Historias en la mejor tradición de los ilusionistas

Seres fantásticos que parecen de la rutina diaria.

16 Junio 2002
Hay libros que resultan prácticos, útiles, informativos, funcionales o entretenidos. Hay otros que sencillamente deleitan. Es decir, libros cuyo fin primordial es la belleza, el simple goce estético de su lectura, y el repertorio de datos, esquemas e intenciones afloran por añadidura, de un modo imperceptible.Son libros en los que uno se sumerge en una suerte de sopor, seducido por sus virtudes expresivas, y casi sin notarlo, inmerso en la tersura y ductilidad de la prosa, va abrevando en ciertas nociones que lo interpelan. Pero siempre sin ninguna violencia, sin ninguna delación evidente y burda de propósitos. De lo contrario, el autor se transforma en un impostor, algo así como un mago al que se le notan todos los trucos. Esa sea quizá la clave de toda buena literatura. Y más aún de la buena literatura infantil que, como ninguna otra, debe sortear el riesgo de transformarse en un mero texto pedagógico o moralizante y quedar atrapada en los acotados tópicos de la enseñanza.
Los cuentos que componen este libro de Roberto Espinosa sortean con fortuna esos obstáculos. Pertenecen, para continuar con la analogía nigromántica, a la mejor tradición de ilusionistas. De la primera a la última página uno transita por las historias con la mayor fe poética, adhiriéndose a su mundo de seres fantásticos, duendes y milagros como si pertenecieran a la rutina más inmediata. La lectura fluye por su universo imaginario y termina asumiendo ese animismo como el más entrañable de los credos. Todo lo demás son condimentos accesorios y quedan sutilmente eclipsados por lo primordial, que es la belleza narrativa. Porque Espinosa, ante todo, ha escrito estos relatos para el placer, para entablar una conexión vital con los sentidos; que es lo que quizá propicie el desarrollo de la infancia más que cualquier normativa.
Es cierto que los cuentos celebran la música, la naturaleza, la amistad, los legados ancestrales, y hablan de la discriminación, las ambiciones desmedidas, las supuestas carencias o los dones con que los hados nos bendicen. Pero lo que finalmente subyace es un profundo amor por la vida; esto es: la convicción de aceptarla en sus prodigios y sus desdichas. Esa, en todo caso, es su mayor enseñanza.
No es poca cosa en una educación actual viciada de aristotelismo, que cataloga y clasifica el mundo en materias y disciplinas, y de ningún modo está pensada para forjar un espíritu sino, más bien, para negar o reprimir cualquier irrupción repentina de este. Una educación, dicho sea de paso, que abunda en conceptos tan cargados de cientificismo, como "educador", "educando" y demás adefesios verbales que no hacen más que construir una barrera, un estrado y un auditorio.
Pero en tren de depurar el idioma, permítaseme corregir un error propio: "cuento" también es un término muy duro para inscribir cada uno de estos relatos. Y asimismo "relatos". Mejor será llamarlos "fábulas", con toda la carga de mitos, alegorías y quimeras que irradia esa palabra. "Fábula" pareciera estar más cerca de la poesía, que es lo que en definitiva palpita en el volumen.

(c) LA GACETA

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