30 Junio 2002 Seguir en 

Nuestro tiempo se entiende, dice Cohen, si acudimos a la "paradoja del comediante" (comedien como sinónimo de actor o actriz). ¿Qué significa esto? Si el objeto que hoy se fabrica en una hora, hace un siglo se hacía en diez, el futuro presenciará la destrucción del empleo y no son pocos los teóricos del "fin del trabajo".
Pero el teatro es un ámbito donde tal proyección no rige. Desde hace siglos se requiere el mismo tiempo, segundos más, segundos menos, para que Hamlet recite su monólogo. Por mantenerse aislado del mundo técnico, el teatro cada vez es más caro, hoy cuesta más ir al teatro que comprar una Biblia, pero en tiempos del "Cisne de Avon" era al revés. Esto se llama el "mal de los costos".
El mismo problema encontramos en todas las artes "en vivo"; salvo algunas estrellas con ganancias enormes, la inmensa mayoría de quienes se dedican a la música o a la plástica vive modestamente y de otro trabajo. Si, como pensaban Karl Marx y David Ricardo, el progreso consistiera en aumentar la producción dejando invariables los salarios, el mal de los costos desaparecería.
No sucedió así. Puede enunciarse entonces la "paradoja del comediante": ¿por qué un mundo donde los seres humanos dominan a los objetos se ha tornado tan hostil con los propios seres humanos cuando estos son la materia prima? En términos más filosóficos se plantea el problema de o bien resignarse a que la lógica de las cosas y la lógica de lo humano discurren por vías absolutamente separadas o bien intentar vasos comunicantes.
A partir de allí, el autor recorre un amplio repertorio. Muestra cómo la informática es portadora de la misma utopía que despertó en su hora la electricidad. Apunta que el eficientismo lleva al estrés, en el mundo actual ya no se averían las máquinas sino los hombres. (Aserto discutible, pues en el siglo XIX era peor).
Advierte la excesiva preeminencia del capital financiero sobre el capital humano, mas por una ironía de la historia, dice, una teoría falsa (el fin del trabajo) puede generar una reforma verdadera (la semana de 35 horas en Francia).
Y finalmente hace la pregunta decisiva: ¿puede sobrevivir el capitalismo? Marx, como se sabe, responde: no. Pero Marx falla totalmente sobre el alcance del maquinismo y, más grave aún, sobre la índole del trabajo humano. También Schumpeter opta por el no, si bien por otras razones.Cohen dice: sí. Se odia al capitalismo, reconoce, por engendrar una civilización racionalista y utilitarista, una civilización "antiheroica".
Pero cabe tener en cuenta dos cosas. Primero, nuestros tiempos modernos son época de una revolución inacabada. Segundo, y principal, el hombre descubre ahora que la técnica lo libera de la opresión de la necesidad, pero no lo libera de la opresión de la técnica misma. Y está como el comediante, impotente para contar una historia ante el reducido público del teatro, en tanto el cine y la televisión no lo hacen mejor, pero lo hacen con menor costo, ganancia fabulosa y para miles de millones.
En favor de Cohen militan sus reflexiones sociológicas y filosóficas; también que este profesor francés, en un tiempo asesor de Lionel Jospin cuando el líder galo trabajaba de candidato a presidente, no escribe mal y tiene la virtud (¿tan francesa?) de enriquecer un asunto de especialistas acudiendo a Shakespeare y a Proust, a la sensualidad de Marilyn Monroe y al hábito del zapping. Su defecto (¿tan francés?) es pensar que su país es el mundo. Para el lector argentino la traducción de Amelia Ros y de Alejandra Montoro necesita un pequeño vocabulario. "Coste" es costo, "mando a distancia" es control remoto, "alcantarillado" es cloaca y "colectivos con problemas" no son los transportistas queriendo aumentar el boleto sino grupos humanos donde hay conflictos.Pues la Argentina es un país donde en un tiempo se hablaba español.
(c) LA GACETA
Pero el teatro es un ámbito donde tal proyección no rige. Desde hace siglos se requiere el mismo tiempo, segundos más, segundos menos, para que Hamlet recite su monólogo. Por mantenerse aislado del mundo técnico, el teatro cada vez es más caro, hoy cuesta más ir al teatro que comprar una Biblia, pero en tiempos del "Cisne de Avon" era al revés. Esto se llama el "mal de los costos".
El mismo problema encontramos en todas las artes "en vivo"; salvo algunas estrellas con ganancias enormes, la inmensa mayoría de quienes se dedican a la música o a la plástica vive modestamente y de otro trabajo. Si, como pensaban Karl Marx y David Ricardo, el progreso consistiera en aumentar la producción dejando invariables los salarios, el mal de los costos desaparecería.
No sucedió así. Puede enunciarse entonces la "paradoja del comediante": ¿por qué un mundo donde los seres humanos dominan a los objetos se ha tornado tan hostil con los propios seres humanos cuando estos son la materia prima? En términos más filosóficos se plantea el problema de o bien resignarse a que la lógica de las cosas y la lógica de lo humano discurren por vías absolutamente separadas o bien intentar vasos comunicantes.
A partir de allí, el autor recorre un amplio repertorio. Muestra cómo la informática es portadora de la misma utopía que despertó en su hora la electricidad. Apunta que el eficientismo lleva al estrés, en el mundo actual ya no se averían las máquinas sino los hombres. (Aserto discutible, pues en el siglo XIX era peor).
Advierte la excesiva preeminencia del capital financiero sobre el capital humano, mas por una ironía de la historia, dice, una teoría falsa (el fin del trabajo) puede generar una reforma verdadera (la semana de 35 horas en Francia).
Y finalmente hace la pregunta decisiva: ¿puede sobrevivir el capitalismo? Marx, como se sabe, responde: no. Pero Marx falla totalmente sobre el alcance del maquinismo y, más grave aún, sobre la índole del trabajo humano. También Schumpeter opta por el no, si bien por otras razones.Cohen dice: sí. Se odia al capitalismo, reconoce, por engendrar una civilización racionalista y utilitarista, una civilización "antiheroica".
Pero cabe tener en cuenta dos cosas. Primero, nuestros tiempos modernos son época de una revolución inacabada. Segundo, y principal, el hombre descubre ahora que la técnica lo libera de la opresión de la necesidad, pero no lo libera de la opresión de la técnica misma. Y está como el comediante, impotente para contar una historia ante el reducido público del teatro, en tanto el cine y la televisión no lo hacen mejor, pero lo hacen con menor costo, ganancia fabulosa y para miles de millones.
En favor de Cohen militan sus reflexiones sociológicas y filosóficas; también que este profesor francés, en un tiempo asesor de Lionel Jospin cuando el líder galo trabajaba de candidato a presidente, no escribe mal y tiene la virtud (¿tan francesa?) de enriquecer un asunto de especialistas acudiendo a Shakespeare y a Proust, a la sensualidad de Marilyn Monroe y al hábito del zapping. Su defecto (¿tan francés?) es pensar que su país es el mundo. Para el lector argentino la traducción de Amelia Ros y de Alejandra Montoro necesita un pequeño vocabulario. "Coste" es costo, "mando a distancia" es control remoto, "alcantarillado" es cloaca y "colectivos con problemas" no son los transportistas queriendo aumentar el boleto sino grupos humanos donde hay conflictos.Pues la Argentina es un país donde en un tiempo se hablaba español.
(c) LA GACETA
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