23 Junio 2002 Seguir en 

A grandes trazos pesan, sobre Paul Auster, dos factores que dentro de la intelligentzia cultural de estos lares son fuente de sospecha: sus libros se venden masivamente y no desdeña las apariciones públicas. Sin ir más lejos, formó parte de las principales atracciones de la última Feria del Libro de Buenos Aires.
Claro que urge confiar ciegamente en la gratuidad de gustos y opiniones para negarle a Auster toda entidad como novelista o, al menos, como autor de tres o cuatro dignas de encomio: cuanto menos Leviatán, La música del azar, La invención de la soledad y El país de las últimas cosas.Pero si se trata de Creía que mi padre era Dios lo que está en cuestión no son sus modos literarios sino el criterio que aplica en la selección de 179 relatos entre los más de cuatro mil que le enviaron a un programa de radio. Advertido de que ingenuidad y asepsia no son solidarias del acto de elegir, Auster acepta el juego de ser hablado y habitado por infinidad de voces que proceden de norte a sur de los Estados Unidos. Son gente de veinte, sesenta o noventa años, de origen urbano o rural; sacerdotes, convictos, oficinistas, carteros, marinos, músicos, militares. ¿Qué ofrecen? Quizás, como concluye el propio editor, imágenes que de tan pequeñas caben en un bolsillo, como fotos de familia.Es que, en principio, no hay manera de suscribir otros rasgos comunes que aquellos que pasan por la epidermis del autor de Ciudad de cristal. En ese sentido, bien podríamos invertir los términos y observar que, en realidad, es el ojo de Auster el que tiñe a esos personajes de cierta perplejidad ante el exilio al que nos precipita ese mundo que nos construye y no cesamos de construir ("Todos ardemos en las llamas de nuestra propia existencia").
Ahora bien. ¿Qué pasa cuando nos olvidamos de Auster y nos metemos, solos con nuestras almas, en las historias que componen Creía que mi padre era Dios? A simple vista hay dos dificultades. Objetiva, una. Subjetiva, la otra. La primera es el insalvable monto de españolismos que consta en la traducción. La otra es de neto cuño prejuicioso. ¿Cómo interesarse en el anecdotario autobiográfico de un puñado de tipos metidos a escritores que hablan de hábitos tan ajenos?
Acaso Borges nos saque del pantano. Don JL subrayaba que, por más vueltas que le demos al asunto, las obsesiones del alma humana se cuentan con los dedos de una mano. Instalados en esa frecuencia, entonces sí es posible conmoverse con el remordimiento de un señor de Alabama que cuando niño segregó a una niña negra, o divertirse con aquella mujer de Oregon que se sacaba fotos desnuda y las mandaba como tarjetas de Navidad.
En última instancia, allí reside el eventual magnetismo de Creía que mi padre era Dios: en su dimensión de documento etnográfico. Un pueblo capaz de narrarse a sí mismo. Nada menos. (c) LA GACETA
Claro que urge confiar ciegamente en la gratuidad de gustos y opiniones para negarle a Auster toda entidad como novelista o, al menos, como autor de tres o cuatro dignas de encomio: cuanto menos Leviatán, La música del azar, La invención de la soledad y El país de las últimas cosas.Pero si se trata de Creía que mi padre era Dios lo que está en cuestión no son sus modos literarios sino el criterio que aplica en la selección de 179 relatos entre los más de cuatro mil que le enviaron a un programa de radio. Advertido de que ingenuidad y asepsia no son solidarias del acto de elegir, Auster acepta el juego de ser hablado y habitado por infinidad de voces que proceden de norte a sur de los Estados Unidos. Son gente de veinte, sesenta o noventa años, de origen urbano o rural; sacerdotes, convictos, oficinistas, carteros, marinos, músicos, militares. ¿Qué ofrecen? Quizás, como concluye el propio editor, imágenes que de tan pequeñas caben en un bolsillo, como fotos de familia.Es que, en principio, no hay manera de suscribir otros rasgos comunes que aquellos que pasan por la epidermis del autor de Ciudad de cristal. En ese sentido, bien podríamos invertir los términos y observar que, en realidad, es el ojo de Auster el que tiñe a esos personajes de cierta perplejidad ante el exilio al que nos precipita ese mundo que nos construye y no cesamos de construir ("Todos ardemos en las llamas de nuestra propia existencia").
Ahora bien. ¿Qué pasa cuando nos olvidamos de Auster y nos metemos, solos con nuestras almas, en las historias que componen Creía que mi padre era Dios? A simple vista hay dos dificultades. Objetiva, una. Subjetiva, la otra. La primera es el insalvable monto de españolismos que consta en la traducción. La otra es de neto cuño prejuicioso. ¿Cómo interesarse en el anecdotario autobiográfico de un puñado de tipos metidos a escritores que hablan de hábitos tan ajenos?
Acaso Borges nos saque del pantano. Don JL subrayaba que, por más vueltas que le demos al asunto, las obsesiones del alma humana se cuentan con los dedos de una mano. Instalados en esa frecuencia, entonces sí es posible conmoverse con el remordimiento de un señor de Alabama que cuando niño segregó a una niña negra, o divertirse con aquella mujer de Oregon que se sacaba fotos desnuda y las mandaba como tarjetas de Navidad.
En última instancia, allí reside el eventual magnetismo de Creía que mi padre era Dios: en su dimensión de documento etnográfico. Un pueblo capaz de narrarse a sí mismo. Nada menos. (c) LA GACETA
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