianos moderno y actual son sinónimos, fuera del contexto específicamente historiográfico- y cómo la Iglesia anunciadora del mensaje, lo transmite fielmente y hasta qué punto lo adecua a los signos de los tiempos.
Su argumentación se fundamenta en el material proporcionado por encuestas confiables que revelan la existencia de estos cismas sumergidos, vale decir creencias que subyacen amparadas por el sentimiento y por el deseo de libertad en el examen de las cuestiones religiosas de los católicos italianos confesos. Estos, por una parte, se sienten perteneciendo al cuerpo de los creyentes; y por otra, no asumen como propio todo el cuerpo doctrinal rechazando de hecho algunos dogmas, con la pretensión, no obstante, de sentirse creyentes en sentido pleno. Las cifras de las encuestas efectuadas por la Universidad Católica de Milán llaman a la reflexión, porque no evidencian una minoría asignificativa de cismáticos sumergidos o sea involuntarios, sino todo lo contrario.
Quizás detrás de este aspecto, que Prini destaca magistralmente, habría que postular una categoría para entender al incoherente hombre de esta posmodernidad. Esta categoría es la paradoja. La vida actual presenta ciertos aspectos que sólo mediante esta clave de comprensión pueden ser explicados. Simplemente a modo de ejemplo, baste pensar en nuestro mundo religioso actual. Por un lado, los crueles fundamentalismos que matan en nombre del Dios misericordioso y fuente de toda justicia; por otro, la perpleja indiferencia religiosa que es capitalizada por variadas formas de aberrantes sectarismos.
Si observamos la lucha que mantienen, en Irlanda, los protestantes y los católicos, ambos son creyentes de la misma religión, cuyo segundo mandamiento, resumen de toda doctrina y observancia, es Ama a tu prójimo como a ti mismo. Sólo la paradoja puede explicar que alguien en nombre de este amor mate a un hermano por miserables diferencias doctrinales. La crónica diaria es una fuente inagotable de conductas paradójicas: israelíes e islámicos, terroristas y pacifistas, traficantes benefactores, etc., de este siglo "problemático y febril". Y el anverso de un mundo volcado al consumismo y su hedonismo concomitante, que mira sin comprender a los espíritus religiosos, se deja fascinar por sectas como los Niños de Dios, New Age, los Adoradores del templo solar, la japonesa Sarin, etc., que le exigen total entrega.
Prini comienza su análisis destacando el carácter herético del pueblo hebreo al abrazar la creencia en un Dios absolutamente trascendente, creador de todo el universo, que se manifiesta por medio de la Palabra frente al naturalismo de las culturas que lo rodean.
En el ápice de la Creación se encuentra la que podríamos llamar la "obra maestra de Dios", la pareja humana. Adán y Eva. No obstante el privilegio de gozar de todo el Edén, caen en la desobediencia tentados por el paradigma de la soberbia contra Dios bajo la forma de una rastrera serpiente. Y es la mujer la que arrastrará a su pareja a la pérdida del Paraíso terrenal y provocará la transmisión de la culpa original a toda la descendencia. Prini reúne aquí algunas observaciones muy interesantes sobre este pecado y sobre su herencia. La finalidad será la de desentrañar lo que es mito de lo que es doctrina, porque no siempre se tuvo la misma concepción al respecto y ambos elementos se mezclaron perdiendo sus rasgos propios.
Bien decía Pascal que la burla más grande del diablo es hacer creer que no existe. Prini se enfrenta al maligno y lo descubre en su incidencia en la historia, por virtud de San Agustín. El análisis de la culpa derivada del pecado le permite adentrarse en las penas y transitar algunos caminos laterales del mismo infierno. Y es a propósito del Averno que aflora a la superficie "El cisma sumergido". Las encuestas revelan que un número significativo de católicos italianos que cree en la divinidad de Cristo y en el origen divino de la Iglesia, no cree en el infierno ni en Satanás.
Al analizar la estructura del pecado, nuestro autor pone bajo la lupa el que fue considerado en los últimos tiempos el pecado más escandaloso: el que involucra al sexo. Inquiere por qué esta especie de horror sexi encegueció a cierto sector de los confesores, ultramoralistas obsesionados. Intenta dar una respuesta rastreando en la historia de la teología, para encontrar que está ligado a decisiones que no son doctrinarias.
