30 Junio 2002 Seguir en 

Una suerte de acné intelectual pretende catalogar últimamente a Carlos Fuentes, en tono peyorativo, como un "intelectual orgánico del poder". Se trata de provocadores ilustrados para quienes el poder constituye, por principio, una maquinaria del mal que inocula su veneno sobre los pobres individuos que lo conforman para acabar fagocitando ineludiblemente sus signos vitales, entre ellos el talento. Felizmente, la propia historia puede refutar esta premisa con un vasto catálogo de artistas, de todas las artes y épocas, cuyos dones no sólo no se eclipsaron sino que florecieron frondosos entre los meandros del poder. Puede que muchas veces en un conflicto interno con ese hábitat, pero tal observación, en todo caso, no haría más que avalar el territorio.
Esto se deba quizá a que el talento es una herramienta amoral, y los hados, que descreen de los apotegmas maniqueos de estos predicadores letrados, prodigan sus dones con absoluto desprejuicio sin discriminar territorios ni linajes. De ahí que, tal vez como un modo de reparar las injusticias de los hombres, los hagan aflorar con igual suerte por penales, lupanares, monasterios, palacetes, chozas, rascacielos y otra vastedad de paisajes que suelen poblar la geografía del orbe.
En última instancia, cada cual experimenta y desarrolla su tarea creadora apoltronado en el paisaje que mejor lo inspire, sea en las sendas oficiales o en los sinuosos derroteros de la marginalidad; y tiene derecho a cambiar de aire cuantas veces le resulte confortable. Si su obra vale, sobrevivirá a sus propios zigzagueos y a toda esa sarta de vanas supersticiones y prejuicios ambientales.
Además, en última instancia, el candoroso afán por dirimir entre antros de pureza y guaridas abyectas se toparía con una penosa frustración: la harto ardua posibilidad de hallar algún ambiente poblado por hombres y libre a la vez de la condición humana.
A Fuentes, claro, todo esto le resbala y, ya consagrado como uno de los referentes del boom latinoamericano (epíteto, dicho sea de paso, que apiló a un grupo de autores carentes de unidad estilística alguna, pero que resultó funcional al mercado editorial eurocentrista), ha sabido reemplazar con elocuencia a su compatriota Octavio Paz en el ejercicio del "padrinazgo literario mexicano" y representado en los últimos años a su país como una especie de "embajador itinerante" por diversos foros internacionales, regocijando estos usuales eventos soporíferos con su carisma, su esgrima retórica y la belleza expresiva de sus enunciados. Porque el hecho de que tales conceptos puedan ser materia de debate no invalida la virtud o el encanto literario de su enunciación.
Ahora bien, infortunadamente las cinco nouvelles que conforman Constancia y otras novelas para vírgenes (rubricadas entre 1986 y 1988, publicadas por primera vez en 1994 y hoy reeditadas) no están a la altura del prestigio internacional merecidamente recogido por Fuentes con La región más transparente o La muerte de Artemio Cruz, por citar dos de sus más relevantes trabajos. De relacionárselas con su trayectoria, podría decirse incluso que se trata de obras fallidas como unidad; aunque no carentes, por fragmentos, de una prosa encantadora, con ciertos retazos reflexivos de su inconfundible cuño y, quizá su mayor mérito, de una ductilidad notable para establecer cinco bien diferenciados registros tonales.
Valga acotar, en principio para no alentar falsas esperanzas, que el título no alude a la virginidad más literal y prosaica sino a aquella que precede a las experiencias que nos marcan para siempre delatando la castidad emocional en que nos encontrábamos inmersos.
En el relato inicial, que da título al libro, Fuentes logra exponer con una destreza asombrosa el clima y la idiosincrasia de Savannah (Georgia), con pinceladas de trazo más bien impresionista, pero se muestra menos diestro en el manejo de la trama, donde no acaba de cerrar el pretendido enroque espectral de su final.
Curiosamente, lo contrario ocurre en "Viva mi fama", donde un supuesto fantasma de Goya deambula entre toreros en un estilo recargado y obsesionado por el costumbrismo que acaba en una mera "españolada" de retruécanos verbales y falsetes cargados de acento y color local.
En tanto, en "El prisionero de Las Lomas" o en "La desdichada", donde el autor se sumerge en sus raíces mexicanas, lo recargado del estilo no atenta contra la fluidez del relato. En el primero, lo más logrado del volumen, la idea del conquista- dor-conquistado se establece en un protagonista que acaba prisionero en su propio palacete (como en El sirviente, de Losey), rehén de sus propios fantasmas y de una familia infinita de lúmpenes que se renuevan periódicamente.
El otro lo protagonizan dos estudiantes de letras con ínfulas de escritores, víctimas de un triángulo amoroso con un maniquí que acaba vulnerando su amistad.
