Aprender enseñando o el saber compartido

Para LA GACETA - CORDOBA.

JOHANN WOLFGANG GOETHE. JOHANN WOLFGANG GOETHE.
16 Junio 2002
"...Docendo discitur..."
Acaso la particular reciprocidad didáctica que plantea esta frase latina sea sobre todo experiencia de escritores, o, por lo menos, de quienes tienen un ejercicio intenso del lenguaje.
Un pequeño episodio de la historia del clasicismo alemán parece corroborar esto. A principios de diciembre de 1788 Goethe, quien cumplía funciones en el ducado de Weimar y contaba con la confianza del duque, propuso que se nombrara profesor de historia, en la universidad de Jena, a Schiller. Este, que no había cumplido aún treinta años, era ya en ese momento un exitoso autor dramático, pues se había hecho conocer con varias piezas teatrales de predominante asunto histórico; además tenía el propósito de casarse, para lo cual necesitaba, como el común de los mortales, ingresos relativamente estables.
El gesto de Goethe, con más edad y con más fama literaria que su colega, indica que no quiso ver en él a un rival, sino, como efectivamente fue, a un colaborador y amigo en ciernes. Lo cierto es que en carta del 15 de diciembre del mismo año Schiller le comentó a Gottfried Körner, con quien lo unía vieja amistad, que pronto pasaría a ser profesor de historia en la universidad; reconocía que él había aspirado a ello, pero aclaraba que, a su entender, necesitaba todavía varios años para prepararse adecuadamente.
También le contó a Körner que había planteado esta objeción a su benefactor de la corte ducal; mas este no se la aceptó, lo urgió en cambio a asumir el cargo: "Goethe me dice: ?Docendo discitur? (enseñando se aprende); pero no todos los señores -se refería a las autoridades universitarias- saben cuán poca erudición hay que esperar de mí".
Y es notable que pocos días después, en una esquela que les mandó a las hermanas Von Lengefeld -una de ellas sería después su mujer-, más en confianza, se quejó de la desdichada cátedra, diciendo que los estudiantes sabrían más que el profesor, e invocó a Sancho Panza que, cuando lo hicieron gobernador de la ínsula Barataria, argumentó a su favor diciendo que si Dios daba el oficio, daba también el entendimiento requerido.
El colega de Goethe procedió como el escudero de Don Quijote, porque se hizo cargo de su responsabilidad y no se amilanó. Precisamente en los últimos días de ese mismo mes de diciembre publicó un libro histórico referido a la independencia de los Países Bajos, tema que estaba estudiando desde hacía un tiempo.
Y el año siguiente, al inaugurar su curso, el 26 de mayo de 1789, ante un auditorio de 500 estudiantes, dictó una clase que dio origen a uno de sus más famosos ensayos: Qué quiere decir y con qué propósito se estudia historia universal.
Fuera de la importancia central que tiene este texto para la concepción histórica de la Ilustración europea, se destaca porque al comienzo, aunque sin referirse expresamente a sí mismo, Schiller se justifica. Caracteriza dos modalidades de encarar el estudio de la historia: la del erudito profesional, celoso de su saber y encerrado en sus límites, y la de la "cabeza filosófica", que procura unir, relacionar, en todo caso defender antes la verdad que su sistema. Sólo desde este último tipo de enfoque se puede comprender, según la propuesta del flamante profesor, la cuestión de la historia universal; y, adoptando como ejemplo el análisis de la realidad del momento mismo que estaban viviendo, mostró hasta qué punto tenían que sacar de ella las pautas para interpretarlo... Esta lección se constituyó en invalorable testimonio de una encrucijada de la historia moderna; piénsese no más que se dio pocos meses antes de la Revolución Francesa. Es además prueba de que Schiller había avanzado decididamente en su marcha de aprendizaje y enseñanza.

