El rigor geométrico y el pensamiento filosófico

Por Gustavo Bernstein

23 Junio 2002
De Grecia en adelante, la historia de la ciencia y la de la filosofía han tenido recurrentes conexiones, gravitando indistintamente una sobre otra o convergiendo en un mismo individuo. No es casual entonces que Isaacson haya apelado al vocablo "Teoremas" para denominar sus reflexiones. Implica una voluntad explícita de inscribirse en una tradición: aquella que se sustenta en la convicción de que el rigor geométrico es aplicable para expresar el pensamiento filosófico.
Ni han sido pocos ni poco ilustres sus cultores, pero en la estructura de este libro, de título más que sugerente, y construido a partir de binomios lingüísticos cuyas tensiones conforman la fisonomía de sus cabildeos, palpitarían, a priori, dos espectros ineludibles: el desarrollo del método cartesiano que Spinoza desplegó en su Etica y el proceso dialéctico que hizo célebre a Hegel.
No obstante, a poco de desandar sus páginas, tanto esa suerte de panteísmo vertebrado en el racionalismo religioso del holandés como los pares antitéticos del alemán, que constituyen su régimen formal del volumen, quedan eclipsados ante la verdadera nutriente de este trabajo: el pensamiento de Martin Buber. Porque Issacson, con notable claridad expositiva, no plantea una antinomia entre fonemas divergentes sino un diálogo entre un Yo y un Tú que, pese a una anatomía de apariencia similar, ostentan temperamentos encontrados. Plantea, en definitiva, una relación entre vocablos, rivales y aliados a la vez, que para hallar su ser precisan reconocerse en la otredad.
Ya el par inicial de estas conjeturas, inscripto en la ecuación Diálogo/Monólogo, delata la presencia buberiana y anticipa un derrotero de lo que deparará en más la sucesión dual de nomenclaturas. Porque si bien el diálogo allí es entendido como una inter-locución, un texto relacional no unidireccional donde el otro me confirma con su respuesta y va facetando mi propio perfil, se advierte que no es su sustento la mera bipolaridad sino la eliminación en el discurso de cualquier atisbo del tono imperativo. Del mismo modo, el monólogo no queda excluido de ese encuentro dialógico, en tanto el Yo se enfrenta consigo mismo y convertido en un Tú se erige como su interlocutor. Se trata, por tanto, de un diálogo especular, donde el discurso, en una intimidad sin veladuras, afronta toda su desnudez.
Es grato advertir cómo la dicotomía verbal del soliloquio retorna luego cuando se abordan vocablos de semejanza etimológica o formal; es decir, cuando aquel que parece uno puede ser su polo opuesto. Son los casos paronímicos de Antonimia/Antinomia o Alineación/Alienación, entre otros, donde la alteridad no apela a la literalidad maniquea de los antónimos.
Otra pareja fértil la componen los verbos Ser/Estar, que trató Kusch en su América profunda y que aquí se reeditan para enfrentar las cosmovisiones idiomáticas del español con las del inglés y el francés a partir de las concepciones de Parménides y de Heráclito. E igualmente lograda es la disertación sobre la fe y la razón o la teología y la geometría que emana del par dialógico Mostración/Demostración. Pero si de mostrar se trata, y dejando su demostración a cargo del autor, un breve catálogo de los duelos verbales más logrados no puede eludir los binomios resolver /solucionar, pensar/razonar, poema/teorema u opción/elección, donde la actividad teorética es la excusa para enhebrar un ideario axiológico.
Ahora, si se entiende al teorema como el enunciado de una proposición que se demuestra por un razonamiento lógico, lo notable del ámbito teoremático impuesto por estos ejercicios es que su desarrollo geométrico no ostenta afortunadamente un carácter conclusivo (que implicaría un contrato de adhesión con el lector) sino, apenas, una tensión dialéctica capaz de poner en movimiento las ideas. Algo, desde luego, más dinámico y mucho más fecundo. (c) LA GACETA

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