Hannah Arendt

Por Martín Lozada

HANNAH ARENDT. HANNAH ARENDT.
09 Junio 2002
El juicio contra el criminal de guerra Adolf Eichmann, celebrado en Jerusalén en el año 1961, que Hannah Arendt cubrió en su calidad de corresponsal del célebre semanario norteamericano The New Yorker, le dio la oportunidad de reflexionar sobre tópicos tan diversos como el mal, la justicia internacional y el Estado convertido en una asociación criminal.
El análisis agudo de la filósofa alemana sacudió entonces al mundo del pensamiento y las ideas. Pero no por las descripciones de las macabras operaciones llevadas adelante por la burocracia nacionalsocialista en Europa, en el marco de la Solución Final de la "cuestión judía", en las que Eichmann tuvo activa participación. Lo hizo, en cambio, por la elocuencia con la que desnudó cómo una población culta y mayormente apegada al cumplimiento de la ley pudo convertirse, en un corto período de tiempo, en testigo pasivo de terribles crímenes.
El proceso judicial le permitió a Arendt volver la mirada hacia la sociedad alemana que muchos años antes había abandonado. Así, a través de unos ojos lúcidos y valiéndose de reflexiones implacables, escribió su obra titulada Eichmann en Jerusalén: Un Estudio sobre la Banalidad del Mal (1962). Se trata de una elaboración conceptual, que, cuarenta años después, nos revela la preocupación ética que la acompañó a lo largo de toda su vida.

El acusado y su condena
Los motivos de la huida del acusado hacia nuestro país se remontan al mes de noviembre de 1945. Entonces se habían iniciado en Nuremberg los juicios en contra de los principales criminales de guerra, y el nombre de Eichmann comenzó a sonar con inquietante regularidad. Oculto bajo el nombre de Otto Heninger, logró a principios de 1950 establecer contacto con la ODESSA, la organización clandestina de ex miembros de las SS, que colaboró con su traslado a Buenos Aires.
Con un pasaporte falso de refugiado, obtuvo allí sin dificultad el documento de identidad y el correspondiente permiso de trabajo a nombre de Ricardo Klement, católico, soltero, apátrida, y de treinta y siete años de edad, siete menos de los que en realidad contaba. En el verano de 1952 consiguió que su esposa y sus hijos se reunieran con él. Para entonces trabajaba en la planta de la empresa Mercedes Benz, en José León Suárez, provincia de Buenos Aires. Luego, en mayo de 1960, fue secuestrado por miembros de los servicios de inteligencia del Estado de Israel, quienes lo trasladaron en un avión a Jerusalén. Todo subrepticiamente y en violación de la soberanía argentina.
Durante el juicio se le atribuyó la coautoría de quince delitos, constitutivos de crímenes contra el pueblo judío, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra, cometidos durante el período nazi, y en especial, durante la Segunda Guerra Mundial. Fue condenado. Destaca la sentencia que, juntamente con otros, y con la intención de destruir al pueblo judío, situó a millones de ellos en circunstancias propicias para lograr su destrucción física, causándoles graves daños corporales y mentales, y dando órdenes de interrumpir la gestación de las mujeres judías para impedir que dieran a luz.
Eichmann fue ahorcado; su cuerpo, incinerado, y sus cenizas, arrojadas al Mediterráneo, fuera de las aguas jurisdiccionales israelitas.