Séneca: compartir la sabiduría
Las palabras latinas del dicho con que argumentó Goethe obligan a pensar en una fuente antigua.
Se encuentra, por ejemplo, una notoria coincidencia -aunque no literal- en la séptima carta que Séneca envió a Lucilio: "...Et homines, dum docent, discunt" (los hombres aprenden cuando enseñan). Así aconsejaba desde Roma el anciano filósofo, ya retirado de la actividad pública, a su discípulo y amigo, que entonces era funcionario en Sicilia.
Paradójicamente estas palabras aparecen en un contexto en el que de forma tajante, casi brutal, Séneca sostiene que hay que alejarse de la muchedumbre, del trato con ella, con la que es perjudicial mezclarse; insiste sobre todo en el daño que producen los "espectáculos públicos" (piénsese en el circo romano), y hace entonces la tremenda confidencia de que después de haber estado con los hombres vuelve a su casa más avaro, más cruel, "más inhumano" que antes. Pero este negativo consejo de evitar a la muchedumbre, forma el marco de la exhortación a rescatar el valor de la compañía humana, ya que Séneca aconseja a Lucilio que procure el trato sólo con aquellos que lo puedan hacer mejor y a los que, a su vez, él pueda mejorar; es así como llega a afirmar la reciprocidad del aprender y el enseñar.
Son de tener en cuenta, además, las reflexiones expuestas anteriormente, en la carta sexta, donde Séneca ha dejado constancia de su concepción comunicativa del saber. La confidencia sobre la negativa transformación que le produce la muchedumbre se compensa cuando a Lucilio, el discípulo ávido de aprender, le confiesa: "...No gozo en aprender algo sino para enseñarlo a los demás", y sostiene enfáticamente que él rechazaría la sabiduría si se la dieran para que la ocultara.
Un mismo impulso interior une, pues, la búsqueda apasionada e incesante del saber con el esfuerzo por comunicarlo: es precisamente lo que ha dado origen a estas cartas del comienzo del primer milenio, esta pedagogía epistolar dirigida a un único discípulo detrás del cual, al cabo de los siglos, se han encolumnado los que han seguido al anciano pensador decepcionado por la tumultuosa vida pública romana, quien así, por la vía del tiempo, ha hablado y sigue hablando a muchos.

La clave sicológica de Laín Entralgo
"Qué es hablar" se titula un ensayo del médico y escritor español Pedro Laín Entralgo en el cual reflexiona sobre "la función del habla en la vida del hablante". Después de haber establecido los principales efectos que tiene sobre los otros, es decir, su operación ad extra, se detiene en la otra dimensión, ad intra, en la influencia que ejerce hacia dentro del que habla.
Afirma entonces toda una línea de sentido que se basa en la tesis de que hablar es "recortarse uno a sí mismo" o, en términos filosóficos, convertir en palabras el propio ser. Y explica recordando que "suele decirse que nada enseña tanto como el enseñar a los demás"; lo cual implica aducir para su argumentación esta sentencia sacada del acervo anónimo de las ideas tradicionales, expresión castellana del "docendo discitur".
Laín Entralgo analiza el proceso interior que se cumple en quien habla para enseñar; llega a la conclusión de que, como "explica bien lo que conoce", acaba sabiéndolo mejor. Esto ocurre porque el esfuerzo de expresar con nombres adecuados lo que una cosa es, no sólo esclarece y ordena el saber del que escucha sino también el del mismo que está hablando.
Por otra parte, aunque se apresura a descartar las interpretaciones mágicas que acaso se quiera dar a este enfoque, recuerda la vieja idea de que expresándose bien sobre algo se lo posee, se lo "domina" mejor; lo cual tiene consecuencias objetivas en cuanto implica incorporar intelectualmente una realidad, pero también constituye un significativo avance en la seguridad de sí mismo.
En otras palabras, el que habla enseñando se siente cada vez más dueño de lo que enseña y de sí mismo. A la función "esclarecedora" del habla, agrega el autor español, por lo tanto, las funciones "posesiva" y "autoafirmativa".
Así, retomando el ejemplo del dramaturgo alemán, se puede decir que la primera clase de Schiller demuestra que vio mejor en sí mismo: entendió, en efecto, que aunque no era erudito podía enseñar desde una perspectiva filosófica; también comprendió mejor su propio tiempo al plantear la posibilidad de aplicar la historia universal a fin de interpretarlo; y no es necesario explayarse sobre la superación personal que logró al componer, desde la enseñanza, esa incomparable pieza maestra de la ensayística histórica europea que surgió de su primera clase.

(c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios