De palabras y quimeras

Por Elisa Cohen de Chervonagura

09 Junio 2002
"Salimos perdiendo... salimos
ganando. Se llevaron el oro y
nos dejaron el oro. Se llevaron
todo y nos lo dejaron todo. Nos
dejaron las palabras".

(Pablo Neruda, Confieso que hevivido).


No deja de ser sorprendente el inusitado éxito que tiene el pequeño aprendiz de hechicero Harry Potter, cuyas aventuras se han ampliado recientemente con la presentación de dos nuevos títulos salidos de la pluma de J.K. Rowling (1), mientras se espera con ansiedad la traducción de "La Orden del Fénix", el quinto libro de la serie.
Leyendo esta saga, que ha hecho volver a niños y a no tan niños a la lectura, uno de los placeres al parecer olvidados en estos tiempos, advertimos que estos libros tienen una verdadera magia, un encanto que reflota el antiguo poder de la palabra por el cual "el decir es el hacer", ya que el vocablo puede conducir un hechizo capaz de transformar fantasía en realidad.
Así, en los relatos de Harry, mediante los conjuros mágicos, la palabra tiene poderes tales como provocar la levitación tanto de plumas como de objetos muy pesados, inmovilizar totalmente a algún individuo, abrir puertas misteriosas, e incluso, si así lo desea el hechicero, la muerte.
Y entonces nos preguntamos, ¿dónde está lo maravilloso y extraño de esta serie y su notable éxito en una época en la que estamos saturados de palabras, desconfiamos de ellas y practicamos una gimnasia diaria que nos hace especialmente perspicaces para analizar no sólo lo que se dice sino sobre todo lo que se calla y especialmente lo que se omite?
En efecto, el universo potteriano se construye en base al poder de la palabra como una sustancia maleable que moldea hechizos y encantamientos por presencia, mientras por otro lado se nos indica que "lo que no se nombra" remite al lado de las sombras donde reina justamente el malvado Voldemort, a quien los personajes llaman justamente "El innombrable".
En esta Argentina que se bambolea sufriendo pérdidas y llorando carencias, en una sociedad que se autodefine anclada y frustrada, que reclama por el destino de este país mientras olvida hablar de nuestro país y una industria editorial que al parecer está más preocupada por los libros contables que los editables (2), la saga de Potter insiste en un poder antiguo y efectivo, conocido ya desde el Génesis cuando con sólo la fuerza de la enunciación se genera la creación. Y justamente, en estos textos encontramos también otro alfarero (en inglés: potter) que con el poder de la palabra es el encargado de moldear y proteger un mundo virtuoso frente a enemigos poderosos.
¿Cómo no anhelar tener el poder de Harry Potter? ¿Cómo no pensarnos en la intimidad de nuestros sueños como batalladores de la luz armados de palabras como fieles compañeras, las que enhebradas por un hilo mágico permiten un viaje maravilloso?
Y entonces sí, somos magos que podemos moldear la acción, aun sin calderos ni pociones, ni reconocernos náufragos de una sociedad antropófaga, desagradecida e indiferente con los más viejos y expulsora de los más jóvenes.
Por otra parte, entre las páginas de Harry Potter circula una fauna mitológica de centauros y dragones, unicornios y lechuzas, duendes y fantasmas mientras más veloz que las escobas en un partido de "quiddich", el deporte que se practica en el colegio de magia de Hogwarts, la palabra circula como un plasma por venas invisibles propagando ideas y conformando el elixir precioso que dejamos a las generaciones.
Además, quienes hemos tenido la terrible experiencia de perder la palabra por accidentes neurológicos que nos privaron del oro de la expresión, sabemos que allí está el verdadero poder, la piedra filosofal que puede transformar no ya los metales en oro sino lo banal en trascendente y lo efímero en eterno.
Quizás por eso, parte del éxito que tienen los libros de Rowling esté en que tal vez sea ya el momento de plantearnos cómo ser un poco orfebres conscientes de la palabra, pulirlas en el máximo de su brillo, reconocer su hermosura y su poder para sacarlas de las sombras y dejarles la transparencia, sembrarlas en terrenos de silencio e intransigencia y especialmente cómo labrarlas con fe, ingrediente imprescindible para levantar tanto una pluma o una escoba como una sociedad sumida en una honda crisis de desesperanza.
Todos somos un poco como Harry Potter, deambulamos como alquimistas buscando el conjuro, la palabra exacta, la fórmula que en esta época de desencanto finisecular nos explique dónde está la verdadera razón de la existencia cuando sólo cunden el desaliento y la desilusión, intuyendo que en la fantasía esté, probablemente, el último refugio de la esperanza.

(c) LA GACETA
NOTAS
1) Animales fantásticos y dónde encontrarlos y Quiddich a través de los tiempos, Ed. Salamandra, Barcelona, 2001.
2) Bernstein, Gustavo, "La Feria de la Crisis" en LA GACETA Literaria, 19/5/2002.

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