16 Junio 2002 Seguir en 

Se trata de una selección de dibujos de Gaturro, personaje humorístico gatuno publicado en "La Nación", de Buenos Aires, que el público tucumano puede ver en "www.lanación.com.ar/nik". Gaturro, gato holgazán y malevolente, comenta desde el ángulo inferior derecho, el episodio principal. Otras veces ocupa la totalidad de la tira, como es el caso de las publicadas en este volumen.
Nik es el seudónimo del dibujante Cristian Dewonik, que considera a Gaturro "un minino cariñoso, enamoradizo, con poca suerte en el amor, pero impiadoso e implacable a la hora de hacer sus reflexiones sobre el mundo actual". Estas consisten, en su mayor parte, en diatribas contra dirigentes políticos, cuya condena, sin discriminación, ayudaría, según los insensatos, a encaminar las cosas.
El creador de Gaturro es un agudo crítico de hábitos sociales, como lo fueron, en su momento, dibujantes como Divito, creador de mujeres con exiguas cinturas, y sobre todo, Landrú, que atribuyó a Onganía los colmillos de una morsa. Su ingenio verbal suele unirse a un dibujo intencionado para criticar notorios hábitos sociales. Por ejemplo, la manía de ser delgado Gaturro la ironiza aludiendo a una dieta semanal, en la que a cada día le corresponde determinado ejercicio y se bajan tantos kilos: el fin de semana, los kilos aumentan y el ejercicio es "vaciamiento de la heladera".
Otra estratagema es la traducción literal de locuciones usuales a un idioma aparentemente inglés, sin realidad lingüística. Así "olas" es "hellos" y "escama", "is bed". Un juego que practicaba mi amigo César Fernández Moreno con mayor felicidad. El gato aparece, a veces, en la oficina del Dr. Garquetti y su empleado Aldopetti, gentilicios que demuestran el trazo grueso de nuestro humorista.
¿Por qué la gente lee con fruición estos textos? El autor satírico, autoproclamado guardián del buen gusto, de lo correcto y, en definitiva, de la verdad, ridiculiza los actos desdeñosos de esos valores, llamados antiguamente "locuras de la sociedad". Su sátira constituye una sublimación de su ira, de la que surge su reprensión al lector, que ríe sin advertir que se está riendo de sí mismo.
El lector no se considera destinatario de la admonición moral de la sátira, son otros los culpables, quienes deben aprender la lección, él no. La sátira le dice "te estoy hablando" y el lector le responde "no seas loco, yo no tengo nada que ver". Un curioso mecanismo conduce a esa postura. A los culpables debe zaherírseles, con la condenación colectiva del "ridendo corrigo mores", pero el lector, para compartir esa condenación, debe desentenderse de ella.
El lector, en efecto, actúa como cómplice de la burla de la sátira y justifica su mensaje de moderación y conformismo social, guiñando el ojo como diciendo "miren la mandarina que se tienen que chupar". ¿Quiénes son los condenados a esa succión? ¿A quiénes se dirige la sátira? A todos menos a él, el lector actual, satisfecho de estar del lado de lo correcto.
Swift explica magistralmente esta intangibilidad del lector ignorante de su propia condenación. "La sátira, dice, es una especie de cristal en el que quien se contempla descubre la cara de todos menos la suya, razón por la cual tiene el éxito que tiene y tan pocos se ofenden con ella".
Celebremos las burlas vitriólicas de Gaturro y aceptemos, como quiere Swift, que no debemos ofendernos aunque seamos el blanco de ellas.
(c) LA GACETA
Nik es el seudónimo del dibujante Cristian Dewonik, que considera a Gaturro "un minino cariñoso, enamoradizo, con poca suerte en el amor, pero impiadoso e implacable a la hora de hacer sus reflexiones sobre el mundo actual". Estas consisten, en su mayor parte, en diatribas contra dirigentes políticos, cuya condena, sin discriminación, ayudaría, según los insensatos, a encaminar las cosas.
El creador de Gaturro es un agudo crítico de hábitos sociales, como lo fueron, en su momento, dibujantes como Divito, creador de mujeres con exiguas cinturas, y sobre todo, Landrú, que atribuyó a Onganía los colmillos de una morsa. Su ingenio verbal suele unirse a un dibujo intencionado para criticar notorios hábitos sociales. Por ejemplo, la manía de ser delgado Gaturro la ironiza aludiendo a una dieta semanal, en la que a cada día le corresponde determinado ejercicio y se bajan tantos kilos: el fin de semana, los kilos aumentan y el ejercicio es "vaciamiento de la heladera".
Otra estratagema es la traducción literal de locuciones usuales a un idioma aparentemente inglés, sin realidad lingüística. Así "olas" es "hellos" y "escama", "is bed". Un juego que practicaba mi amigo César Fernández Moreno con mayor felicidad. El gato aparece, a veces, en la oficina del Dr. Garquetti y su empleado Aldopetti, gentilicios que demuestran el trazo grueso de nuestro humorista.
¿Por qué la gente lee con fruición estos textos? El autor satírico, autoproclamado guardián del buen gusto, de lo correcto y, en definitiva, de la verdad, ridiculiza los actos desdeñosos de esos valores, llamados antiguamente "locuras de la sociedad". Su sátira constituye una sublimación de su ira, de la que surge su reprensión al lector, que ríe sin advertir que se está riendo de sí mismo.
El lector no se considera destinatario de la admonición moral de la sátira, son otros los culpables, quienes deben aprender la lección, él no. La sátira le dice "te estoy hablando" y el lector le responde "no seas loco, yo no tengo nada que ver". Un curioso mecanismo conduce a esa postura. A los culpables debe zaherírseles, con la condenación colectiva del "ridendo corrigo mores", pero el lector, para compartir esa condenación, debe desentenderse de ella.
El lector, en efecto, actúa como cómplice de la burla de la sátira y justifica su mensaje de moderación y conformismo social, guiñando el ojo como diciendo "miren la mandarina que se tienen que chupar". ¿Quiénes son los condenados a esa succión? ¿A quiénes se dirige la sátira? A todos menos a él, el lector actual, satisfecho de estar del lado de lo correcto.
Swift explica magistralmente esta intangibilidad del lector ignorante de su propia condenación. "La sátira, dice, es una especie de cristal en el que quien se contempla descubre la cara de todos menos la suya, razón por la cual tiene el éxito que tiene y tan pocos se ofenden con ella".
Celebremos las burlas vitriólicas de Gaturro y aceptemos, como quiere Swift, que no debemos ofendernos aunque seamos el blanco de ellas.
(c) LA GACETA
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