Fray Servando y la Guadalupe

Por Carmen Perilli. Para LA GACETA - TUCUMAN

23 Junio 2002
La aparición de la Virgen de Guadalupe al indio Juan Diego y la milagrosa impresión de su imagen en el sayal es objeto de innumerables relatos, poemas, sermones y disquisiciones. Su figura preside el imaginario nacional mexicano desde sus orígenes en el virreinato de la Nueva España. La ermita del Tepeyac fue edificada por los primeros misioneros franciscanos donde los indios adoraban a una antigua diosa madre, Tonatzin. Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, un cronista mexica, reproduce el que parece haber sido el primero: un auto sacramental -el Nican mopohua- obra de un indio noble, Antonio Valeriano, alumno fundador del colegio de Tlatelolco. El relato, dentro de la tópica de las apariciones de la Virgen a pastores en lugares apartados y rocosos, está lleno de alusiones bíblicas y mitológicas. Los ingenuos tropiezos de Juan Diego para cumplir el mandato de la Virgen; la inicial incredulidad del obispo y el espectacular desenlace de la florida estampa le comunican a la obra un corte teatral tan innegable como candoroso. El héroe es Juan Diego y, en segundo lugar, su tío Juan Bernardino, enaltecidos por sus coloquios con la Virgen, "nuestra reina" y tierna madre de los indios.
En la construcción de la narración guadalupana se destaca José Servando Teresa de Mier, Guerra, Buentello e Iglesias, un letrado dominico criollo de clase alta. En 1794 recibe, gracias a su reputación de predicador, la mayor distinción: la encomienda del sermón anual de la Guadalupe el 12 de diciembre en el Tepeyac. La fiesta era una gran celebración a la que asistían autoridades virreinales y pueblo. La costumbre establecía que la prédica se refiriera a la especial gracia concedida por la Virgen. Fray Servando se había declarado profeso y fervoroso guadalupano: "¿Pues qué mucho que sea tan extraordinario el júbilo de la América en las festividades de María de Guadalupe, si así la celebran el cielo y la tierra, los ángeles y los hombres, los pastores y los reyes?... ¿No es este el pueblo escogido, la nación privilegiada y la tierna prole de María señalada en todo el mundo con la insignia gloriosa de su especial protección? ¿Con qué otra provincia, ciudad o pueblo ha hecho la madre de Dios las demostraciones de su afecto que con este reino mil veces afortunado?".
En un primer momento se conforma con la versión tradicional de José Bartolache, intelectual mexicano que admitía que el primer relato era posterior a 1648; ya que la tela del sayal era ayate de pita de iczotl, un material extraño a los indígenas. Unos días antes de terminar la disertación, el destino le puso delante a Ignacio Borunda, un viejo abogado interesado en las antigüedades indias, que decía tener jeroglíficos aztecas que afirmaban que Quetzalcóatl era Santo Tomás y había fundado México antes de la llegada de Cortés. Fascinado por el estrambótico relato, que le permitía sostener la autonomía espiritual de los americanos, De Mier ni siquiera se molestó en leer el manuscrito. Ante un auditorio estupefacto sostuvo que los indios eran la décima generación de los que edificaron la torre de Babel y la decimotercera a partir de Noé. El sermón reúne la antigua narración religiosa tolteca y la narración religiosa española. Declara la necesidad de buscar la verdad en "fábulas alegóricas y jeroglíficos nacionales" los fundamentos de la nación mexicana y afirma que la imagen de María no había sido pintada en la tilma sino en la capa de Santo Tomás. Los indios, cristianos viejos, la habrían adorado durante 1.750 años. Cuando cometieron apostasía contra Quetzalcóatl la sagrada imagen había sido escondida. Por lo tanto, el éxito de los conquistadores se debía a que los indios vieron a su reina peleando del lado de los "hombres barbudos". Como si esto fuera poco, el apasionado fraile asevera que los indios ya conocían los dogmas fundamentales del cristianismo antes del arribo español, ya que adoraban a María como Teotenazín "enteramente virgen fidedigna tonacayona". El primer parlamento entre la Virgen y Juan Diego demuestra la familiaridad con ella cuando la llama "niña mía muy querida, reina y dueña". Nuestro "doctor guadalupano" fue tildado de delirante y subversivo y condenado a la cárcel, y sufrió exilio y confinamiento en España.
Poco tiempo después de pronunciar sus palabras se retracta ya que, según dice, una vez que lo lee, encuentra absurdo el manuscrito de Borunda. Pero su penitencia es inútil y la Inquisición dirigida por su tío permaneció neutral. Sale de México para volver 21 años después, "desterrado de la Nueva España por un delito sin delito, por una herejía sin herejía". Fue recluido en el Convento de Caldas, inhabilitado para enseñar, predicar y confesar, y privado de su título de doctor en Teología. En prisión analiza obsesivamente la cuestión guadalupana y escribe todo el tiempo.
Rumia, una y otra vez, los argumentos y acontecimientos que habían rodeado a su homilía. En sus cartas señala que el origen de la historia debía remontarse a Tlatelolco. Ya libre viaja por Europa y se relaciona con hombres como Simón Rodríguez y el Barón Humboldt, convirtiéndose en uno de los ideólogos de la Independencia.
El movimiento patriótico recurre a la guadalupana, transformándola en emblema de la retórica nacionalista. Uno de los hombres responsables de este uso imaginativo del pasado es Servando, cuyas viejas ideas permitían conciliar el indigenismo histórico con la ideología constitucionalista. Su figura contradictoria expresa las tensiones de su tiempo: aristócrata republicano, católico liberal y nacionalista mexicano. Su obsesión con Santo Tomás se debe al deseo de liberar a México de su marca demoníaca.
"Puntualmente en el siglo VI pone Torquemada el desembarco de Quetzalcóatl en Pnuco con siete discípulos venerados después en México como santos y cree fueron todos irlandeses, porque eran rubios, blancos, ojos azules y las caras rayadas de azul, como en aquellos siglos las tenían los irlandeses". Su discurso se mueve entre los argumentos históricos y la fabulación. Incapaz de articular sus ideas más allá de unos cuantos argumentos históricos, Fray Servando nunca se libró de la profunda ambigüedad: en el recién inaugurado Congreso mexicano, y sin ninguna convicción, tuvo que repetir los argumentos del sermón del Tepeyac. La Guadalupe acabó por vencer al monje. (c) LA GACETA

Bibliografía
David Brading, Los orígenes del nacionalismo mexicano, México: Ediciones Era, 1988; Serge Gruzinski, La colonización del imaginario, México: Fondo de Cultura Económica, 1991; Jacques Lafaye, Quetzalcóatl y Guadalupe, México: FCE, 1977; Edmundo O?Gorman, Destierro de sombras, UNAM, 1991; Fray Servando Teresa de Mier, Obras Completas, México: UNAM, México, 1987. (Cuatro Tomos).

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