23 Junio 2002 Seguir en 

"¡Bendita peste!". Contaba Delfín Leocadio Garassa que tal exclamó una profesora universitaria norteamericana al explicarle él que la fiebre amarilla había exterminado en nuestro país a la gente de color. Pero no es necesario recordar esa anécdota para convencerse de algo evidente: la persistencia en los Estados Unidos del llamado problema negro, al margen de lo que, por ejemplo, buscan mostrar las películas de aquel origen, especialmente las destinadas a la televisión, con la participación cada vez mayor de actores de color en papeles protagónicos.
Pues bien: esta extensa novela de Philip Roth es otra evidencia de tal latente racismo cuando, no obstante extenderse en detalles que nada agregan al problema central, está principalmente dedicada a contarnos acerca de la gran mentira de su protagonista, el profesor y después decano universitario Coleman Silk, quien, siendo negro pero favorecido por la claridad de su piel, vive diciéndose blanco. Por lo cual, ha de añadirse, rompe radicalmente con todos sus vínculos familiares.
Tal es el tema de fondo, profundo, aunque una y otra vez, a lo largo de tantas páginas, no directamente analizado, de La mancha humana. La anécdota central arranca de un equívoco: como profesor, Coleman ha notado la ausencia en el aula de dos alumnos desconocidos y, sin ninguna segunda intención, ha dicho de ellos que se han hecho "negro humo". Por esto, irónicamente, es acusado de racismo y se inicia su desprestigio profesional. Pero, hasta que ello sucede, Roth se detiene una y otra vez en la tarea de señalar, con diversos pretextos -ínfimos sucesos, anécdotas- la importancia del tema de fondo que no es otro que el de la negritud considerada (con buen criterio o con criterio tal vez insoslayable) desde el lado de quienes son las víctimas. Como, por ejemplo, además del propio Coleman Silk, el padre de este, un ponderado personaje preocupado en su momento por adoctrinar a su joven hijo respecto de la "gran amenaza americana", con la que se enfrentará una y otra vez, dice, a lo largo de su vida.
Con avances y retrocesos temporales, la novela se extiende en una alternancia de sucesos y personajes no siempre fácil de seguir. Por ejemplo, con excepción de Faunia Farley no interesan demasiado los restantes personajes y el lector puede pensar que la historia de Coleman se prolonga en exceso; también que la estructura de la novela carece de una unidad mínima cuando, en dos ocasiones, el autor introduce forzadamente largos añadidos sobre un tema, Vietnam, de escasa relación con el tema central. Sí, en cambio, en armonía con este, puesto que se trata del ámbito propio del protagonista, resulta la descripción del medio universitario con sus intrigas, rivalidades y envidias susceptibles de alcanzar la crueldad.
Y a propósito del título, tal vez como dice Faunia: a lo largo de nuestra vida "dejamos una mancha, dejamos un rastro, dejamos nuestra huella. Impureza, crueldad, abuso, error, excremento, semen... no hay otra manera de estar aquí". Somos "criaturas inevitablemente manchadas". En cuanto al protagonista, resume Roth, "su arte consistió en ser blanco, en ser (...) más blanco que los blancos". (Traducción de Jordi Fibla). (c) LA GACETA
Pues bien: esta extensa novela de Philip Roth es otra evidencia de tal latente racismo cuando, no obstante extenderse en detalles que nada agregan al problema central, está principalmente dedicada a contarnos acerca de la gran mentira de su protagonista, el profesor y después decano universitario Coleman Silk, quien, siendo negro pero favorecido por la claridad de su piel, vive diciéndose blanco. Por lo cual, ha de añadirse, rompe radicalmente con todos sus vínculos familiares.
Tal es el tema de fondo, profundo, aunque una y otra vez, a lo largo de tantas páginas, no directamente analizado, de La mancha humana. La anécdota central arranca de un equívoco: como profesor, Coleman ha notado la ausencia en el aula de dos alumnos desconocidos y, sin ninguna segunda intención, ha dicho de ellos que se han hecho "negro humo". Por esto, irónicamente, es acusado de racismo y se inicia su desprestigio profesional. Pero, hasta que ello sucede, Roth se detiene una y otra vez en la tarea de señalar, con diversos pretextos -ínfimos sucesos, anécdotas- la importancia del tema de fondo que no es otro que el de la negritud considerada (con buen criterio o con criterio tal vez insoslayable) desde el lado de quienes son las víctimas. Como, por ejemplo, además del propio Coleman Silk, el padre de este, un ponderado personaje preocupado en su momento por adoctrinar a su joven hijo respecto de la "gran amenaza americana", con la que se enfrentará una y otra vez, dice, a lo largo de su vida.
Con avances y retrocesos temporales, la novela se extiende en una alternancia de sucesos y personajes no siempre fácil de seguir. Por ejemplo, con excepción de Faunia Farley no interesan demasiado los restantes personajes y el lector puede pensar que la historia de Coleman se prolonga en exceso; también que la estructura de la novela carece de una unidad mínima cuando, en dos ocasiones, el autor introduce forzadamente largos añadidos sobre un tema, Vietnam, de escasa relación con el tema central. Sí, en cambio, en armonía con este, puesto que se trata del ámbito propio del protagonista, resulta la descripción del medio universitario con sus intrigas, rivalidades y envidias susceptibles de alcanzar la crueldad.
Y a propósito del título, tal vez como dice Faunia: a lo largo de nuestra vida "dejamos una mancha, dejamos un rastro, dejamos nuestra huella. Impureza, crueldad, abuso, error, excremento, semen... no hay otra manera de estar aquí". Somos "criaturas inevitablemente manchadas". En cuanto al protagonista, resume Roth, "su arte consistió en ser blanco, en ser (...) más blanco que los blancos". (Traducción de Jordi Fibla). (c) LA GACETA
Lo más popular