Así va transitando por el delgadísimo filo que divide la ortodoxia de la heterodoxia católica, pero su ánimo es permanecer dentro de una Iglesia más transparente y genuina.
A modo de conclusión expone las implicaciones éticas de conductas sobre las cuales hoy deberían modificarse algunas actitudes oficiales de la jerarquía eclesial. Por ejemplo, sobre las cuestiones que se relacionan con el sexo, el sentimiento de culpa y la de liberación o sobre las concepciones derivadas del "personalismo sustancial", respecto de la fecundación y el advenimiento del carácter humano, a la luz de los aportes de la biología molecular. Otrora, dichas consecuencias estaban basadas en prejuicios e ignorancia, y en cambio, hoy, la ciencia les ha restado el fundamento que tenían.
Pietro Prini fue discípulo del eminente metafísico francés contemporáneo Gabriel Marcel, como dijimos al comienzo, a quien dedicó una de sus obras más prestigiosas "Gabriel Marcel y la metodología de lo inverificable". Hoy, con sus jóvenes 87 años, nos vuelve a sorprender con esta obra, cabal demostración de que jamás cesó de alimentar su insaciable curiosidad de conocer y profundizar sobre todo lo que le proporciona el tiempo, el tiempo que lo circunda, que le toca vivir y que vive. He aquí la razón de la actualidad de sus disecciones y planteos y la escandalosa y arriesgada aventura de solicitar una reforma, al estilo del separado monje agustino de Witenberg, pero no en 1571, sino hoy.
De "El cisma sumergido", hasta ahora, se hicieron dos ediciones en su texto original. En la segunda, Prini quiso agregar, al final, un Apéndice con los artículos periodísticos de la airada controversia que despertó la obra entre tradicionalistas y renovadores, trayendo las opiniones de unos y de otros. Dicha controversia sigue en pie y no es ajena la Iglesia misma, controversia que logró abrir las puertas del mismo cónclave.
Esta obra aún no ha merecido el favor de una edición en nuestro idioma, pero no dudo de que a la brevedad esta distracción será reparada.
(c) LA GACETA
Una vuelta de rubio y fresco jerez fue el comienzo del encuentro con Pietro y Pepa Prini. Durante la cena desfilaron jugosos recuerdos de la Argentina, además de exquisitos platos. El brillo especial en los ojos del viejo maestro indicaba que la sola mención de Tucumán lo conmovía y de sus memoriosas palabras salían personajes como Hernán Zucchi, Víctor Massuh, Genie Valentié, y su expresión se dulcificaba aún más cuando los nombres eran femeninos. Sus recuerdos de aquella estadía transcurrida en el Jardín de la República no sólo eran vivos sino ostensiblemente muy gratos. Recordaba la amabilidad, el buen humor, la hospitalidad, los tamales y el alegre vino; también el profesionalismo y la tradición cultural y universitaria. Recordaba, aunque ya hubiesen muerto, a figuras como Rodolfo Mondolfo, Renato Treves, los hermanos Terracini y otros italianos ilustres que habían vivido y dictado cátedra allí. En fin, las estampas tucumanas se llevaron buena parte de la reunión, pero hubo otros temas que acapararon mi interés en el diálogo con este discípulo de Gabriel Marcel.
Desde que lo conocí en Buenos Aires, fui uno de sus traductores; así "Discurso y situación" y "La paradoja del cuerpo que somos" fueron algunas de mis traiciones, por aquello de traduttore traditore y que contribuyeron a que se lo conociera en español. En 1999 recibí su último trabajo hasta ahora: "El cisma sumergido", e inmediatamente me aboqué a traducirlo.
Aquí, Pietro Prini presenta un concentrado tratado de filosofía antropológica, religiosa, científica y ética. El sugestivo e inquietante título de "El cisma sumergido" pertenece a un trabajo publicado en noviembre de 1998, que completa otro libro del año 1991, cuyo título es "El cuerpo que somos" y que aún el lector de habla española no conoce, a pesar de haber sido traducido hace ya un tiempo sin merecer aún la atención de nuestros editores.
