El destino, la muerte y la paranoia en Salvador Dalí

Por Juan-Jacobo Bajarlía. Para LA GACETA - BUENOS AIRES

23 Junio 2002
Los que no creen en el destino pueden mirar hacia Sócrates o Rilke. O hacia François Villon o Ambrose Bierce. Hacia muchos otros. Los dos primeros murieron predeterminados por sus pensamientos.
Hallaron la única muerte válida que fluctuaba en sus mentes. Los otros perecieron en ausencia. Nadie sabe dónde ni cómo. Pero, sí, sabemos que negaban la realidad. El mundo les era hostil. Luego, no pudieron morir en la realidad.
Desaparecieron de ella, transfigurados en irrealidad.
El destino existe. El hombre lo elabora o lo lleva implícito para enfrentarse a sí mismo. Es el espejo que debe traspasar después de ver reflejada su imagen.

Imágenes delirantes
De Salvador Dalí podemos decir otro tanto. En 1935 publica su ensayo sobre La conquista de lo irracional, en el que desarrolla su teoría de la paranoia crítica. Está en su plenitud surrealista, con las antenas dirigidas hacia el Primer Manifiesto del Surrealismo (1924), de André Breton. Hacia esa conquista del automatismo psíquico en el que el sueño y la realidad se tocan en un enigmático punto de sutura que el creador debe descubrir.Dalí analiza esta otra realidad. Esta ingente surrealidad que se nutre del inconsciente. Comienza por analizar el Discours sur le peu de Realité, de André Breton, y obtiene una conclusión original referida al delirio. Las imágenes delirantes -nos dirá- tienen existencia objetiva y física en la realidad. Y luego su definición de la paranoia crítica: "Actividad paranoico-crítica: método espontáneo de conocimiento irracional basado en la asociación interpretativa crítica de los fenómenos delirantes".
A partir de esta actividad crítica, "líquido revelador de imágenes, asociaciones, coherencias y sutilezas sistemáticas graves", en que se produce la instantaneidad delirante, observa que sus Relojes blandos (definibles por la teoría de Einstein), no son otra cosa que un camenbert paranoico-crítico que explicaría su condición de solitario del tiempo y del espacio. Si estas magnitudes se curvan o se contraen de acuerdo con la Relatividad, sus relojes y su vida también se derretirán hacia el vacío.
Salvador Dalí se acerca, en otro orden, a la patafísica que Alfred Jarry definía como la ciencia de las soluciones imaginarias, según puede verse en sus Gestes et Opinions du Docteur Faustroll, pataphysicien, roman néoscientifique (1911). Paranoia crítica y patafísica completarían así los fundamentos de un enfoque revolucionario de la obra estética que ya existían en las instancias arquetípicas. C.G. Jung, por distintas vías, anticipándose a nuestro tiempo, lo demostraría magistralmente en sus obras.
Dalí, citando a Jacques Lacan (De la psychose paranoïauque dans ses rapports avec la personalité, obra de 1932), desarrollará sus ideas en otro ensayo aparecido en Minotaure (núm. 1, 1935): Nuevas consideraciones generales sobre el mecanismo del fenómeno paranoico desde el punto de vista surrealista. Aquí estudiaba la necesidad de contribuir a sistematizar la confusión para contribuir -como expresaba- al descrédito de la realidad. El mundo de la fantasía y la imaginación eran superiores al entorno.
Lo curioso es que en ambas piezas está, ya, impreso el destino de Dalí. Su destino paranoico-irracional, estrictamente imaginario, con delirios que modifican la realidad.
Recordemos algunos hechos. Gala, su mujer, había muerto en 1982. "Vendré en seguida, no te enfades", dice solemne ante su tumba. Y desde ese instante se deja "matar de hambre". Come poco. Cree que las comidas se han hecho para los cerdos. Su imaginación vuela. Se arrastra en el absurdo paranoico. Cae en la desnutrición y la depresión. Y repentinamente, como el Gregorio Samsa de La metamorfosis, de Kafka, que reptaba por las paredes convertido en un insecto, Dalí, transfigurado en caracol (está convencido de ello), también comienza a reptar por las habitaciones de su casa de Port Lligat, en Cadaqués. El mundo se puebla de seres mínimos con los que él habita.
Y así, reptando, caminando en "4 patas", quiere llegar al mar para ver su espíritu hundido en las aguas. Un año después, en 1984, es ya un hombre anémico, una sombra de sí mismo que se arrastra en el castillo de Pubol, en el Alto Ampurdam. Allí escribe un tratado de 20 páginas sobre Signos catastróficos, y una tragedia, Martirio, cuya primera palabra es Telón. La termina antes de empezarla.
Tiene ya el mal de Parkinson y la sangre amortajada. Un incendio le produce quemaduras de segundo y tercer grado. Pide entonces que lo lleven al museo Figueras. Y lo llevan. Quiere sobrevivir en materia al lado de la materia.
Después lo internan en una clínica y nuevamente le dan de comer. Pero él, fiel a su irracionalismo paranoico, firme con su imaginación, escupe los alimentos, y exige que lo embalsamen para ser exhibido durante todos los días de su eternidad. Solicita, asimismo, que lo pongan junto a Gala, a la que amará en la otra vida.
Es el destino. El destino que él videnció en su escritura y en los hechos de esa vida en la que siempre jugó con la realidad. Ahora, posiblemente, reptará por las nubes. Por las paredes fervorosas del cielo. Dejará de ser un caracol para transfigurarse en un ángel de bigotes que explorará el espacio-tiempo de la creación. (c) LA GACETA

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