30 Junio 2002 Seguir en 

Precedida por el elogio de la crítica mundial (hecha desde premios Nobel y personalidades como Bill Clinton, Francis Fukuyama, Margaret Thatcher y periódicos como The Economist o The Times), esta versión española del libro del peruano Hernando de Soto tiene una tesis verdaderamente sorprendente.
La formularé en tres de sus componentes centrales: 1) el fracaso del capitalismo en los países en vías de desarrollo y en los que salen del comunismo (que conforman cinco sextas partes de la población mundial) no obedece a motivos "culturales". A su juicio no puede repetirse que a esa población le haya faltado el espíritu de la Reforma protestante de 1529, o la cultura del trabajo, o la voluntad de ahorro, por ejemplo. "Sugerir que el factor cultural subyace al éxito en lugares tan disímiles como Japón, Suiza o California y que la cultura, a su vez, da cuenta de la pobreza relativa de lugares tan dispares como China, Estonia o Baja California, es peor que inhumano: no es convincente" (p. 26). Pero aquí viene lo sorprendente de su idea: 2) "La mayoría de los pobres ya posee los activos que precisa para hacer del capitalismo un éxito. Hasta en los países menos desarrollados, los pobres ahorran. El volumen juntado por los pobres es inmenso: 40 veces la ayuda exterior del mundo desde 1945. En Egipto, por ejemplo, hemos estimado que la riqueza acumulada por los pobres es 55 veces la suma de toda la inversión extranjera registrada allí, Canal de Suez y represa de Assuán incluidos.
En Haití, el país más deprimido de América Latina, los activos totales de los pobres representan más de 150 veces toda la inversión extranjera recibida desde que se independizaron de Francia en 1804" (p. 27).
De ser así, ¿por qué la falta de éxito del capitalismo en los países pobres? Este es uno de los misterios del capital estudiados por el autor (enuncia y analiza cinco). Y ahí va su respuesta, de la que también se desprende una moraleja y bosquejo de solución: 3) Porque "se trata de una posesión defectuosa... activos difíciles de convertir en capital... no sirven como garantía para un préstamo ni como participación en una inversión" (p. 27). Es un mundo donde las identificaciones domiciliarias no pueden cumplirse con facilidad, y lo mismo ocurre con los títulos de propiedad; un mundo donde nadie puede ser obligado a pagar sus deudas y los bienes no pueden convertirse en dinero. En ese universo estaría fallando -cree el autor- una adecuada "representación" que permita llevar a sus activos una vida paralela en el mundo del capital; fallaría la percepción de lo invisible (el capital) en lo visible (los activos y, también, el dinero). Los pobres tienen casas, pero no títulos; cosechas, pero carecen de certificaciones de propiedad; negocios y no escrituras, etcétera. La gracia de Occidente es haber construido desde su historia (por ejemplo, en USA, desde la conquista salvaje del Oeste, donde los títulos de propiedad inicialmente solapaban donaciones de la corona británica con compras a los indígenas) una invisible y segura red para representar el poder oculto en activos que acumulamos y que pueden parecer sólo chatarra. El capital es ese potencial escondido (como la energía en la materia, o como la electricidad en un pacífico lago de altura) que confundimos fácilmente con el dinero pero no lo es. El dinero es herramienta, como tal carece de ese poder extraordinario de la percepción imaginaria que ve (como Einstein) cuánta energía alberga un trozo de materia; o ve (como el ingeniero) cuánta electricidad hay en el lago dormido en las alturas si aprovecha su gradiente.
Uno podrá preguntar al autor: ¿acaso ese precioso capital de la mirada transformadora de lo real no es un asunto cultural? Hernando de Soto prefiere detenerse en otro asunto y mostrar (con gráficos y argumentos convincentes) que los países pobres carecen de ese sistema occidental "de propiedad formal" que "es la planta hidroeléctrica del capital" (p. 75). La actual división "entre países avanzados y el resto del mundo es, en buena medida, la diferencia entre países donde la propiedad legal está difundida y países donde las clases están divididas en dos: quienes pueden fijar los derechos de propiedad y producir capital y quienes no pueden" (p. 214).
El libro tiene varias virtudes. Una de ellas es que sustrae el análisis del plano ideológico en que normalmente viene envuelto ("hemos cerrado nuestros libros y abierto los ojos para salir a las calles y al campo de cuatro continentes para sacar la cuenta de la suma ahorrada por los sectores más pobres" (p. 31). Otra es su claridad, el sano prejuicio de mostrar en los hechos sus afirmaciones, por muy a contrapelo que estén de creencias arraigadas. Finalmente, se trata de una mirada histórico-filosófica de la economía, lo cual es poco usual en estos estudios. Todo ello hace muy atractiva su lectura.