El último, "Gente de razón", nuevamente triangula las pasiones, aunque en este caso bordeando el tabú del incesto, entre dos gemelos y su aparente hermana, en una trama donde se funden las razones del México opulento con la desmesura irracional de su mitología popular.
Los degustadores de la prosa de Fuentes encontrarán entonces, como siempre, bellos argumentos para acometer su lectura, pero saldrán defraudados si aspiran a reencontrarse con su mejor literatura.
(c) LA GACETA.
Esto se deba quizá a que el talento es una herramienta amoral, y los hados, que descreen de los apotegmas maniqueos de estos predicadores letrados, prodigan sus dones con absoluto desprejuicio sin discriminar territorios ni linajes. De ahí que, tal vez como un modo de reparar las injusticias de los hombres, los hagan aflorar con igual suerte por penales, lupanares, monasterios, palacetes, chozas, rascacielos y otra vastedad de paisajes que suelen poblar la geografía del orbe.
En última instancia, cada cual experimenta y desarrolla su tarea creadora apoltronado en el paisaje que mejor lo inspire, sea en las sendas oficiales o en los sinuosos derroteros de la marginalidad; y tiene derecho a cambiar de aire cuantas veces le resulte confortable. Si su obra vale, sobrevivirá a sus propios zigzagueos y a toda esa sarta de vanas supersticiones y prejuicios ambientales.
Además, en última instancia, el candoroso afán por dirimir entre antros de pureza y guaridas abyectas se toparía con una penosa frustración: la harto ardua posibilidad de hallar algún ambiente poblado por hombres y libre a la vez de la condición humana.
A Fuentes, claro, todo esto le resbala y, ya consagrado como uno de los referentes del boom latinoamericano (epíteto, dicho sea de paso, que apiló a un grupo de autores carentes de unidad estilística alguna, pero que resultó funcional al mercado editorial eurocentrista), ha sabido reemplazar con elocuencia a su compatriota Octavio Paz en el ejercicio del "padrinazgo literario mexicano" y representado en los últimos años a su país como una especie de "embajador itinerante" por diversos foros internacionales, regocijando estos usuales eventos soporíferos con su carisma, su esgrima retórica y la belleza expresiva de sus enunciados. Porque el hecho de que tales conceptos puedan ser materia de debate no invalida la virtud o el encanto literario de su enunciación.
Ahora bien, infortunadamente las cinco nouvelles que conforman Constancia y otras novelas para vírgenes (rubricadas entre 1986 y 1988, publicadas por primera vez en 1994 y hoy reeditadas) no están a la altura del prestigio internacional merecidamente recogido por Fuentes con La región más transparente o La muerte de Artemio Cruz, por citar dos de sus más relevantes trabajos. De relacionárselas con su trayectoria, podría decirse incluso que se trata de obras fallidas como unidad; aunque no carentes, por fragmentos, de una prosa encantadora, con ciertos retazos reflexivos de su inconfundible cuño y, quizá su mayor mérito, de una ductilidad notable para establecer cinco bien diferenciados registros tonales.
Valga acotar, en principio para no alentar falsas esperanzas, que el título no alude a la virginidad más literal y prosaica sino a aquella que precede a las experiencias que nos marcan para siempre delatando la castidad emocional en que nos encontrábamos inmersos.
En el relato inicial, que da título al libro, Fuentes logra exponer con una destreza asombrosa el clima y la idiosincrasia de Savannah (Georgia), con pinceladas de trazo más bien impresionista, pero se muestra menos diestro en el manejo de la trama, donde no acaba de cerrar el pretendido enroque espectral de su final.
Curiosamente, lo contrario ocurre en "Viva mi fama", donde un supuesto fantasma de Goya deambula entre toreros en un estilo recargado y obsesionado por el costumbrismo que acaba en una mera "españolada" de retruécanos verbales y falsetes cargados de acento y color local.
En tanto, en "El prisionero de Las Lomas" o en "La desdichada", donde el autor se sumerge en sus raíces mexicanas, lo recargado del estilo no atenta contra la fluidez del relato. En el primero, lo más logrado del volumen, la idea del conquista- dor-conquistado se establece en un protagonista que acaba prisionero en su propio palacete (como en El sirviente, de Losey), rehén de sus propios fantasmas y de una familia infinita de lúmpenes que se renuevan periódicamente.
El otro lo protagonizan dos estudiantes de letras con ínfulas de escritores, víctimas de un triángulo amoroso con un maniquí que acaba vulnerando su amistad.
El último, "Gente de razón", nuevamente triangula las pasiones, aunque en este caso bordeando el tabú del incesto, entre dos gemelos y su aparente hermana, en una trama donde se funden las razones del México opulento con la desmesura irracional de su mitología popular.
Los degustadores de la prosa de Fuentes encontrarán entonces, como siempre, bellos argumentos para acometer su lectura, pero saldrán defraudados si aspiran a reencontrarse con su mejor literatura.
(c) LA GACETA.
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