23 Junio 2002 Seguir en 

He pensado siempre que frente a la eternidad y al destino lo único que queda es la esperanza y la duda como valores permanentes. Pero es necesario hacer una acotación. Todo cuanto hacemos, decimos o pensamos no alcanza a cubrir esa región inmensa donde imperan la noche y el misterio. ¿De dónde vienen? ¿Está la región de la materia oscura inserta también en la vida del hombre?
Desde mis primeros años he vivido en las montañas, y en mis años de juventud, una de mis actividades frecuentes era correr las altas cumbres en expediciones de caza. Un día me aparté de los baquianos que me acompañaban y, en un peñascal desolado de las sierras, sufrí la fractura seria de una pierna.
El dolor era intenso. Caía la tarde. Apenas si tuve tiempo de buscar, casi arrastrándome, un refugio bajo una enorme roca. Allí me guarecí. En la cueva había restos de yaretas secas con las que conseguí encender un fuego, destinado a librarme del frío de la noche.
Esos esfuerzos trajeron, como consecuencia, que los dolores se complicaran con una intensa fiebre y un constante delirio.
¡La noche era increíble! El viento gritaba entre las peñas con aullidos humanos. Fue en uno de esos momentos cuando lo vi.
Estaba sentado en una roca un poco más allá del fuego de modo que las llamas lo hacían parecer enorme. Me asusté y tomé el arma que llevaba conmigo, pero la extraña aparición levantó su mano y la paz se firmó entre nosotros. Tenía el pecho poderoso, la mirada profunda. De pronto comenzó a decirme cosas en un idioma mudo.
-Soy el dueño de la tierra -decía-. El único que queda de los que fugamos de Esteco, la ciudad maldita.
-¿Qué, quién eres?- le pregunté entre los sacudones de la fiebre.
-Un indio, un diaguita -respondió-. Aquí, donde ahora estamos, libró mi pueblo su última batalla.
Se hizo, entonces, un largo silencio. La fiebre y el dolor se acrecentaban. La silueta oscura del guerrero, porque ahora sabía que era un guerrero, se esfumaba por momentos. Ya no percibía sus mensajes. Sólo sentía su mente buscando quién sabe que cosa. Al fin volvimos a estar juntos, pero no ya con palabras o con impulsos mentales. Su manera de comunicarse era ahora distinta. Se comunicaba por imágenes físicas.
Y yo estaba ahí, en medio de los hechos y de las cosas que me decía y contaba. Con claridad comprendía que estaba viviendo una experiencia increíble, la experiencia de vivir una vida o muchas vidas, que habían sido vividas por otros en épocas lejanas.Supe, entonces, de la rebelión contra los encomenderos españoles de Esteco, esa ciudad extraña, y de la fuga de hombres, mujeres y niños hacia los cerros.
Cuando salimos -digo salimos porque yo estaba ahí con ellos como uno más de los que queríamos ser libres- promediaba la noche. Los jefes habían dispuesto que nos dirigiéramos hacia el sur. Caminábamos alegres. Las mujeres y los niños reían por cualquier cosa, iban tras de los conejos y los pájaros. Solamente los jefes más viejos se veían preocupados. Ellos sabían que tal vez en una vuelta del camino estaría esperándonos la muerte. Nada ocurrió, sin embargo, y así llegamos a las cumbres altas. Todo parecía tranquilo, todo era nuestro, las rocas, la distancia y el infinito mundo de los cielos.
Acampamos al borde de los precipicios rocosos, que caen hacia la meseta árida de los Cardones. Eramos libres y así seguiríamos siempre, aunque los ancianos parecían no estar muy seguros. Pusieron centinelas en las rocas altas. Uno de ellos, un indio que veía como las águilas, gritó en un atardecer helado: ¡ya vienen!
Llegaron días después y comenzó la lucha. No por la gloria, ni por el triunfo, sino por la muerte. Una lucha para morir en la tierra que nos pertenecía, en nuestra tierra.
Todas las escenas, todos los momentos de dolor, los cuerpos torturados desangrándose, los gritos de rencor de los heridos y los moribundos eran captados, uno a uno, por mí a través de esa sucesión de imágenes que me transmitía sin piedad mi extraño visitante.