Confieso que cuando tuve la obra en mis manos, no bien leí el título, me cuestioné: ¿cómo podría sumergirse un cisma? Si los cismas son creencias que contradicen dogmas, se enfrentan a los cuerpos doctrinarios ya establecidos. Recordemos a este propósito que los dogmas no constituyen materia opinable; o se cree en ellos, tal como están enunciados, o, en caso contrario, queda uno fuera del ámbito de la religión a la que pertenecen.
Históricamente estos cuerpos dogmáticos fueron custodiados celosamente por los guardianes de la ortodoxia. No obstante este cuidado, aparecieron actitudes cismáticas, fruto, muchas veces, de la ignorancia que empujó a acomodarlos a fantasías paradójicas.
A veces estas posturas cismáticas fueron provocadas y, en consecuencia, se convirtieron en contenidos proselitistas, vale decir, se difundieron en busca de adeptos reclutándoselos en nombre de una mayor fidelidad de la que profesaban los fieles de la creencia misma.
Otras veces, en cambio, son inconscientes, basadas en una discreta ignorancia doctrinaria y en cierto sentimentalismo que avala la rebelión oculta, subrepticia e ingenua. Es a esta actitud que Prini llama "cisma sumergido". Encima del cisma hay una gruesa capa de líquido o lodo, que está, precisamente, entre el desconocimiento religioso y la sensación de no estar equivocado, de sentir que lo que se afirma está respaldado por una conciencia inocente, sin dolo ni premeditación, como dirían los juristas.
En "El cisma sumergido" Prini trata este tema y su propósito es la denuncia de una amenaza que acecha al catolicismo contemporáneo comprometiendo la continuidad viviente de la Iglesia de Cristo, como lo declara en la premisa inicial.
En el subtítulo de la obra el autor diseña cuáles van a ser las relaciones en juego y sus interacciones entre el mensaje cristiano, la sociedad moderna y la Iglesia Católica. Comenzará rastreando los orígenes del mensaje cristiano para intentar restablecer su sentido originario. Verá a este mensaje desvirtuado por caprichosas creencias que responden más a la emotividad que al conocimiento en el hombre actual -quiero recordar que para los italianos moderno y actual son sinónimos, fuera del contexto específicamente historiográfico- y cómo la Iglesia anunciadora del mensaje, lo transmite fielmente y hasta qué punto lo adecua a los signos de los tiempos.
Su argumentación se fundamenta en el material proporcionado por encuestas confiables que revelan la existencia de estos cismas sumergidos, vale decir creencias que subyacen amparadas por el sentimiento y por el deseo de libertad en el examen de las cuestiones religiosas de los católicos italianos confesos. Estos, por una parte, se sienten perteneciendo al cuerpo de los creyentes; y por otra, no asumen como propio todo el cuerpo doctrinal rechazando de hecho algunos dogmas, con la pretensión, no obstante, de sentirse creyentes en sentido pleno. Las cifras de las encuestas efectuadas por la Universidad Católica de Milán llaman a la reflexión, porque no evidencian una minoría asignificativa de cismáticos sumergidos o sea involuntarios, sino todo lo contrario.
Quizás detrás de este aspecto, que Prini destaca magistralmente, habría que postular una categoría para entender al incoherente hombre de esta posmodernidad. Esta categoría es la paradoja. La vida actual presenta ciertos aspectos que sólo mediante esta clave de comprensión pueden ser explicados. Simplemente a modo de ejemplo, baste pensar en nuestro mundo religioso actual. Por un lado, los crueles fundamentalismos que matan en nombre del Dios misericordioso y fuente de toda justicia; por otro, la perpleja indiferencia religiosa que es capitalizada por variadas formas de aberrantes sectarismos.
Si observamos la lucha que mantienen, en Irlanda, los protestantes y los católicos, ambos son creyentes de la misma religión, cuyo segundo mandamiento, resumen de toda doctrina y observancia, es Ama a tu prójimo como a ti mismo. Sólo la paradoja puede explicar que alguien en nombre de este amor mate a un hermano por miserables diferencias doctrinales. La crónica diaria es una fuente inagotable de conductas paradójicas: israelíes e islámicos, terroristas y pacifistas, traficantes benefactores, etc., de este siglo "problemático y febril". Y el anverso de un mundo volcado al consumismo y su hedonismo concomitante, que mira sin comprender a los espíritus religiosos, se deja fascinar por sectas como los Niños de Dios, New Age, los Adoradores del templo solar, la japonesa Sarin, etc., que le exigen total entrega.