La conciencia y las palabras
Arendt sacó sus propias conclusiones del proceso llevado a cabo en Jerusalén. Entre aquellas destacó que durante el Tercer Reich hubo muchos hombres como Eichmann, que no eran pervertidos ni sádicos y que, por el contrario, eran "terrible y terroríficamente normales". Esa normalidad resultaba mucho más siniestra que todas las atrocidades juntas, por cuanto implica un nuevo tipo de delincuente que comete sus delitos en circunstancias que casi le impiden saber o intuir que realiza actos de maldad. Tal alejamiento de la realidad e irreflexión, señaló, pueden causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizá, a la naturaleza humana.Entonces comprendió que durante el Holocausto una gran parte de los ochenta millones de alemanes habían sido resguardados de la realidad y de la prueba de los hechos por los mismos medios, las mismas mentiras y estupidez que todavía impregnaban la mentalidad del acusado.Y que la práctica del autoengaño en la sociedad alemana se había extendido hasta límites insospechados, para convertirse en un requisito moral con el cual sobrevivir a esos tiempos horrendos (1).
Lejos de cualquier complacencia, arremetió contra lo que definió como "la mendacidad del carácter nacional alemán". Y explicó que si la conciencia de Eichmann permaneció en armonía durante los trágicos eventos de la Solución Final, lo fue, precisamente, debido a que percibió el celo y el entusiasmo que la "buena sociedad" ponía en reaccionar tal como él lo hacía. No tuvo entonces ninguna necesidad de cerrar sus oídos a la voz de la conciencia, no por cuanto careciera de ella, sino debido a que su propia conciencia hablaba con la voz de la respetable comunidad que lo rodeaba.
Hannah Arendt describió el proceso de radicalización ideológica experimentado en Alemania desde que Hitler ascendió al poder del Estado. Especial atención le prestó, además, a la visión totalizadora del mundo que impregnó la ideología nazi, y cómo paulatinamente se fue preparando el sacrificio de un grupo -el judío-, en función de habérsele atribuido el carácter de amenaza.
El camino hacia el genocidio fue transitado desde el recorte de los derechos y facultades cívicas de los judíos hasta su deportación, confinamiento y exterminio. Una vez señalados oficialmente como portadores de impureza, resultó mucho más sencilla la negación de su condición humana. Algo parecido sucedió en los Estados Unidos, cuya declaración de independencia -redactada por Jefferson- demonizó a los indios de un modo tal que prefiguró su ulterior exterminio. Dicha operación en el imaginario social acarrea en el común de los casos, tal como sucedió en la Alemania nacionalsocialista, el cese de toda inhibición respecto del sometimiento de las víctimas, el que se consumará a partir de entonces con mayor facilidad y menor grado de resistencia colectiva (2).
Las palabras, advirtió Arendt, no juegan aquí un papel menor. Se las utiliza, jerga y eufemismos mediante, a fin de despojar a las víctimas de su identidad y negar mediante su empleo la verosimilitud de la masacre que se lleva a cabo.
Tanto es así que toda la correspondencia gubernamental referida al Holocausto estuvo sujeta a estrictas y rígidas normas de lenguaje. Difícilmente se encuentren documentos en los que se lean palabras tan claras como "exterminio", "liquidación", "matanza". Por el contrario, las que debían emplearse, y se empleaban efectivamente, eran "solución final", "evacuación" y "tratamiento especial".
Ese lenguaje en clave resultó extraordinariamente eficaz para el mantenimiento del orden y la serenidad entre los muy diversos actores involucrados en la comisión de aquellos crímenes. El efecto último de ese modo de hablar no fue el de conseguir que quienes lo empleaban ignorasen lo que en realidad estaban haciendo, sino impedirles que lo equiparasen al viejo y normal concepto de asesinato y falsedad. Eran típicos deslizamientos semánticos tan usados entonces como hoy en día.

Etica y presente
Nuestra autora pensó acerca del Mal. Lo exploró con el rostro del totalitarismo que irrumpió en el siglo y en el tiempo que le tocó vivir. Y ante su presencia no permaneció callada ni indiferente, sino que actuó con la certeza de que no todo vale por igual, y de que hay suficientes razones para preferir un tipo de actuación a otra. De allí su obra, sus obsesiones y su compromiso ético.
Hannah Arendt no dejó nunca de apoyar la causa judía (3). Sin embargo, no fue ciega ni estuvo desprovista de la valentía necesaria para destacar el triste papel que desempeñaron los Consejos Judíos durante el Tercer Reich. "¿Por qué colaboró aquella gente en la destrucción de su propio pueblo; a fin de cuentas, en labrar su propia ruina?", se preguntó en ocasión de escribir "Eichmann en Jerusalén". Interrogación y respuesta que le valieron críticas y miradas de sospecha, por cuanto invitaba a la autocrítica profunda y al desenmascaramiento de las miserias que posibilitaron la conjugación del Mal.
¿Qué habría pensado y dicho sabiendo de la existencia de los campos militares israelíes de confinamiento de palestinos en Ofer, cerca de Ramala, en Salem, en Yenín? Campos de confinamiento ideados y creados por los propios hijos del Holocausto. ¿Qué de las masacres de Sabra y Shatila y Yenín? Asesinatos en masa llevados a cabo por el ejército de Israel en algún punto equiparables a los sufridos por los propios judíos en Europa, entre los años 1938 y 1945.
Seguramente descifraría, a más de medio siglo de las cámaras de gas y del Holocausto, las secuelas del mismo Mal e idéntica banalidad en las razones que lo posibilitan.

(c) LA GACETA

NOTAS
1) Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal, pág. 84, Lumen, 2000.
2) Yves Ternon, El Estado Criminal, pág. 93, Península, 1995.
3) Elisabeth Young-Bruehl: "From the Pariah?s Point of view: reflections on Hannah Arendt?s life and work", pág. 7, compilado por Malvyn A. Hill en Hannah Arendt: the recovery of the public world, St. Martin Press, 1979.

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