16 Junio 2002 Seguir en 

Suena el despertador. La mano aletea sobre la mesita hasta que encuentra el reloj y lo apaga; tantea un poco más, alcanza el interruptor de la lámpara y enciende la luz.
Ahora empuja la almohada, retira la sábana y la colcha y se alarga para alcanzar las zapatillas. La misma mano descorre la cortina, empuja la puerta, disfruta con el agua fresca; después de usar el jabón, se seca con la toalla.
En la cocina, fósforos mediante, enciende el gas y pone la pava sobre la hornalla; abre el armario y saca taza, plato y cuchara; y también café, azúcar, leche... y el primer medicamento del día. A su alcance, sobre la mesa, los anteojos y el ejemplar de LA GACETA. Cuando se estira para recogerlo, queda inmóvil de repente, como detenida por algún obstáculo invisible..., como si algo impensado y sorprendente se hubiera interpuesto en su trayectoria..., como dándose cuenta de...
Ahora son los ojos los que reciben el impacto y, recorriendo el paisaje doméstico archiconocido, también se sorprenden: pisos, paredes, techos, ventanas...; libros en los estantes, fotografías sobre la estufa, un tapiz en la pared y una estera sobre el piso; un montón de recuerdos desparramados aquí y allá. Sobre el escritorio, lápices, biromes, tijeras, papeles varios, un almanaque, un costurero, un viejo sacapuntas de madera..., más recuerdos.
Los ojos encuentran también una radio, un teléfono, un televisor; y el ventilador, la heladera, el lavarropas... Nada nuevo, pero...
¿Nada nuevo?... Tal vez, sí, tal vez una nueva manera de mirar, como fue -la de antes- una nueva manera de tocar: a conciencia y con preguntas. Y es una carta recién llegada la que desata el torbellino de averiguaciones; la más convencional: ¿quién la manda?... Pero después, con una urgencia incontenible, aparecen otras preguntas, nunca preguntadas: ¿quién habrá fabricado el sobre?; ¿cuántos habrán hecho bien su trabajo para que este papel sea este papel?; ¿quién habrá cortado el tronco que después fue pulpa y después...?; ¿quién habrá forjado el metal para el hacha?; ¿quién habrá pulido su mango de madera? Y otra vez madera y otra vez árbol (¿quién lo habrá sembrado?...) y otra vez hacha... ¿y quién?...
Ahora es la letra prolija del remitente la que reclama la mirada: lapicera, plástico, metal, el misterio de la tinta..., ¿quiénes...? Pero hay más: esas letras están dibujadas por alguien que sabe -naturalmente- leer y escribir; y eso supone cuadernos y carpetas, libros y guardapolvos, el ómnibus (¿el tranvía?), para llegar al colegio... El ómnibus...: motor, carrocería, asientos, vidrios, neumáticos, combustible... ¿Quién...?, ¿quién...?, ¿quiénes...?; y los conductores, claro... Y el colegio, por supuesto: más pisos y paredes, más techos y ventanas..., ¿quiénes...? Y las maestras, que a su vez alumnas y entonces más maestras y más..., ¿quiénes?
Y ahora esa mano y esos ojos descubren que ya nunca podrán ver o tocar -sea lo que sea- sin correr la aventura de abrir las puertas a esos desconocidos innumerables: ¿quiénes fueron?, ¿quiénes son?, ¿quiénes serán?
Ya no son sólo los ojos y la mano; también sonidos, sabores, aromas remiten a más desconocidos. Este olorcillo a pan caliente ¿cómo sería posible sin tostador (¡y cuántos ahí!), sin panadero, sin levadura, sin harina, sin trigo (¡cuántos más!)? ¿Cuántos (y quiénes...) fueron necesarios para que el dulzor de la mermelada regocije el paladar? ¿Cuántos (y quiénes...) están ahí, en el prodigio de ese piano que suena y de esta radio que lo transmite y de aquel Mozart que fue engendrado, cuidado y enseñado para poder soñar la melodía magnífica?
Y la conciencia, sacudida por el pasmo que producen estos descubrimientos -...¡y cuánto sin descubrir todavía! contagia su estremecimiento al corazón: perdiéndose en el horizonte de los tiempos, desparramada como en un espacio inconmensurable, una multitud inmensa está aquí, presencia invisible de todos aquellos sin los cuales no podríamos tener lo que tenemos, saber lo que sabemos, poder lo que podemos... y en última instancia, ser quienes somos... Si no fuera por esa multitud anónima e inidentificable (sin ignorar a otros tantísimos, nombres o rostros que se escapan de la memoria)..., ¿qué sería de cada uno de nosotros?...Entonces la mano, como despertándose de nuevo, recoge una lapicera, escribe estos párrafos y agrega un último renglón: A los desconocidos innumerables... ¡¡Gracias!!
