30 Junio 2002 Seguir en 

El propósito de esta engolada disertación es "establecer por qué pasa lo que nos pasa... y posibles vías de recuperación". Para el autor una de ellas aparece encadenada a la "toma de la Bastilla de bazar" del cerril "cacerolazo".
Llama a este ejercicio de la violencia "movimiento espontáneo, fabuloso, original y revolucionario, indudablemente genuino... que tiene muchos rostros como los cabellos de la medusa... se puso las pilas para acabar con sus verdugos... es complejo y multiforme y eso es fantástico porque la imaginación colectiva demuestra ser mucho más rica que la ramplona y vulgar de los políticos profesionales".
La cita hace perceptible el desaprensivo uso de adjetivos calificativos como "fabuloso" y "fantástico", por quien luego critica el "cacerolazo", remitiéndonos a un artículo suyo en Página/12, "La Ley del Gallinero y una Teoría del Cacerolazo", donde sostiene que muchos de los caceroleros debían ser destinatarios de los cacerolazos. Difícil pero no imposible contorsionismo político en el que no parece que deban depositarse grandes esperanzas.
El autor titula cada capítulo catastróficamente, el del siete, por ejemplo: "El ?modelo? basura del ajuste infinito, el privilegio y la violencia". Y para evitar tales iniquidades propone, en un manifiesto firmado por veinte intelectuales: "La suspensión real de la deuda externa pública, por seis meses". No explica cómo ese misterioso límite hace seguro el éxito de su propuesta.
Muchas ideas expuestas por el autor coinciden con las mías pero, a pesar de ciertas vetas de irrealidad que recorren mi pensamiento, no suelo confundir lo imaginario con lo posible. Ni puedo, a pesar de esa similitud ideológica, adherirme a la ineptitud del delirio ni a sus ridículas consecuencias de limitar la responsabilidad colectiva a quienes, como el propio autor, tienen actividades políticas o extenderla generosamente a todos, que deben abandonar el poder delegándolo en los azules del cielo.
Seguramente esta nota debía ser menos exasperantemente sincera, pero no hay que confundir la imparcialidad con la complicidad ni con la burla solapada.
(c) LA GACETA.
Llama a este ejercicio de la violencia "movimiento espontáneo, fabuloso, original y revolucionario, indudablemente genuino... que tiene muchos rostros como los cabellos de la medusa... se puso las pilas para acabar con sus verdugos... es complejo y multiforme y eso es fantástico porque la imaginación colectiva demuestra ser mucho más rica que la ramplona y vulgar de los políticos profesionales".
La cita hace perceptible el desaprensivo uso de adjetivos calificativos como "fabuloso" y "fantástico", por quien luego critica el "cacerolazo", remitiéndonos a un artículo suyo en Página/12, "La Ley del Gallinero y una Teoría del Cacerolazo", donde sostiene que muchos de los caceroleros debían ser destinatarios de los cacerolazos. Difícil pero no imposible contorsionismo político en el que no parece que deban depositarse grandes esperanzas.
El autor titula cada capítulo catastróficamente, el del siete, por ejemplo: "El ?modelo? basura del ajuste infinito, el privilegio y la violencia". Y para evitar tales iniquidades propone, en un manifiesto firmado por veinte intelectuales: "La suspensión real de la deuda externa pública, por seis meses". No explica cómo ese misterioso límite hace seguro el éxito de su propuesta.
Muchas ideas expuestas por el autor coinciden con las mías pero, a pesar de ciertas vetas de irrealidad que recorren mi pensamiento, no suelo confundir lo imaginario con lo posible. Ni puedo, a pesar de esa similitud ideológica, adherirme a la ineptitud del delirio ni a sus ridículas consecuencias de limitar la responsabilidad colectiva a quienes, como el propio autor, tienen actividades políticas o extenderla generosamente a todos, que deben abandonar el poder delegándolo en los azules del cielo.
Seguramente esta nota debía ser menos exasperantemente sincera, pero no hay que confundir la imparcialidad con la complicidad ni con la burla solapada.
(c) LA GACETA.
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