(c) LA GACETA
La formularé en tres de sus componentes centrales: 1) el fracaso del capitalismo en los países en vías de desarrollo y en los que salen del comunismo (que conforman cinco sextas partes de la población mundial) no obedece a motivos "culturales". A su juicio no puede repetirse que a esa población le haya faltado el espíritu de la Reforma protestante de 1529, o la cultura del trabajo, o la voluntad de ahorro, por ejemplo. "Sugerir que el factor cultural subyace al éxito en lugares tan disímiles como Japón, Suiza o California y que la cultura, a su vez, da cuenta de la pobreza relativa de lugares tan dispares como China, Estonia o Baja California, es peor que inhumano: no es convincente" (p. 26). Pero aquí viene lo sorprendente de su idea: 2) "La mayoría de los pobres ya posee los activos que precisa para hacer del capitalismo un éxito. Hasta en los países menos desarrollados, los pobres ahorran. El volumen juntado por los pobres es inmenso: 40 veces la ayuda exterior del mundo desde 1945. En Egipto, por ejemplo, hemos estimado que la riqueza acumulada por los pobres es 55 veces la suma de toda la inversión extranjera registrada allí, Canal de Suez y represa de Assuán incluidos.
En Haití, el país más deprimido de América Latina, los activos totales de los pobres representan más de 150 veces toda la inversión extranjera recibida desde que se independizaron de Francia en 1804" (p. 27).
De ser así, ¿por qué la falta de éxito del capitalismo en los países pobres? Este es uno de los misterios del capital estudiados por el autor (enuncia y analiza cinco). Y ahí va su respuesta, de la que también se desprende una moraleja y bosquejo de solución: 3) Porque "se trata de una posesión defectuosa... activos difíciles de convertir en capital... no sirven como garantía para un préstamo ni como participación en una inversión" (p. 27). Es un mundo donde las identificaciones domiciliarias no pueden cumplirse con facilidad, y lo mismo ocurre con los títulos de propiedad; un mundo donde nadie puede ser obligado a pagar sus deudas y los bienes no pueden convertirse en dinero. En ese universo estaría fallando -cree el autor- una adecuada "representación" que permita llevar a sus activos una vida paralela en el mundo del capital; fallaría la percepción de lo invisible (el capital) en lo visible (los activos y, también, el dinero). Los pobres tienen casas, pero no títulos; cosechas, pero carecen de certificaciones de propiedad; negocios y no escrituras, etcétera. La gracia de Occidente es haber construido desde su historia (por ejemplo, en USA, desde la conquista salvaje del Oeste, donde los títulos de propiedad inicialmente solapaban donaciones de la corona británica con compras a los indígenas) una invisible y segura red para representar el poder oculto en activos que acumulamos y que pueden parecer sólo chatarra. El capital es ese potencial escondido (como la energía en la materia, o como la electricidad en un pacífico lago de altura) que confundimos fácilmente con el dinero pero no lo es. El dinero es herramienta, como tal carece de ese poder extraordinario de la percepción imaginaria que ve (como Einstein) cuánta energía alberga un trozo de materia; o ve (como el ingeniero) cuánta electricidad hay en el lago dormido en las alturas si aprovecha su gradiente.
Uno podrá preguntar al autor: ¿acaso ese precioso capital de la mirada transformadora de lo real no es un asunto cultural? Hernando de Soto prefiere detenerse en otro asunto y mostrar (con gráficos y argumentos convincentes) que los países pobres carecen de ese sistema occidental "de propiedad formal" que "es la planta hidroeléctrica del capital" (p. 75). La actual división "entre países avanzados y el resto del mundo es, en buena medida, la diferencia entre países donde la propiedad legal está difundida y países donde las clases están divididas en dos: quienes pueden fijar los derechos de propiedad y producir capital y quienes no pueden" (p. 214).
El libro tiene varias virtudes. Una de ellas es que sustrae el análisis del plano ideológico en que normalmente viene envuelto ("hemos cerrado nuestros libros y abierto los ojos para salir a las calles y al campo de cuatro continentes para sacar la cuenta de la suma ahorrada por los sectores más pobres" (p. 31). Otra es su claridad, el sano prejuicio de mostrar en los hechos sus afirmaciones, por muy a contrapelo que estén de creencias arraigadas. Finalmente, se trata de una mirada histórico-filosófica de la economía, lo cual es poco usual en estos estudios. Todo ello hace muy atractiva su lectura.
(c) LA GACETA
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