(c) LA GACETA
Ahora empuja la almohada, retira la sábana y la colcha y se alarga para alcanzar las zapatillas. La misma mano descorre la cortina, empuja la puerta, disfruta con el agua fresca; después de usar el jabón, se seca con la toalla.
En la cocina, fósforos mediante, enciende el gas y pone la pava sobre la hornalla; abre el armario y saca taza, plato y cuchara; y también café, azúcar, leche... y el primer medicamento del día. A su alcance, sobre la mesa, los anteojos y el ejemplar de LA GACETA. Cuando se estira para recogerlo, queda inmóvil de repente, como detenida por algún obstáculo invisible..., como si algo impensado y sorprendente se hubiera interpuesto en su trayectoria..., como dándose cuenta de...
Ahora son los ojos los que reciben el impacto y, recorriendo el paisaje doméstico archiconocido, también se sorprenden: pisos, paredes, techos, ventanas...; libros en los estantes, fotografías sobre la estufa, un tapiz en la pared y una estera sobre el piso; un montón de recuerdos desparramados aquí y allá. Sobre el escritorio, lápices, biromes, tijeras, papeles varios, un almanaque, un costurero, un viejo sacapuntas de madera..., más recuerdos.
Los ojos encuentran también una radio, un teléfono, un televisor; y el ventilador, la heladera, el lavarropas... Nada nuevo, pero...
¿Nada nuevo?... Tal vez, sí, tal vez una nueva manera de mirar, como fue -la de antes- una nueva manera de tocar: a conciencia y con preguntas. Y es una carta recién llegada la que desata el torbellino de averiguaciones; la más convencional: ¿quién la manda?... Pero después, con una urgencia incontenible, aparecen otras preguntas, nunca preguntadas: ¿quién habrá fabricado el sobre?; ¿cuántos habrán hecho bien su trabajo para que este papel sea este papel?; ¿quién habrá cortado el tronco que después fue pulpa y después...?; ¿quién habrá forjado el metal para el hacha?; ¿quién habrá pulido su mango de madera? Y otra vez madera y otra vez árbol (¿quién lo habrá sembrado?...) y otra vez hacha... ¿y quién?...
Ahora es la letra prolija del remitente la que reclama la mirada: lapicera, plástico, metal, el misterio de la tinta..., ¿quiénes...? Pero hay más: esas letras están dibujadas por alguien que sabe -naturalmente- leer y escribir; y eso supone cuadernos y carpetas, libros y guardapolvos, el ómnibus (¿el tranvía?), para llegar al colegio... El ómnibus...: motor, carrocería, asientos, vidrios, neumáticos, combustible... ¿Quién...?, ¿quién...?, ¿quiénes...?; y los conductores, claro... Y el colegio, por supuesto: más pisos y paredes, más techos y ventanas..., ¿quiénes...? Y las maestras, que a su vez alumnas y entonces más maestras y más..., ¿quiénes?
Y ahora esa mano y esos ojos descubren que ya nunca podrán ver o tocar -sea lo que sea- sin correr la aventura de abrir las puertas a esos desconocidos innumerables: ¿quiénes fueron?, ¿quiénes son?, ¿quiénes serán?
Ya no son sólo los ojos y la mano; también sonidos, sabores, aromas remiten a más desconocidos. Este olorcillo a pan caliente ¿cómo sería posible sin tostador (¡y cuántos ahí!), sin panadero, sin levadura, sin harina, sin trigo (¡cuántos más!)? ¿Cuántos (y quiénes...) fueron necesarios para que el dulzor de la mermelada regocije el paladar? ¿Cuántos (y quiénes...) están ahí, en el prodigio de ese piano que suena y de esta radio que lo transmite y de aquel Mozart que fue engendrado, cuidado y enseñado para poder soñar la melodía magnífica?
Y la conciencia, sacudida por el pasmo que producen estos descubrimientos -...¡y cuánto sin descubrir todavía! contagia su estremecimiento al corazón: perdiéndose en el horizonte de los tiempos, desparramada como en un espacio inconmensurable, una multitud inmensa está aquí, presencia invisible de todos aquellos sin los cuales no podríamos tener lo que tenemos, saber lo que sabemos, poder lo que podemos... y en última instancia, ser quienes somos... Si no fuera por esa multitud anónima e inidentificable (sin ignorar a otros tantísimos, nombres o rostros que se escapan de la memoria)..., ¿qué sería de cada uno de nosotros?...Entonces la mano, como despertándose de nuevo, recoge una lapicera, escribe estos párrafos y agrega un último renglón: A los desconocidos innumerables... ¡¡Gracias!!
(c) LA GACETA
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