Un catador de arte

Para LA GACETA - BUENOS AIRES.

16 Junio 2002
Mi amo -a quien un crítico había llamado desaprensivamente "maestro de los colores discordantes"- siempre creyó que yo admiraba sus cuadros por el valor estético de sus creaciones. Por eso no me echaba de las salas en las que colgaba sus telas. Se me ocurre que lo debía envanecer el hecho de que sus obras trascendieran más allá de la consideración humana.
Mi actitud, aparentemente contemplativa, se debía a que me detenía, tenso, frente a alguna de sus obras haciendo esfuerzos desesperados para no lamer aquellas superficies embadurnadas con pigmentos que le hacían a uno agua la boca.
El maestro -yo lo puedo decir con autoridad, pues de una u otra manera pertenezco a la intimidad de su casa- es un "fauve" tardío, quedado en esa corriente plástica, generosa en efusiones cromáticas. Sus enemigos sostenían que esa fijación provenía de su total incapacidad para dibujar formas y figuras inteligibles.
En algunas muestras mi actitud de receptivo entusiasmado se acentuaba. Me acercaba a las telas, meneaba el rabo de izquierda a derecha en signo de aprobación, y olfateaba con deleite aquella pieza magistral y, con mayor deleite aún, la arpillera que cubría las paredes del salón.
La verdad es que la arpillera conservaba añejas reminiscencias de orinas entrañables de tiempos ya lejanos pero aún persistentes en su atractivo erótico.
Algunos de mis congéneres han colaborado con algunos pintores, con la espontaneidad propia de gente ajena a los manierismos académicos. Recuerdo ahora el caso de un fox terrier que ayudó a la consagración de su amo por el acto simple de levantar la pata y dejar fluir contra la tela un chorro impetuoso. El artista tuvo que explicar a los visitantes la magia de aquellas pinceladas que, sin representar nada, decían todo.
Ese acto espontáneo de un desconocido para mí tuvo consecuencias en nuestra vida cotidiana. Antes de una muestra mi amo me paseaba frente a la hilera de telas todavía no enmarcadas. Era evidente que esperaba una participación mía en el perfeccionamiento de la obra.
Yo lo dejé que se arreglara con sus pinceles.

(c) LA GACETA.

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