Los soldados barbudos de España nos cercaron al fin al borde de los peñascales, que dan hacia el abismo del Alto de las Nieves. No había ya posibilidades de salvación y fue entonces cuando los jefes tomaron la decisión tremenda. Había que matar a las mujeres y a los niños para que no fueran torturados o esclavizados para siempre. Ocurrieron escenas espantosas cuando los arrojaban vivos al vacío. Se escuchaba el caer de los cuerpos y el romperse de los cráneos contra las rocas. Hubo, entonces, algo que me sorprendió más allá de lo imaginable: las mujeres y los niños no lloraban, morían en silencio. Morían porque había que morir.
Un guerrero ensangrentado y mal herido se acercó a una joven. Le arrancó de los brazos a un niño de seis años y tomándola de la cintura la arrojó a la muerte. Luego pareció que iba a hacer lo mismo con el pequeño, que lo miraba sin temor. Pero no fue así. Le acarició, en cambio, la cabeza y señalándole a lo lejos le dijo: "Huye, tú no morirás".
Atravesados por las espadas y las lanzas los pocos que quedaban murieron al amanecer, con excepción de algunos heridos que los españoles encontraron entre las rocas, refugiados como bestias perseguidas. Después sólo fuimos él y yo.
-¿Tú eres el niño?, le pregunté. Pero no obtuve respuesta. El viento aullaba entre las peñas. ¿Entonces... él no era nadie, era sólo la fiebre y una piedra en la noche?
Cuando caía la tarde, los baquianos, que habían recorrido la montaña hasta encontrar mis rastros, llegaron al lugar donde estaba. La fiebre seguía implacable. Deliraba.
Hablaba un idioma extraño. Veía gente que no existía. Decía cosas incomprensibles. Me llevaron al valle y no tardé en encontrarme curado. Pero el extraño visitante de las cumbres se quedó para siempre en mi memoria. (c) LA GACETANOTA
El 12 de enero de 1667 don Alonso de Mercado y Villacorta, gobernador de Salta, comunicó al rey de España detalles de la sublevación de los acalianes, una tribu diaguita, que habría habitado, según todas las posibilidades, en "El Alazán" (¿El Acalián?) un sector de las Cumbres Calchaquíes, próximo a El Infiernillo. Lucharon hasta la muerte. El gobernador y algunas crónicas dicen que, seguros ya de su derrota, arrojaban a sus mujeres y a sus hijos a los abismos para que no sufrieran de por vida la esclavitud que ellos conocían. Un inmenso y en verdad increíble amor a la patria, a la tierra que los vio nacer.
Desde mis primeros años he vivido en las montañas, y en mis años de juventud, una de mis actividades frecuentes era correr las altas cumbres en expediciones de caza. Un día me aparté de los baquianos que me acompañaban y, en un peñascal desolado de las sierras, sufrí la fractura seria de una pierna.
El dolor era intenso. Caía la tarde. Apenas si tuve tiempo de buscar, casi arrastrándome, un refugio bajo una enorme roca. Allí me guarecí. En la cueva había restos de yaretas secas con las que conseguí encender un fuego, destinado a librarme del frío de la noche.
Esos esfuerzos trajeron, como consecuencia, que los dolores se complicaran con una intensa fiebre y un constante delirio.
¡La noche era increíble! El viento gritaba entre las peñas con aullidos humanos. Fue en uno de esos momentos cuando lo vi.
Estaba sentado en una roca un poco más allá del fuego de modo que las llamas lo hacían parecer enorme. Me asusté y tomé el arma que llevaba conmigo, pero la extraña aparición levantó su mano y la paz se firmó entre nosotros. Tenía el pecho poderoso, la mirada profunda. De pronto comenzó a decirme cosas en un idioma mudo.
-Soy el dueño de la tierra -decía-. El único que queda de los que fugamos de Esteco, la ciudad maldita.
-¿Qué, quién eres?- le pregunté entre los sacudones de la fiebre.
-Un indio, un diaguita -respondió-. Aquí, donde ahora estamos, libró mi pueblo su última batalla.
Se hizo, entonces, un largo silencio. La fiebre y el dolor se acrecentaban. La silueta oscura del guerrero, porque ahora sabía que era un guerrero, se esfumaba por momentos. Ya no percibía sus mensajes. Sólo sentía su mente buscando quién sabe que cosa. Al fin volvimos a estar juntos, pero no ya con palabras o con impulsos mentales. Su manera de comunicarse era ahora distinta. Se comunicaba por imágenes físicas.