Prini comienza su análisis destacando el carácter herético del pueblo hebreo al abrazar la creencia en un Dios absolutamente trascendente, creador de todo el universo, que se manifiesta por medio de la Palabra frente al naturalismo de las culturas que lo rodean.
En el ápice de la Creación se encuentra la que podríamos llamar la "obra maestra de Dios", la pareja humana. Adán y Eva. No obstante el privilegio de gozar de todo el Edén, caen en la desobediencia tentados por el paradigma de la soberbia contra Dios bajo la forma de una rastrera serpiente. Y es la mujer la que arrastrará a su pareja a la pérdida del Paraíso terrenal y provocará la transmisión de la culpa original a toda la descendencia. Prini reúne aquí algunas observaciones muy interesantes sobre este pecado y sobre su herencia. La finalidad será la de desentrañar lo que es mito de lo que es doctrina, porque no siempre se tuvo la misma concepción al respecto y ambos elementos se mezclaron perdiendo sus rasgos propios.
Bien decía Pascal que la burla más grande del diablo es hacer creer que no existe. Prini se enfrenta al maligno y lo descubre en su incidencia en la historia, por virtud de San Agustín. El análisis de la culpa derivada del pecado le permite adentrarse en las penas y transitar algunos caminos laterales del mismo infierno. Y es a propósito del Averno que aflora a la superficie "El cisma sumergido". Las encuestas revelan que un número significativo de católicos italianos que cree en la divinidad de Cristo y en el origen divino de la Iglesia, no cree en el infierno ni en Satanás.
Al analizar la estructura del pecado, nuestro autor pone bajo la lupa el que fue considerado en los últimos tiempos el pecado más escandaloso: el que involucra al sexo. Inquiere por qué esta especie de horror sexi encegueció a cierto sector de los confesores, ultramoralistas obsesionados. Intenta dar una respuesta rastreando en la historia de la teología, para encontrar que está ligado a decisiones que no son doctrinarias.
Así va transitando por el delgadísimo filo que divide la ortodoxia de la heterodoxia católica, pero su ánimo es permanecer dentro de una Iglesia más transparente y genuina.
A modo de conclusión expone las implicaciones éticas de conductas sobre las cuales hoy deberían modificarse algunas actitudes oficiales de la jerarquía eclesial. Por ejemplo, sobre las cuestiones que se relacionan con el sexo, el sentimiento de culpa y la de liberación o sobre las concepciones derivadas del "personalismo sustancial", respecto de la fecundación y el advenimiento del carácter humano, a la luz de los aportes de la biología molecular. Otrora, dichas consecuencias estaban basadas en prejuicios e ignorancia, y en cambio, hoy, la ciencia les ha restado el fundamento que tenían.
Pietro Prini fue discípulo del eminente metafísico francés contemporáneo Gabriel Marcel, como dijimos al comienzo, a quien dedicó una de sus obras más prestigiosas "Gabriel Marcel y la metodología de lo inverificable". Hoy, con sus jóvenes 87 años, nos vuelve a sorprender con esta obra, cabal demostración de que jamás cesó de alimentar su insaciable curiosidad de conocer y profundizar sobre todo lo que le proporciona el tiempo, el tiempo que lo circunda, que le toca vivir y que vive. He aquí la razón de la actualidad de sus disecciones y planteos y la escandalosa y arriesgada aventura de solicitar una reforma, al estilo del separado monje agustino de Witenberg, pero no en 1571, sino hoy.
De "El cisma sumergido", hasta ahora, se hicieron dos ediciones en su texto original. En la segunda, Prini quiso agregar, al final, un Apéndice con los artículos periodísticos de la airada controversia que despertó la obra entre tradicionalistas y renovadores, trayendo las opiniones de unos y de otros. Dicha controversia sigue en pie y no es ajena la Iglesia misma, controversia que logró abrir las puertas del mismo cónclave.
Esta obra aún no ha merecido el favor de una edición en nuestro idioma, pero no dudo de que a la brevedad esta distracción será reparada.
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