El universo vívido y apasionante del sertón brasileño

Riqueza lingüística y originalísima estructuración verbal en Guimarães Rosa.

16 Junio 2002
Nos encontramos, con este volumen de casi quinientas páginas, frente a un acontecimiento de real envergadura en relación con la difusión de la mejor literatura brasileña en nuestra lengua. João Guimarães Rosa (1908-1967), mineiro de ley, es sin duda alguna uno de los escritores más hondos y originales del país hermano, y no sólo coincide sino que en realidad lleva a su esplendor los nuevos dominios que, a partir de 1922, abrió el modernismo brasileño, un movimiento de renovación estética y cultural que pudo ser, al mismo tiempo, tan decididamente vanguardista como auténticamente nacional y legítimamente popular.
La muy singular obra narrativa de Guimarães Rosa, que en realidad roza en muchos sentidos lo poético por su peculiar tratamiento del lenguaje y de los climas, es mundialmente conocida por su obra maestra: Gran sertón: veredas, magistralmente traducida a nuestro idioma por el poeta español Angel Crespo (1967), y donde el ambiente de un medio que el autor conoce de primera agua desde su juventud, las montaraces y áridas extensiones desoladas de Minas Gerais, con su agreste e indómita belleza y la presencia ineludible de sus curtidos habitantes, no resultan apenas un tema sino el aire mismo de una escritura que no sólo se paladea y se oye, de una manera digamos exterior, en los ritmos, las riquezas y las estructuras peculiares de un lenguaje propio, personal, vivido, a la vez digno de la humanísima densidad y de la rica naturaleza original que lo produjo como de la muy alta capacidad estética del autor, sino que en realidad también se huele, se palpa y se mira, tan rica es su irradiación expresiva, como si aspiráramos al leer el aire mismo de su tierra y de su gente.
Esa misma admirable, memorable capacidad de evadir los riesgos de la mera descripción o el localismo, verbal o topográfico, y de investir en cambio, de asumir en una escritura tan viva como el lenguaje cotidiano de sus protagonistas, al mismo tiempo lo esencial y lo orgánico de una fascinante realidad, donde los animales y los vegetales, las extensiones y los cielazos, los hombres y las cosas, los sueños y los actos, la legítima superstición y la honrada memoria, nos contagian ineludiblemente su vigorosa vitalidad, se han concretado ahora en este otro libro emblemático, que reúne una brillante selección de sus mejores relatos, desde los más largos hasta los más breves. Donde relumbran por ejemplo "La tercera orilla del río" o también "Causa de almirante", textos logradísimos, pero que en realidad nos seduce sin cesar, desde la primera a la última página.
Todo ello se debe asimismo a la indudable capacidad y a la aguda sensibilidad de la excelente compiladora Valquiria Wey, que ha realizado una labor ejemplar, completada con su atinado prólogo y su propia logradísima traducción, tarea esta última que comparten aquí, a su misma altura, Antelma Cisneros y María Auxilio Salado. Si la significación de Gran sertón: veredas puede ser parangonada justamente con la que alcanzó (también en el emblemático año de 1922) nada menos que la aparición de Ulises, de James Joyce, esta extraordinaria colección de grandes relatos que, en sus mejores tradiciones, hoy nos ofrece el benemérito sello mexicano, constituye sin duda un acontecimiento también fundacional para las letras de nuestro continente. Por la logradísima originalidad renovadora de su factura y de su impulso, tanto como por el hondo respeto y al mismo tiempo la sintomática libertad con que el universo apasionante del sertón ha conseguido convertirse en organismo vivo de lenguaje, mucho más que mera literatura, nunca apenas tan sólo sinceridad o habilidad, sino algo mucho más inusual y más vivificante: auténtica poesía encarnada, tocante y contagiosa. Que no por casualidad, vuelvo a repetirlo, viene manando de las mismas fuentes que el rico y renovador modernismo brasileño.
El respeto y la empatía con que la compiladora y traductora Valquiria Wey ha llevado adelante su excelente (y dificilísimo) trabajo, capaz de recrear con casi milagrosa fidelidad la riqueza lingüística y la originalísima estructuración verbal de Guimarães Rosa, al mismo tiempo tan peculiar y tan esencialmente fiel al habla de sus protagonistas, se manifiesta de manera muy especial en el último texto incluido: "Mi tío el jaguareté", donde el ya complejísimo original, que para recrear respetuosamente el mundo indígena procede a un increíble mestizaje de lenguas, ha podido ser logrado por la traductora -según ella misma lo destaca en su prólogo- después de bucear con éxito tras algún casi inhallable diccionario tupí-portugués.
En estos tiempos de desidia y de desdén, tanto ella como sus dos brillantes colaboradoras nos ofrecen, al brindarnos esta magnífica ocasión de leer al gran Guimarães Rosa en castellano, al mismo tiempo la oportunidad de sentirnos honda y orgullosamente latinoamericanos.

(c) LA GACETA

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