Y yo estaba ahí, en medio de los hechos y de las cosas que me decía y contaba. Con claridad comprendía que estaba viviendo una experiencia increíble, la experiencia de vivir una vida o muchas vidas, que habían sido vividas por otros en épocas lejanas.Supe, entonces, de la rebelión contra los encomenderos españoles de Esteco, esa ciudad extraña, y de la fuga de hombres, mujeres y niños hacia los cerros.
Cuando salimos -digo salimos porque yo estaba ahí con ellos como uno más de los que queríamos ser libres- promediaba la noche. Los jefes habían dispuesto que nos dirigiéramos hacia el sur. Caminábamos alegres. Las mujeres y los niños reían por cualquier cosa, iban tras de los conejos y los pájaros. Solamente los jefes más viejos se veían preocupados. Ellos sabían que tal vez en una vuelta del camino estaría esperándonos la muerte. Nada ocurrió, sin embargo, y así llegamos a las cumbres altas. Todo parecía tranquilo, todo era nuestro, las rocas, la distancia y el infinito mundo de los cielos.
Acampamos al borde de los precipicios rocosos, que caen hacia la meseta árida de los Cardones. Eramos libres y así seguiríamos siempre, aunque los ancianos parecían no estar muy seguros. Pusieron centinelas en las rocas altas. Uno de ellos, un indio que veía como las águilas, gritó en un atardecer helado: ¡ya vienen!
Llegaron días después y comenzó la lucha. No por la gloria, ni por el triunfo, sino por la muerte. Una lucha para morir en la tierra que nos pertenecía, en nuestra tierra.
Todas las escenas, todos los momentos de dolor, los cuerpos torturados desangrándose, los gritos de rencor de los heridos y los moribundos eran captados, uno a uno, por mí a través de esa sucesión de imágenes que me transmitía sin piedad mi extraño visitante.
Los soldados barbudos de España nos cercaron al fin al borde de los peñascales, que dan hacia el abismo del Alto de las Nieves. No había ya posibilidades de salvación y fue entonces cuando los jefes tomaron la decisión tremenda. Había que matar a las mujeres y a los niños para que no fueran torturados o esclavizados para siempre. Ocurrieron escenas espantosas cuando los arrojaban vivos al vacío. Se escuchaba el caer de los cuerpos y el romperse de los cráneos contra las rocas. Hubo, entonces, algo que me sorprendió más allá de lo imaginable: las mujeres y los niños no lloraban, morían en silencio. Morían porque había que morir.
Un guerrero ensangrentado y mal herido se acercó a una joven. Le arrancó de los brazos a un niño de seis años y tomándola de la cintura la arrojó a la muerte. Luego pareció que iba a hacer lo mismo con el pequeño, que lo miraba sin temor. Pero no fue así. Le acarició, en cambio, la cabeza y señalándole a lo lejos le dijo: "Huye, tú no morirás".
Atravesados por las espadas y las lanzas los pocos que quedaban murieron al amanecer, con excepción de algunos heridos que los españoles encontraron entre las rocas, refugiados como bestias perseguidas. Después sólo fuimos él y yo.
-¿Tú eres el niño?, le pregunté. Pero no obtuve respuesta. El viento aullaba entre las peñas. ¿Entonces... él no era nadie, era sólo la fiebre y una piedra en la noche?
Cuando caía la tarde, los baquianos, que habían recorrido la montaña hasta encontrar mis rastros, llegaron al lugar donde estaba. La fiebre seguía implacable. Deliraba.
Hablaba un idioma extraño. Veía gente que no existía. Decía cosas incomprensibles. Me llevaron al valle y no tardé en encontrarme curado. Pero el extraño visitante de las cumbres se quedó para siempre en mi memoria. (c) LA GACETANOTA
El 12 de enero de 1667 don Alonso de Mercado y Villacorta, gobernador de Salta, comunicó al rey de España detalles de la sublevación de los acalianes, una tribu diaguita, que habría habitado, según todas las posibilidades, en "El Alazán" (¿El Acalián?) un sector de las Cumbres Calchaquíes, próximo a El Infiernillo. Lucharon hasta la muerte. El gobernador y algunas crónicas dicen que, seguros ya de su derrota, arrojaban a sus mujeres y a sus hijos a los abismos para que no sufrieran de por vida la esclavitud que ellos conocían. Un inmenso y en verdad increíble amor a la patria, a la tierra que los vio nacer.
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